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El voto electrónico es una opción real para Chile

Miércoles 18 de enero de 2006

Paolo Colonnello

Gerente general Blue Company

A raíz de la espera de hasta tres horas que muchos chilenos tuvieron que soportar para votar en las elecciones presidenciales y parlamentarias, ha surgido el debate sobre la viabilidad de implementar un sistema de votación electrónica en el país. Hasta ahora, la respuesta mayoritaria ha sido "no". Quiero defender la posición contraria, porque creo que son muchas las virtudes y beneficios que un sistema de este tipo le traería a un país como el nuestro, que aspira a entrar al circuito de los desarrollados.

El primer argumento negativo que se esgrime: "Es muy cara la implementación". Considerando que, actualmente, se establecen cerca de mil 500 locales de votación en el ámbito nacional, en los cuales trabajan unas 250 mil personas, es posible que el costo directo de un día de elecciones sea de entre 5 y 10 millones de dólares. A este monto, se agregan más de 50 millones de dólares que incluyen movilizar a las FFAA, habilitar colegios como recintos de votación, preparar e imprimir los votos, implementar la logística de personas dedicadas a administrar las mesas y mantener el sistema de cómputos; sin considerar las pérdidas para el país por la suspensión de actividades. Hoy, existen soluciones tecnológicas que permitirían reducir estos costos, al menos a la mitad la primera vez y en 80% en los sucesivos comicios.

El segundo argumento en contra: el voto dejaría de ser secreto; lo que es casi improbable, pues de establecerse un sistema de sufragio electrónico, uno de los requisitos sería considerar un mecanismo que separe la votación en dos etapas. La primera, correspondiente a la verificación de la persona, por ejemplo, con sistemas de autentificación biométrica, y la segunda, encargada de la emisión del voto. Los sistemas que realicen estas funciones deben estar diseñados para asegurar la independencia de ambas etapas. Una alternativa para que esto sea efectivo es que los programas sean de código abierto (Open Source), permitiendo que cualquier persona audite su funcionamiento.

Hay más: la gente que se opone al voto electrónico dice que éste limitará el acceso y pondrá barreras a las personas sin experiencia con equipos tecnológicos, como los computadores. Esta afirmación es cierta sólo por poco tiempo porque, a mediano o largo plazo, la brecha digital se reducirá y, así como hay quienes votan sin saber leer, orientados por el vocal de mesa, las personas ajenas al mundo de la computación también podrían votar muy fácilmente: poner el dedo sobre una pantalla con la cara del candidato elegido parece ser más simple que sobre un papel lleno de palabras que no pueden descifrar.

Al respecto, hay algo que no se podrá discutir: su seguridad y rapidez. La ruta para terminar con las filas y largas esperas a causa de un sistema que depende de factores humanos y la experiencia de los vocales, es, indudablemente, la automatización del sistema electoral. Existe un consenso generalizado de que ésta permitiría acelerar tanto los procesos de votación, como los de conteo y tabulación de votos. De igual manera, mientras menos intervención humana tenga el proceso, menor será la posibilidad de errores involuntarios… o voluntarios.

En definitiva, más que una revolución del voto electrónico, estamos viviendo una revolución de la participación ciudadana y la cultura digital, que nos pavimenta el camino hacia una sociedad más interactiva y comprometida consigo misma.

De la mano de una mayor participación digital, de la cual somos testigos a diario con proyectos país impulsados por el Gobierno, que buscan mayor alfabetización digital o iniciativas innovadoras como la implementación del foro de los presidenciables; y movimientos ciudadanos, como Atina Chile; estaremos cada día más cerca de hacer realidad un sistema lleno de beneficios. Todo depende de si queremos verlo como un mero proyecto tecnológico o como una verdadera revolución de la participación ciudadana…

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