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Danza macabra

"Muy bien, otra vez sí, tendré a la hija de Miguelito Strogoff, la ayudaré; sin embargo, también me encantaría que se enamorara perdidamente de mí", se dijo hablando para sí Ñiñito Lindo.

Domingo 26 de febrero de 2006

Por IGNACIO FRITZ

Siempre hay (¿o hubo?) una primera vez; de esta manera, el resentimiento no existe, elucubraba el joven Milo

Weldt -alías Niñito Lindo-, con la barba cortada en punta, a un costado del pequeño Chicken Little -muy muy pequeño-. Por esto, se encaminó a paso raudo y decidido hasta el bar El Túnel, que a esa hora estaba atestado como un almaje de reses. A manera de corolario, Niñito Lindo, cubierto en parte bajo su anorak de color zinc, se dijo que lograría llevar a cabo el gran hurto de su vida, junto al pollo ambarino de careta cuadriculada llamado Chicken Little, que estaba investido de un atuendo de color amaranto, con una corbatita de lazo con los colores de un arco iris. De este modo, Niñito Lindo se preguntaba si Miguelito Strogoff, con sus literaturizadas hordas tártaras, lograría entregar en prenda a su hija Odelette, la forastera, la rubia de ojos cobalto, cubierta de pies a cabeza con mucha ropa, pues era invisible.

Era una muchacha dorada por excelencia, como una croqueta tibia, con sus blanduras corporales de neonata.

-¿Se encuentra Miguelito?

-No ha llegado todavía -le contestó Ciacco a Niñito Lindo, con la testuz lisa e inexpresiva, tras el mostrador como una lanza en posición de descanso.

Ciacco poseía el rostro anticuado, como salido de los años 40: hombre bien parecido pero huesudo y pálido, con el pelo negro de piloto de caza, peinado hacia atrás.

-¿Cuándo llegará?

-Se supone que en unos minutos. ¿A qué viniste?

-Vine a buscar a Odelette -le contestó Niñito Lindo.

Presa de pensamientos turbulentos y fuerzas feroces, miró a su acompañante, el pequeño Chicken Little (con sus lentillas de cristal grueso, mudo ante las venialidades), aunque rollizo, eso sí, a pesar de ser un polluelo.

-Deseo a Odelette -se dijo nuestro joven a sí mismo, arrastrando las palabras con el aplomo de un funámbulo.

Niñito Lindo comenzó a caminar a buen trecho, dando vueltas en redondo por el local nocturno, entre luces y sombras, entre mujeres y hombres. Lo que consumía su verdadero proyecto era ver a Odelette, la muchacha invisible, que estaría cubierta de pies a cabeza con mucha ropa: una bufanda en medio de su cara y cuello fino de corza, a lo lienzo de pintor Modigliani. Entonces, Niñito Lindo acusaría el golpe. Debía oficiar sin errar el tiro, lograr que la muchacha, la chica invisible, volviera a la normalidad. Ella debía conseguir hacerse de hueso y carne para no ser inmaterial, intangible e impalpable. Aturdido por los destellos de una fuerza poderosa, clavó en sus orejas unos audífonos que expulsaban una musiquilla de Mozart -"Sinfonía Júpiter"-. Trompas y timbales desbarataban sus oídos, con un violín que se imponía con limpidez, con rencorosos fagotes, oboes y flautas que infamaban con la violencia aparatosa del cuarto movimiento -molto allegro-. De modo que se avino a esperar al padre de Odelette, Miguelito Strogoff, como le decían. Odelette, de cualquier modo, se parecía a la mujer del cuadro "Danae", del pintor Gustav Klimt. Dicho sea en honor a la verdad, Niñito Lindo fue hasta el toilette con sus azulejos sanitarios. "Muy bien, otra vez sí, tendré a la hija de Miguelito Strogoff, la ayudaré; sin embargo, también me encantaría que se enamorara perdidamente de mí", se dijo hablando para sí.

Algunos de los reveses lograrían que

-en un salón itinerante, plagado de tubos con químicos y probetas- ella adquiriera las contorsiones, su anatomía asimétrica, las multilíneas, las formas humanas, su dibujo corporal, dejando tras de sí su condición de muchacha invisible. Debido a esto, Niñito Lindo vio el rectángulo azul de la noche por una ventana y justo en el centro, sobre los tejados y las antenas de los televisores, observó la luna llena, grande, blanca, macerada, con un resplandor frío y fosfórico que resaltaba los volúmenes sin iluminar el aire.

Viendo el rostro trapezoidal de Chicken Little, Niñito Lindo pagó su cuenta al barman Ciacco y salió por la puerta principal de El Túnel hacia la calle. En la esquina de la cuadra, en la punta de diamante que daba hacia la avenida José Miguel de la Barra, vio la figura desenmarañada -algo alhajada, eso sí- de Miguelito Strogoff -de su gaznate pendían unas vulgares cadenas de oro y llevaba en los bolsillos una novela de Julio Verne-. Iba con su hija, la muchacha etérea. Por este mismo motivo, Niñito Lindo le hizo un gesto a Chicken Little para que lo siguiera, y fueron caminando en la dirección correcta para interceptarlos.

Pasadas las efervescencias preliminares, Niñito Lindo le comentó a Chicken Little:

-Esta noche ya se sabe: no hay que preocuparse de los fantasmas. Pero debes conversar con su padre y explicarle que… -no concluyó la frase.

Niñito Lindo vio de punta a cabo a Odelette, que estaba envuelta con ropajes de lana, abrigadísima. La gente zumbaba el local. Sin embargo, Miguelito Strogoff llegó con la muchacha incorpórea, entrando por la puerta roja de El Túnel. Fuéronse hasta la pista de danza, decorada ranciamente con pinturas neoexpresionistas en las murallas. La guapa Odelette, lo sabía muy bien Niñito Lindo, se encontraba así porque su padre había experimentado con ella, y la había dejado invisible con una pócima. Ladrando al zigzag con los rayos de luces, la música sonaba y sonaba, y de cualquier modo se trazaba la saga burlesca, poniendo coto a la situación de tratar de que Odelette se fuera con Niñito Lindo vestida con un peinador de cachemira blanca, con lacitos rosa y tocada indolentemente como toda parisiense por la mañana. Asándose como una perdiz, Niñito Lindo fue hasta el baño de hombres, se observó ante el espejo, se caló con meticulosidad su quepis o gorro Polo Ralph Lauren de una manera bastante particular, creyendo a pie de juntillas que el padre de Odelette se iría, dejaría a su hija sola, desmerecida.

Así lo hizo, gracias a la intervención de Chicken Little.

Pero la fauna repartida en el bar El Túnel era curiosísima. Comenzarían los días de secuestros y acechanzas, y Odelette se prestaría para dichas circunstancias, luego de que el pacífico y quimérico polluelo convenciera a Miguelito Strogoff y lo llevara hasta un café llamado Brain Works. Lo había hecho por un ínfimo gesto de solidaridad para con Niñito Lindo. Mucho importaba la gran voltereta centrífuga, y Niñito Lindo llegó hasta el costado de Odelette, cuya faz estaba cubierta en derredor por una bufanda de lana y sus manos mostraban unos guantes de cuero. "Tal vez su cuerpo es horrible", pensaba Niñito Lindo, tomándole la mano, llevándola hasta el centro del local. ¿Cómo inferir las llamas, el fuego ulterior? En la pista de danza salieron del imposible luctuoso silencio y sólo rompieron a hablar en agitadas exclamaciones cuando se dispersaron por el local; pues "hace demasiado calor", apostilló ella quitándose los ropajes, quedando impalpable, sin que se viera, y Niñito Lindo oteaba para todos lados sin encontrarla.

Niñito Lindo adoptó una expresión sombría, totalmente en contraste con la indulgente jovialidad que había manifestado antes, cuando Odelette todavía no se despojaba de sus trapos de lana. Por ello, quedó como un flan, mirando a su alrededor, tratando de encontrar a Odelette. Ahora, ella no se veía por ninguna parte, y su padre, se suponía, estaba en el café Brain Works conversando con el enano Chicken Little.

Por ende, Niñito Lindo se erizó como un puercoespín, caminando pausadamente, sin cesar. "Odelette, quizás, es una de esas mujeres que tienen carnes blandas y tristes, vivas y fosforescentes, que parecen muy manoseadas aunque nunca lo han sido y cuya expresión de asco se hace patente con la práctica excesiva del sexo…". De modo que la voz de Niñito Lindo se fue haciendo líquida; fue hasta la calle y miró en torno suyo. "Yo iba a hacer ronronear a Odelette como un gato", se había dicho asfixiado, ahogado, cascarrabias y gafe. "Los azules ojos de mar de Odelette se me hacen insoportablemente míos, la quiero para mí; pero ¿cómo la veo, si es invisible?". Mucho importa. "Qué curvitas debe tener. Hay que fijarse en la curvita de la espalda y en la cintura". "Se debe ver hermosísima bajo el dosel de faldas austeras pero anchas". "Pero ella me invoca a 'Danae', de Gustav Klimt, que es uno de los 16 cuadros expuestos en Viena en 1908, componentes todos ellos de la llamada 'iglesia de Klimt', y es el cuadro más provocador del pintor porque representa el éxtasis del orgasmo en plena masturbación".

Niñito Lindo fue a la calle atravesando el portal, el portón colorado de la entrada, y el refulgir del neón, que decía El Túnel, le iluminó las facciones, sus altos pómulos y nariz respingada a lo actor River Phoenix. Sin embargo, ahora le dio un ataque de neurastenia: no sabía dónde se encontraba ella. Como la prueba de su capricho y fracaso, Niñito Lindo se fue en un vaivén imposible, pero ahora veía los ropajes subir por los aires, y luego el cuerpo adquiría forma, ella volvía, se lograba divisar desde cualquier sector del bar El Túnel. Porque Niñito Lindo había entrado nuevamente al local, y se echó a reír encendiendo un cigarrillo. Entonces, con una mueca de comicidad, le hizo un gesto a Ciacco, como queriendo decir que las mujeres son inexplicablemente desconcertantes. El filtro del cigarrillo de Niñito Lindo cayó al suelo. Viose entonces extraviado, perdido, obnubilado, aunque ella había vuelto, raramente, y se volvió hacia atrás y hacia delante, y adquiría turbulencias y fuerzas atroces... Más fuego y oro expulsado de entre sus piernas, en la manoteada danza macabra de Baudelaire. El amor es así, filoso, y las puertas se abren ante una explosión con esquirlas de metralla, y se ve una hebra que tiembla en la oscuridad, un tallo vivo en el carbón humeante de la carne de ambos, la de Odelette y Niñito Lindo, delicado como el nervio más exquisito. Cada dolor, un nervio de angustia, pues ahora Odelette tiene carne, huesos y formas humanas. Ahora es una mujer a secas, y Niñito Lindo cierra los ojos por un par de minutos, y el pajarraco de Chicken Little besa a la muchacha como la "Danae" de Klimt, y se va con ella, deja el local. Deja el bar El Túnel.

El puñetero pajarraco fue más vivo en un estado de estupefacción y duda no reconocida por la conciencia incansable, que queda en un imposible, de figura inquieta y silenciosa ante una mujer, sumergida en esa gravedad de los solitarios juegos elucubrados cual fugaz espejismo de las fantasías amorosas, viendo lo invisible, lo etéreo e impalpable ante nuestros ojos cerrados dentro de una alcoba. LND

 

IGNACIO FRITZ (1979) ha publicado el libro de cuentos "Eskizoides" y la novela "Nieve en las venas" (ambas por Cuarto Propio). "Tribu" será su segunda novela, que se editará en abril por el mismo sello. Fritz ha sido finalista del concurso de cuentos de la revista "Paula" y ha participado en diversas antologías. "Danza macabra" pertenece a un conjunto de relatos inéditos.

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