“Fuga” es una película en extremo fácil de entender y descifrar, que se resuelve abruptamente a medio camino, cuando Claudio, el homosexual que interpreta Alfredo Castro, se burla de Montalbán, Benjamín Vicuña, enrostrándole que su locura de pianos sangrantes no es más que un delirio de niño cuico. Esta también podría ser la historia del director.
Ángel Carcavilla
“Fuga” no es un filme hecho a mano. Cada secuencia, cada escena y cada plano están construidos con una belleza que sólo puede hacerse en el cine. Eso es “Fuga” cine de alta perfección técnica, un acabado de imagen y sonido de la más alta sofisticación. Pero eso no basta para remontar una película que jamás encuentra su cauce, que lejos de ir creciendo se desinfla en cada texto. Una película que arranca bien pero que termina desbordada por sus pretensiones y obviedades.
Se ha dicho que la historia es compleja. Falso. O que las narraciones paralelas y saltos en el tiempo la hacen incomprensible. Para nada. “Fuga” es una película en extremo fácil de entender y descifrar, que se resuelve abruptamente a medio camino, cuando Claudio, el homosexual que interpreta Alfredo Castro, se burla de Montalbán, Benjamín Vicuña, enrostrándole que su locura de pianos sangrantes no es más que un delirio de niño cuico. Esta también podría ser la historia del director, un veinteañero, con algunos contactos, que logra juntar más de un millón de dólares para hacer su primera película. ¡Fantástico! Pero las buenas intenciones no bastan cuando, que metáfora más apropiada, no se tienen dedos para el piano.
“Fuga” contiene demasiadas películas y demasiados personajes que uno ya ha visto también demasiadas veces, por lo que todo termina volviéndose demasiado predecible y por lo mismo demasiado aburrido. A esto se le suma la nula dirección de actores, tanto que Benjamín Vicuña, una figura de reconocido talento es incapaz de comunicar la profunda desesperación que envuelve al personaje. Lo mismo pasa con Claudio, el maricón comunista, sobre actuado por Alfredo Castro, más como si estuviera parado sobre un teatro que frente a una cámara. Paulina Urrutia y su trío de amigos merecen un comentario aparte, ya que más parecen la brigada de la serie animada “Scooby do”, que un grupo de músicos fracasados buscando a un director desquiciado para robarle su genio. Algo pasa con “Fuga” que no hay ningún personaje querible, que siendo una película sobre música tiene las emociones refrenadas, que teniendo un reparto de putamadre, sus diálogos suenan vacíos y maqueteados.
Yo esperaba “Fuga” con ganas, a pesar de que siempre dije que para hacer una película de música, habría que nacer en Viena y tener más de 50 años . Me parecía extraordinario inaugurar el año cinematográfico con un film que se veía grande, caro, bien hecho y apoyado por una costosa campaña de marketing. Además parecía ser el tipo de cine que se le ha estado pidiendo a los directores nacionales durante los últimos años, ese cine que ojalá no parezca chileno y que se supone debería levantar las taquillas y la industria. Pero lo peor de todo es que después de “Fuga” uno sale peor que como entró, más aburrido por un lado e indignado por el extraordinario presupuesto que se gastaron en hacerla , promoverla y sobretodo en destruir pianos.