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Francisco Rojas: "Mi vida se acabó después del accidente"

Francisco Rojas: "Mi vida se acabó después del accidente"

Realizaba horas extras sin pago y en peligrosas condiciones laborales. Después del accidente en Nueva Aldea se le finiquitó el contrato y hoy está cesante y con muy pocas posibilidades de encontrar trabajo. Aún tiene pesadillas con el hecho y graves quemaduras en su cuerpo. Hoy habla desesperado y buscando justicia.

Martes 25 de abril de 2006

Diego Corvera

Francisco Rojas dice que le arruinaron la vida. Actualmente sufre de intensos dolores en su pierna que le dificulta encontrar trabajo. Desde el sur ha debido viajar periódicamente a Santiago a realizarse controles médicos con neurólogos, gastroenterólogos, y siquiatras.

Se siente desamparado.

Su infierno tiene nombre y apellido: Complejo Forestal Industrial de Celulosa Arauco y Constitución (Celco), en Nueva Aldea.

Francisco trabajó hasta diciembre del año pasado como ayudante de operador de gammagrafía en la construcción del complejo de Celco, en la Octava Región. Su función era controlar la calidad de las soldaduras a través de una fuente radiactiva, cerciorarse que no tuvieran grietas, filtraciones o anomalías. I.T.C. era la empresa encargada de tomar gammagrafías durante las instalaciones del complejo, firma que fue contratada por Constructora Echeverría Izquierdo, especializada en montaje industrial al interior del Complejo de Celco.

Pero las condiciones de trabajo no eran las más adecuadas. Laboraba doce horas diarias y lo hacían firmar sólo ocho. No tenía horario de colación y ejecutaba acciones de alto riesgo que muchas veces puso en peligro su integridad. "Debía trasladar equipos de casi 20 kilos por escalinatas de más de 90 metros de altura. Yo no sufro de vértigo, por lo que muchas veces debí ayudar en trabajos que no me correspondían", dice.

La relación con sus jefes no era buena y hasta antes del accidente no se sentía seguro. Durante la noche, cuando la empresa se desocupaba, debían efectuar las pruebas de calidad para así no arriesgar al resto del personal.

Hasta que el 15 de diciembre pasado se produjo un accidente radiactivo en la faena: el primero en Chile que se tenga registro. Mientras realizaba su trabajo de inspección de soldaduras Francisco dejó caer -sin percatarse- una cápsula de iridio 192, sustancia altamente radioactiva. Ésta tiene el tamaño de la punta de un lápiz y nunca fue presentada a los obreros. Tampoco nada se les dijo de su forma ni sus dañinas consecuencias, dice.

Por eso al otro día un obrero encontró la sustancia y se la echó al bolsillo. Otros trabajadores también tuvieron contacto con la tóxica pastilla. Dos de los trabajadores más expuestos fueron trasladados a Santiago de urgencia. El más grave fue derivado a Francia al constatar que en el país no existían los medios adecuados para tratar su mal.

A Francisco, mientras tanto, se le efectuaron exámenes de sangre sin encontrarle nada extraño. Pero en las dos semanas siguientes al accidente sufrió de malestares y mareos. Nadie en la mutual de Nueva Aldea le advirtió sobre la gravedad de la situación a la que se vio expuesto. "Nunca imaginé que se trataba de una radiación".

Desde entonces -relata- su vida se convirtió en una pesadilla. El 23 de diciembre fue despedido de la compañía sin recibir ningún tipo de bono y con la promesa incumplida de continuar trabajando en otra empresa del grupo. Luego de dos semanas las dolencias en su pie se hicieron insoportables hasta que en la Mutual de Concepción le confirmaron lo que temía: quemaduras radiactivas. Luego lo derivaron a Santiago, donde estuvo hospitalizado 15 días y cada un mes debe volver a realizarse exámenes. Sus estadías en la capital pueden durar hasta 15 días, hecho que le impide buscar un nuevo trabajo.

Francisco está cesante y con dos de sus hijos enfermos. Su mujer debe mantener con mucho sacrificio su hogar. Sus hijos (gemelos) tienen un virus en el estómago y con impotencia y frustración asegura que no puede hacer nada por ellos. En su familia las relaciones están deterioradas y asegura sentirse como un "viejo gruñón de más de 40 años". Asiste periódicamente al siquiatra, quién le receta pastillas para contrarrestar los fuertes dolores de cabeza que sufre continuamente debido a los nervios. Tiene pesadillas y no logra dormir tranquilo hace meses. "Mi vida se acabó después del accidente. Estoy mal de salud, con mi familia, y psicológicamente", se queja.

Dice haber confiado erróneamente en esta gran empresa (Celco) quién ni siquiera "se ha molestado en llamarme por teléfono". Hoy habla desesperado y buscando justicia. Tiene fe en que llegará en algún momento. Afirma que no quiere que se repita la experiencia con otras personas, porque piensa que la empresa "a pesar de su tremendo poder, no tiene derecho a jugar con la vida de la gente".

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