
Viernes 28 de abril de 2006
Marcelo Maturana
Odio con toda mi alma -si existe ese efluvio moral- las demoliciones que en los últimos años vienen destruyendo en Santiago tantas e irrecuperables casas hermosas, estrambóticas a veces, irregulares en su forma y originales en su colorido. En barrios de Ñuñoa y Providencia y La Reina. Es como si me tajearan la cara. Tal vez soy el único. Construidas en la década del 30, o del 40, o del 50, estas casas -aún quedan y, si la sociedad civil no hace algo, están condenadas- daban a las calles de esos barrios un aire cálido y misterioso de historias vividas por hombres y mujeres que podían ser, por qué no, uno mismo. O nuestros padres y abuelos. Pero la sociedad civil no hará nada.
Nada hará, porque la sociedad civil -si existe ese colectivo- suele tener bastante mal gusto arquitectónico, y porque fácilmente la disuelve el ácido poder del dinero. Poder concentrado en élites empresariales constructoras (es el rubro) que, digan lo que digan sus eslóganes, no se interesan por el verdadero bienestar de la ciudadanía. Porque las demoliciones, primer paso para levantar edificios, supermercados o feísimas bombas bencineras en los barrios residenciales -que te quede claro, lector- dañan tu calidad de vida. Por muchas razones. Mejor dicho, de muchas maneras: ruido intolerable, polvo en suspensión, atochamientos, erosión de la memoria urbana, saturación de inquilinos y automóviles, paisaje degradado, uniformidad ambiente, cemento por doquier. Y malestar visual, porque el cemento uniforme y la arquitectura chatarra dañan los ojos.
En las últimas elecciones voté, primero, por Hirsch. Mis motivos para "perder" (así me decían) el voto fueron un gesto escéptico. Mis motivos para votar por Bachelet en segunda vuelta obedecieron a una campaña del terror de la que fui presa fácil. Ahí mi voto "no se perdió", pero igual era un voto perdido. En primera y en segunda habría querido votar por lo más identificable conmigo mismo, claro, pero votaba -en realidad- por lo que parecía ser menos diferente de mí. De mi alma que odia las demoliciones, de mi corazón que ama el silencio. ¿Por qué no voté nulo? Tentado estuve, ilustres conciudadanos. Y manifesté -en rueda de amigos- que si algún candidato prometiera preservar aquellas casas -aquellos barrios- mediante no sé qué imposibles edictos milagrosamente inmunes a la especulación inmobiliaria, y además aminorar la desbocada importación de automóviles, y no seguir carcomiendo el arbolado bandejón central de Américo Vespucio, y hacer obligatorio el uso de la bicicleta a los menores de 30, y fragmentar los supermercados para reinstaurar los emporios de antaño con balanza y poruña, bueno, ese candidato tenía mi voto asegurado. Ni siquiera se rieron de mí.
Odio las demoliciones porque han destruido los barrios de mi juventud. Había en Diagonal Oriente casas que eran fortalezas imaginadas a orillas del desierto de los tártaros. En José Domingo Cañas, casonas que tenían -vanguardismo de mediados de siglo- terrazas curvas y ojos de buey, como si fuesen barcos varados a la sombra de los plátanos orientales. En sus camarotes uno mordía, si no los labios de la prima de reciente menarquia -y suavemente-, hallullas con palta o mantequilla, mirando amplios libros con fotografías en blanco y negro de la Gran Guerra de Europa, o con las ilustraciones prohibidas de Aubrey Beardsley. Y qué con eso, dirán ustedes. Para empezar, tales libros no caben en los departamentos caja-de-fósforos que ofrece el archivisitado "piloto". Si se achican los dormitorios de la clase media, es que la vida en general se ha degradado.
Han demolido aquellas casas semigóticas de Seminario, puntiagudas y estrábicas, que daban a esa calle una belleza árida, ominosa, de comarca poblada por sombras que huían del sol como en un cuadro de Giorgio de Chirico. Mirar esas casas no irritaba los ojos ni provocaba dolor de cabeza, como ahora el chirrido de las sierras metálicas (más el estruendoso humo de los camiones betoneros) y las nubes de polvo que levantan, al trizar un muro noble, las enormes "pelotas de Dios".
El tema es largo y la vida es corta. El ogro financiero devoró a su homónimo filantrópico (alias el Estado) y entona hoy cantos semejantes a los de una propaganda política: "Estamos trabajando por su futuro bienestar", rezan los letreros que entorpecen el paso y ensalzan la modernidad de edificios con nombres cada vez más siúticos (ésa es la palabra). Callando, por supuesto, los tormentos de la saturación. Llega el futuro para envenenar el presente, y el bienestar ya es una mentira vieja. Pues los habitantes de esa cuadra, y sus automóviles, van a multiplicarse por treinta. A eso llaman "mejorar la calidad de vida". ¿De quiénes y de cuántos? Si quien compra esos departamentos cree que se trata de la suya, tal vez se equivoque. De los transeúntes, ni hablar. Con las demoliciones (y las horrendas moles que luego se alzan) nuestra calidad de vida presente -la única posible- se deteriora minuto a minuto: mala calidad de vida visual y auditiva, y hasta respiratoria, para no mencionar la erosión de la antedicha memoria urbana, pérdida solapada que, estoy prácticamente seguro, es perniciosa para la salud mental y el trabajo creativo. Levadura para la depresión, el estrés, la amnesia y las jaquecas. Muy mujer será Bachelet, pero ni luchará contra la publicidad en las calles ni romperá una lanza para que no sigan echando abajo lo mejor de Ñuñoa. Y es que mi voto estaba, desde siempre, perdido.