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Domingo 30 de abril de 2006

La escritora chilena sentía una gran admiración por Saramago. Sin embargo, su opinión cambiaría rotundamente cuando el mismo argumento del libro que le había regalado al escritor coincidía con la última novela del Nobel.

Da Fonseca versus Saramago
Mortalmente parecidos.

Hace tres años, José Saramago recibió como regalo una novela corta de una chilena en el marco de un acto por los derechos humanos en la ex Villa Grimaldi. La escritora Cristina da Fonseca pasó de la indignación a la franca lucha por sus derechos, cuando descubrió demasiadas coincidencias entre aquél libro que regalara y la última entrega del Nobel.



Nación Domingo

Por Vivian Lavín

Cuando Cristina Da Fonseca fue ese 27 de abril de 2003 al Parque por la Paz, ex Villa Grimaldi, iba con el recogimiento propio de quienes saben lo que fue esa “casa de dolor y tortura” durante la dictadura de Augusto Pinochet. Pero también iba con la emoción propia de participar en un acto cuyo invitado estelar era nada menos que el Premio Nobel de Literatura José Saramago.

Se sonrojó cuando su amiga y anfitriona Mónica Echeverría no dudó en halagarla frente al Nobel como una pluma de “cuentos muy refinados”. Da Fonseca ya se sentía complacida de que sus libros hubiesen sido regalados a Saramago, a través de Pilar del Río, esposa del autor.

La escritora chilena sentía una gran admiración por Saramago. Sin embargo, dos años más tarde, su opinión cambiaría rotundamente cuando el mismo argumento del libro que le había regalado al escritor coincidía con la última novela del Nobel. Abatida al comienzo y con las energías diezmadas por un cáncer, decidió enviarle una carta al escritor a su casa en Lanzarote: “...por un asunto de principios y dada la gran vulnerabilidad de los derechos intelectuales de los creadores de mi continente, deseo preguntarle a usted cuál fue el origen de estas especiales coincidencias. Como la literatura es pan hecho de muchas harinas quisiera encontrar una explicación a este misterio de las letras y la industria editorial”, le requirió de manera conceptuosa.

LA RESPUESTA DE SARAMAGO

La escritora María Cristina da Fonseca vivió 15 años en Venezuela. Junto a su familia, hacía largos paseos por Los Andes venezolanos, llenos de pequeños pueblos que mantienen las tradiciones más maravillosas, “como Humocaro, una aldea de no más de dos cuadras donde la gente vende agua de azahar. Ese camino es el mismo de las orquídeas moradas, que allá son vulgares y crecen al borde del camino”, recuerda.

“Fue entonces, hace más de 20 años, cuando sucedió la tragedia de Armero en Colombia. Se derritieron las nieves y un pueblo entero quedó bajo el barro... de ahí me vino la idea de la desaparición de la muerte”, explica. La autora de “Memorias de la arcilla vieja” decidió escribir sobre la muerte y creó una delirante historia, de no más de 50 páginas, empapada en la tragedia y en una posibilidad sólo concebida por los creyentes: la vida eterna, pero en la tierra.

En noviembre de 2005 y al descubrir las coincidencias entre aquel libro y la última entrega de José Saramago, Da Fonseca decide escribirle una carta al autor portugués con copia identificada a su agente Dr. Ray-Güide Mertin y también a la Fundación Nobel. Cumplía, de esta manera, las múltiples recomendaciones que le habían hecho varios profesores de literatura estadounidenses y latinoamericanos.

“Me sentí avasallada y temí me volviera a suceder”, relata. La contacta el director de la Sociedad de Escritores de Noruega, quien la insta a no quedarse callada. “Yo soy abogada y sé que probar un plagio es casi imposible, además muy oneroso. Por eso, finalmente decido escribirle una carta, pero sin pronunciar la palabra plagio”, explica.

Con fecha 18 de enero de 2006, Cristina recibe respuesta del Nobel, quien no niega haber recibido el libro pero sí haberlo leído. “No podrá ser esto particularmente ofensivo para la autora, una vez que tengo en mi biblioteca centenares de libros que no he leído y probablemente, nunca leeré”, dice el autor. El tono de la respuesta es más contundente cuando niega un posible plagio, cargo que la autora nunca le formula en su misiva pero que él asume al decir: “...Al contrario de lo que piensa la autora de la carta que estoy respondiendo, no soy un plagiario(...) ¿Las coincidencias entre mi libro y el suyo? Bastaría que reflexionara dos minutos, y ni siquiera tanto, para concluir que serían simplemente inevitables”, dice el Nobel.

En el párrafo final, sin embargo, Saramago demuestra su total molestia con el asunto. “En cuanto a la denuncia a la Fundación Nobel, me asombra que una persona que aquel día estaba en Villa Grimaldi haya sido capaz de semejante indignidad. ¿Qué resultado espera de esta denuncia? ¿Qué me retiren el Premio?”, termina airado.

“Lo que quería era que reconociera la influencia. Nada más-responde la autora-. Pero él no quiere aceptar el asunto... a lo mejor creerá que pretendo dinero y eso no es lo que me mueve. Ahora, si yo no le envío copia de la carta a la Fundación Nobel... ¿me habría contestado?”, se pregunta.

La autora chilena le envió otra carta aclarándole que no se trataba de una denuncia, puesto que aquella requiere de “un proceso formal de investigación” y que si lo hizo a varios remitentes fue sólo para asegurarse de que su carta fuera leída. Finalmente, le solicita: “Póngase en mi lugar. Trate de hacerlo para no enfurecerse conmigo. Imagine por un instante cuáles son mi sentimientos respecto de estas inexplicables coincidencias literarias”, le solicita.

DE NUEVO AL RUEDO

Luego de semanas de silencio, Cristina da Fonseca pensó que ya nunca recibiría una respuesta a sus inquietudes. Sin embargo, con fecha 8 de marzo recibe una breve pero contundente carta de Ray-Güde Mertin, editora de Saramago, quien le aclara que está al tanto del intercambio epistolar y le solicita saber “si se ha establecido un contacto directo entre ustedes, ( en cuyo caso) no es necesario que nosotros intervengamos”, le advierte. “Su nombre me resulta conocido”, le confiesa.

A comienzos de abril, recibe respuesta del Nobel. Como en la anterior, el autor comienza con un conceptuoso “Respetable autora”, para luego sin preámbulos darle cuenta de una carta de una escritora italiana quien le habría escrito constatando similitudes entre “Las Intermitencias de la Muerte” y otro de su autoría en términos demasiado amables y hasta ingenuos. Saramago arremete con el tema del plagio: “No tengo nada más que explicarle. Lo que hemos discutido nada tiene que ver con editores, apenas con autores que tuvieron una misma idea y que la trataron lo mejor que sabían o podían”, finaliza de manera abrupta.

¿Y los sobres de color morado y orquídeas del mismo color e idéntica función? Es una pregunta que queda flotando en el aire con el desagradable tufillo de una buena verónica con un toro a punto de dar la cornada.LCD



Tanta coincidencia

Aquí sólo algunas de las coincidencias que detalla en la primera carta que le envía a José Saramago, con fecha 9 de diciembre de 2005:

-Mientras en la portada de “Los días felices en que Humocaro quería morir” aparece una foto en sepia donde un hombre lleva un ramo de orquídeas moradas en sus manos, en “Las Intermitencias de la Muerte”, se luce una mujer de vestido negro con letras moradas desplegando al aire sobres del mismo color.

-En “Los días felices...”, fue un cataclismo el que terminó por aislar a un pueblo que renació todo florido de orquídeas moradas, las que además de dar una fragancia envolvente y maravillosa al poblado fueron incluidas en la dieta de sus habitantes. “Pasó largo tiempo y de pronto percibimos que nadie fallecía en Humocaro”, reza la primera línea del capítulo tercero. “Al día siguiente no murió nadie”, dice la primera línea de la novela del escritor lusitano.

-El inusitado hecho provocó en el libro de Saramago “un debate entre tres especialistas en fenómenos paranormales, a saber, dos brujos reputados y una famosa vidente, convocados a toda prisa para analizar y dar su opinión sobre lo que comenzaba a ser llamado por algunos graciosos, de esos que no respetan nada, la huelga de la muerte” (p.17). En tanto, en “Los días felices...,, “sabios, teólogos, poetas y locos buscaban con desesperación las causas de nuestro nuevo desastre” (p. 21).

-“ En mi libro -sigue la misiva de la autora chilena -, ‘la defunción de la muerte ocasionó grandes festejos. Alguien tuvo, incluso, la ocurrencia de desplegar a la entrada del pueblo una pancarta gigantesca. Con orgullo proclamaba: ¡En Humocaro se vive para siempre!, ¡Bienvenidos a la vida eterna!’”. Un hecho que en “Las intermitencias...” también fue celebrado.“... los pesimistas y los escépticos,(...)se fueron uniendo al mare mágnum de ciudadanos que aprovechaban todas las ocasiones para salir a la calle y proclamar, y gritar, que ahora sí, la vida es bella”(p.29). Igualmente, cuando le muerte vuelve a ejercer su oficio, “tuvo la ocurrencia de celebrar esa felicidad nueva colgando del florido balcón de su comedor, ese que daba a la calle principal, la bandera nacional.” (p.143).

- “Los muertos incurables se lamentaban de existir sin término, sabiendo que habían de soportar un perenne sufrimiento” en “Los Días Felices...”, en tanto, “...los hogares de la tercera y cuarta edad no querían ni pensar en un futuro de trabajo en que los objetos de sus cuidados no mudarían nunca de cara y de cuerpo”, se lee en la pág. 37 de “Las Intermitencias”.

- En ambas obras existen rogativas por la muerte. En “Los Días Felices...”,, “fallecer era un imperativo vital e impostergable y rogábamos a Dios de corazón que nos devolviera la muerte”(p.21). En “Las Intermitencias”: “Por nuestra parte, iglesia católica, apostólica y romana, organizaremos una campaña nacional de oraciones para rogar a dios que providencie el regreso de la muerte”.(p. 47).

- Las consecuencias económicas también están presentes, según se verifica en “Las Intermitencias” : “Como era de esperar, las primeras y formales reclamaciones llegaron de las empresas del negocio funerario” (p.31). “Maquilladores de cadáveres y lloronas tuvieron que mudar de oficio. (...)Las carrozas hubieron de alquilarse para paseos a la playa y excursiones campestres”, se lee en la página 15 de “Los Días Felices...”.

-La presencia del color violeta en ambas obras resulta insólito, cuando en “Los Días Felices...” es lo que produce el cese de la muerte a través de las orquídeas moradas. En tanto, en “Las Intermitencias”, es el que lo reestablece a través de cartas de idéntico color. “El sobre se encontraba en la mesa del director general de la televisión... Era de color violeta, luego fuera de los común, y el papel, de tipo gofrado, imitaba la textura del lino”(p.115). En “Los días felices...”, fue una bandada de pájaros que “comieron y comieron con hambre desenfrenada hasta no dejar vestigio alguno de semillas, raíces ni orquídeas moradas”(p.47).













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