Lo “chileno”se ha convertido en argumento de cumbres, restaurantes, encuentros y expresiones artísticas que se escapan de septiembre para honrar al espíritu nacional. A una semana de la IX Cumbre Guachaca, académicos y artistas analizan a que nos referimos cuando hablamos de “chilenidad”.
Rodrigo Alvarado E.
Hace algunos días la cueca se apoderó de la carpa del Gran Circo Teatro en homenaje a Roberto Parra a once años de su muerte y la próxima semana se celebrará la IX Cumbre Guachaca. Entre medio el Ballet Nacional Chileno estrenará “Valparaíso Vals” con canciones -interpretadas por la representante del “canto nuevo”, Isabel Aldunate- de autores como Chere, Violeta Parra, Ángel Parra y Dióscoro Rojas. Y en noviembre La piojera celebrará cien años de vida, restaurante que según su dueño, Hubert Bernatz Benedetti, “desde el primero de enero hasta el treinta y uno de diciembre, está con las banderitas”.Todos apelan a la bendita “chilenidad”, pero ¿qué significa realmente esta abstracción?
“El problema para definir la ‘chilenidad’ es que las identidades nacionales son relatos y discursos que compiten por la mente del pueblo. Siempre hay uno hegemónico y no se puede definir en forma taxativa”. Esta académica respuesta es del sociólogo Jorge Larraín, vicerrector de la Universidad Alberto Hurtado y estudioso de la identidad cultural, asunto que ha plasmado en libros como “Identidad chilena” (Lom, 2001).
La pregunta es compleja, qué duda cabe, pero a la hora de representar simbólicamente la cultura popular chilena, el imaginario colectivo tiene en la cabeza la cueca, la chicha y las empanadas. Elementos rituales utilizados para conmemorar la Independencia de Chile que evidencian la presencia del Estado y su necesidad histórica de conformar una nación homogénea, como dice el propio Larraín, “se puede sostener la tesis de que en América Latina y Chile, la identidad nacional no responde tanto a un factor étnico cultural unitario, sino más bien a un esfuerzo del Estado, a través del sistema educacional, por crear una nacionalidad”.
En eso coincide el historiador Gabriel Salazar. Sin embargo, para él la “chilenidad” como fenómeno social histórico no existe, lo que sí hay es que “algunos lo postulen como un mito y quieran construirlo a como dé lugar”.
“Lo chileno tiene que ver con la capacidad de sectores populares por auto, construir su identidad”, explica el director de la carrera de Licenciatura en Historia y Ciencias Sociales de la Universidad Arcis, para quien los jóvenes que han desarrollado culturas relacionadas con el hip-hop, las barras bravas, los encapuchados, sí están expresando sus identidades de hoy. “Y en cambio”, agrega, “reconocemos como ‘chilenidad’ unas cuecas que son bastante falsetes, que ha desarrollado la industria discográfica de los años cuarenta, que han constituido una tradición y eso es lo que se recuerda cuando se habla de cultura guachaca”.
CUECAS COOL
En todo caso, lo chileno como certeza identitaria en la cultura no es un tema nuevo. En los comienzos de los noventa, una época en que la política aún era el tema central apareció una obra que no habló de Chile a partir de ese estado y que se convirtió en el mayor éxito de la historia del teatro nacional. Era “La Negra Ester”, una historia de amor derramada entre el vino, las cuecas y un burdel de San Antonio, basada en los poemas del Tío Roberto.
“Creo que esa ‘chilenidad’ siempre estuvo latente en nuestro país. Cuando conocimos a Roberto Parra tenía cincuenta y tantos años y el viejo toda la vida ha sido igual, sus hermanos y sus amigos también. La gente que es de clase popular pero que tiene acceso al colegio, a salir a comer, siempre ha tenido un sentido de lo que es el país. En una huelga sale el copuchenterío, el chiste, la cueca y la ranchera”, dice la viuda de Andrés Pérez, para quien “‘La Negra Ester’ lo único que hizo fue reflejar cómo somos los chilenos y no dijimos ‘ahora vamos a poner una cueca’, porque todo va surgiendo en la medida en que uno es coherente con una historia que la escribió un caballero que le gustaba el copete, las casas de putas y que era bien machista”.
Sin embargo, para Gabriel Salazar, el fenómeno de ‘La Negra Ester tiene que ver más bien “con la aparición de un teatro callejero, popular, que sí es expresión cultural autentica de los ochenta y principio de los noventa”.
LA NUEVA CHILENIDAD
El compositor Dióscoro Rojas cree que ninguna teoría puede describir lo que es la cultura popular: “Nosotros hablamos de una nueva ‘chilenidad’, hay un nuevo país y no somos la gente de 30 años. Con todo respeto, Quilapayún y Los Huasos Quincheros son parte de la historia. Hablamos de la gente, del cariño, de la necesidad de abrazarse, la cotidianeidad de las cosas”. Pronto a realizar la IX Cumbre Guachaca el 12 y 13 de mayo, el autodenominado “Gran guaripola” -hasta la guardia de La Moneda se le cuadra, dice- recuerda que tuvo que trasladar la celebración a la Estación Mapocho, porque La Perrera “se hizo chica y esto empezó a crecer como una bola de nieve”.
Y es que la alta convocatoria de las cumbres se ha repetido año tras año. Para Larraín, el éxito de “la fiesta de los plebeyos”, como también la llama Rojas, “tiene que ver con algo que grupos sociales como la juventud valoran, que es el carrete, pasarlo bien y tomar. La tomatera en Chile expresa determinados factores culturales también. Es una extensión de las ramadas”, concluye.
En este punto Salazar hace un paralelo decidor. “Más ‘chilenidad’ que ir a bailar cueca tiene el carrete de los cabros, que ni siquiera bailan, si no que conversan, se emborrachan y fuman pitos, pero están ahí en un acto de encuentro, de miseria y de esperanzas. Lo mismo que en las chinganas del siglo pasado hasta donde llegaban los rotos y formaban reuniones sociales donde contaban sus leyendas. O sea la chilenidad se renueva década tras década”.LCD