
Jueves 8 de junio de 2006
Antonio Cerrillo
La moda de las escapadas cortas a larga distancia conjuntamente con el éxito de los vuelos baratos ha generalizado el uso del transporte aéreo hasta formar parte de las costumbres del mundo desarrollado. Viajar en avión a la otra punta del mundo para pasar unos pocos días de descanso es la nueva manera de hacer ostentación del poder de las clases emergentes. Y, de la misma forma, las compañías de bajo coste brindan la oportunidad de comprimir el planeta con vuelos que permiten recorrerlo en un santiamén. Sin embargo, una de las consecuencias de este fenómeno es el enorme incremento del consumo de combustible y de las emisiones de gases de efecto invernadero, responsables del cambio climático.
En Gran Bretaña, los ricos profesionales atraviesan el globo terráqueo para pasar un largo fin de semana en Bangkok, Nueva York o Las Vegas gracias a las comunicaciones directas e inmediatas desde Londres. En Estados Unidos, viajar a la Polinesia tiene ya algo de rutinario. Y en España -aunque tiene menos viajes transoceánicos- las minivacaciones de ocho días en las islas Mauricio, Seychelles, Maldivas o Bali se imponen entre las propuestas para hacer un viaje exótico, fugaz pero intenso.
Después del MP3, el reproductor musical iPod, el sushi y el vehículo 4x4, lo más "in" para muchos profesionales de éxito es esta especie de viaje en el tiempo, pero contrarreloj, en busca de una ciudad de vacaciones paradisíaca situada en el último confín. Y, además, existe un turismo más popular, protagonizado por aquellos que saben abrirse paso en la selva de Internet y sus ofertas de vuelos baratos. Vivimos un nuevo hedonismo que ha descubierto el placer inmediato en el ir y venir de vacaciones a toda pastilla.
Sin embargo, desde el punto de vista ambiental, esta moda tiene consecuencias muy negativas. El continuo incremento de los vuelos aéreos -intensificado por las compañías de bajo costo- significa una importante emisión de gases de efecto invernadero a la atmósfera, lo que va a dificultar aún más el cumplimiento del Protocolo de Kioto contra el cambio climático. Restringir el tráfico aéreo haría felices a los ecologistas más duros, pero seguramente a la gran masa de turistas no le haría mucha gracia.
Desde la Unión Europea se han barajado diversas propuestas para suavizar el incremento de transporte aéreo, pero hasta ahora las sobretasas a los combustibles no actúan como un gravamen para desincentivar este consumo poco sustentable.
El resultado de estas nuevas costumbres es un imparable crecimiento de las emisiones de dióxido de carbono (CO2) y otros gases invernadero que inciden en el cambio climático. Cada pasajero de un vuelo transatlántico genera una emisión media a la atmósfera. Y si la escapada alcanza Beijing, la emisión per cápita asciende a 1,8 toneladas por persona. Para compensarlo -neutralizar el CO2 y fijarlo en la madera-, cada pasajero debería plantar tres árboles.
La moda de las escapadas cortas a los sitios más remotos es todo un fenómeno social en Gran Bretaña. Es la nueva corriente que arrastra a los profesionales que tienen mucho dinero para gastar y poco tiempo para el ocio. Desaparecer de la empresa por un corto período -un fin de semana largo, o un puente de varios días- para desconectarse y reponer las pilas en la otra parte del planeta, se ha convertido en un signo de modernidad.
No son tan pocos los ciudadanos europeos ricos que tienen su mente ocupada ideando unas minivacaciones en Nueva York o imaginando un largo puente festivo en Dubai o Bangkok. Las agencias de viaje británicas han detectado un incremento de los viajes a Beijing y Hong Kong de hasta un 35% en el 2005 y más de un 90% respecto al 2001.
Desarrollo oriental
No es extraño que tan impresionante incremento turístico en estos lugares de destino haya dado pie a un desarrollo urbano incontrolado, en Asia por ejemplo. Muchas de las ciudades del sudeste asiático eran hasta hace poco lugar de tránsito hacia Oceanía, pero ahora provocan por sí mismas la curiosidad y son plataformas de partida para ir a otros lugares en oriente.
En España, la generalización de transporte aéreo tiene sus peculiaridades. Desprovistos de las conexiones aéreas directas a larga distancia -pero favorecidos por la multiplicación de trayectos posibles- los españoles han empezado a visitar, en estancias de fin de semana, las grandes capitales situadas en un radio de cuatro horas (París, Londres, Atenas y los países escandinavos).
Cada vez son más frecuentes las minivacaciones de diez días (pero de ocho noches reales) en busca de las playas paradisíacas y los hoteles de lujo del Índico (Mauricio, Seychelles o Maldivas), y siguen en aumento los viajes a Bali o el Caribe de corta duración.
La última moda en España es el capricho de coger el avión para luego completar el viaje con un crucero: viajando hasta Miami o San Juan de Puerto Rico para recorrer después el Caribe; hasta Vancouver para dirigirse posteriormene a Alaska, o hasta Copenhague y de ahí a contemplar los fiordos noruegos. "Las vacaciones cortas cada vez están más extendidas. Ya han desaparecido las vacaciones de 20 días; la gente prefiere estas escapadas repartidas a lo largo del año", dice un portavoz de la agencia viajes El Corte Inglés.
Los barceloneses -aunque no tanto como los madrileños- han aprendido a juntar puentes con acueductos; y, pese a que la capital catalana está constreñida por las conexiones internacionales, también se empiezan a detectar las escapadas a larga distancia.
© La Vanguardia
(The New York Times Syndicate)