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Domingo 9 de julio de 2006

Gay parade en aniversario del Movilh
Locas por la patria

Miles de personas, en su mayoría jóvenes, se reunieron para celebrar los quince años del Movimiento por la Liberación Homosexual, a pocos metros de donde antes se encontraba el altar de la patria. Transformistas, cantantes transexuales, DJ’s y grupos musicales animaron este cumpleaños, en donde todos, perdón, todas apagamos las velas.



Gonzalo León
Nación Domingo

Hace calor. Por eso lengüeteo un delicioso helado de lúcuma mientras me aproximo al escenario principal de la celebración del Movimiento por la Liberación Homosexual (Movilh), a pasos de lo que fue el altar de la patria.

–Hace diez años –explica de sopetón Taina Quedenfeld, la transformista más alta de la escena local–, estos mismos carabineros que ves allá –indica con la mirada– nos detenían si andábamos vestidas así. Sin embargo, ahora nos cuidan.

Es una historia tierna y deliciosa, pero no tanto como mi helado de lúcuma.

–¿Sabías que don Eduardo Frei nos mandó saludos?

Imagino por un segundo a don Eduardo Frei Montalva y la comunicación de ultratumba que estableció con alguno de estos transformistas, que a todo esto entran y salen de una especie de carpa debajo del escenario, y me da cosa. Pero miren quién está acá. ¡La doble de Montserrat Bustamante! Me acerco a ella para decirle cuánto la admiro. Ella, que tiene por nombre artístico Darian, me dice que, en realidad, a quien representa es a Daniela Castillo, otra cantante del programa “Rojo”.

–Nuestra intención es poder mostrarnos –cuenta Darian–, y que la gente se dé cuenta que también somos personas y que existimos.

Estoy en contra de cualquier expresión de patetismo, venga de donde venga, así es que me alejo de ella y contemplo al público que todavía no supera las mil personas aquí, en pleno paseo Bulnes. De entre la gente diviso a muchos jóvenes, algunos adolescentes onda Disco Blondie, con esos extraños peinados nuevos. Arriba del escenario, la banda Mua deleita a estos jóvenes. La vocalista luce algo muy parecido a un jumper y, desde el público, se escuchan los gritos:

–¡Pan con palta!

La chica-vocalista ríe, y yo no sé si se trata de un argot, de un tema o de ninguna de las anteriores; si escuché mal, o si estoy sordo.

 

EL PASEO

Decidí abandonar el recinto del escenario principal porque me dijeron que había otro más allá, al llegar a Tarapacá. Al encaminarme, un par de lesbianas se me acercan. La que luce una polera con el eslogan “mis derechos no se negocian” pregunta:

–¿Tú eres el gallo de La Nación Domingo?

Asiento de pie.

–Eres el peor de todos –dice.

Nunca me ha importado la opinión de las minorías, pero tengo curiosidad de por qué yo, según ella, soy la peor de todas.

–Tranquilo, galla –agrega, relajando su actitud–. Mis críticas puntuales son al encuentro feminista y a la crónica que hiciste sobre las putas viejas. Pero en general me río mucho contigo.

Ojalá se siga riendo. Sigo caminando y, de golpe y porrazo, me topo con media docena de tipos de Sidacción blandiendo banderas. Del suelo recojo un panfleto en donde aparecen dos hombres abrazados y un niño entre medio. El eslogan es: “También somos familia”. Al llegar al segundo escenario veré un lienzo similar del Movilh: “Ley de parejas, ¡ahora!”.

Continúo sobre mis pasos y me encuentro con una conocida de Valparaíso. Nunca le he sabido muy bien el nombre, así es que no lo diré. Le pregunto qué hace acá y me contesta que hueveando.

–¿Y en qué estái ahora? –insisto.

–Hago clases de chino.

Y en el acto me vienen a la mente todas esas películas medio calentonas que mi chica trotskista ha querido arrendar, asegurándome que se trata de “cine arte”.

 

VUELTA Y VUELTA

Un llamado telefónico de Álvaro Hoppe –quien para festejar su cumpleaños número 50 fue al podólogo– me hace volver sobre mis pasos hasta el escenario principal. Hoppe viene llegando de un homenaje a Rodrigo Rojas Denegri en Estación Central y ahora, véanlo, fotografía a Arianda Sodi, una transformista que se puso pechugas y que ahora quiere arreglarse la nariz.

Arianda Sodi es la envidia de una mujer que está a mi lado. Dice que tiene “el medio cuero”. Arianda está a punto de subir al escenario con una peluca rubia, a lo Cindy Lopeor, cuando la intercepto y le pregunto si recomienda los implantes de silicona.

–Por supuesto que los recomiendo, siempre y cuando sean implantes de silicona legales –responde, y veo cómo sus pezones aparecen a través de su diminuto peto lila.

Desde el escenario, Paulette Favres, la animadora del evento, anuncia la presentación de Arianda.

–A continuación dejo con ustedes a una persona que fue elegida segunda Miss Universo Gay, en un certamen realizado en Perú, el año 2003...

Arianda no soporta la confusión y chilla:

–¡Fue el 2005, huevona!

–Perdón –dice Paulette, tocándose el oído como si tuviera una muela–, me dicen por interno que fue el 2005. Con ustedes, la magia de Arianda.

Arianda sube al escenario. Abajo me quedo con Heather, una cantante transexual. Ella es rubia teñida y tiene los implantes más grandes que veré en toda la tarde.

–¿Cuál es la diferencia entre una transformista y una cantante transexual?

–Una persona que canta siempre será más valorada que alguien que trae su tema y lo dobla –responde, mofándose de una improvisada coreografía.

En su calidad de cantante, le pregunto por sus artistas favoritos. Me dice que Cher, Tina Turner y Miryam Hernández, la única nacional, ya que en toda fiesta gay no puede faltar el tema “El hombre que yo amo”.

Paulette Favres acaba de bajar del escenario y, al pasar, advierte:

–Estamos trabajando para que la suma de minorías sea una mayoría. Porque no sólo los gays están presentes acá. También hay mapuches, judíos, de todo; hasta fotógrafos calientes.

Lo último lo dice observando a un tipo que luce una corona, un colaless y una capita roja, y que todos fotografían. Se trata de Pablo Chomalí, a quien le consulto si alguna vez se ha sentido discriminado.

–Ni por peruano, ni por gay ni por ser negro –aclara, con auténtico orgullo, y enseguida agrega coquetonamente–: Soy el sueño de cualquier neonazi.

 

¡FIESTA!

Los shows del escenario principal dieron paso a una fiesta con música electrónica. El público –casi todos jóvenes– baila con inocencia. Un par de chicas, al rozar sus cuerpos, se separan, como si hubiesen recibido una fuerte descarga eléctrica. Me viene a la mente aquel libro del poeta Diego Ramírez, “El baile de los niños”.

A lo largo del paseo se han dispuesto andamios, que en minutos serán ocupados por los transformistas, pero en los que por el momento dos parejas se besan. Son los niños de Ramírez. De entre el público, ahora diviso algunos viejos que no cesan de mirar a estos jovencitos. Recuerdo esa frase de Picasso, en la que aseguraba tener sexo sólo con su mirada. Al lado de estos viejos hay un tipo medio flaite que danza tieso. Después de unos minutos se saca la chaqueta, luego el chaleco y así, en polera, sigue y sigue, intentando capturar mi atención. ¡Casi lo logra, linda!

En los alrededores, otros jovencitos beben cerveza y unas chicas fuman marihuana. Quizá por eso los carabineros se han acercado y hablan con los chicos. Las chicas se alejan. En medio de esto, Rolando Jiménez, presidente del Móvil, viene hacia mí y aprovecho para preguntarle por el significado de estos quince años. Mirándome a los ojos, Rolando, ex candidato a concejal por el PPD, reflexiona en voz alta:

–¿Quién iba a pensar que íbamos a estar celebrando esta fecha al frente de La Moneda? Esto da cuenta de la evolución política y ética de esta sociedad. Es una señal de los vientos de cambio que corren.

Conmovedoras palabras.

–¿Pensaste alguna vez que tal como están las cosas un grupo de neonazis les pudo aguar la fiesta?

–Si estuviera pendiente de los neonazis, no habría dado la cara hace quince años.

Rolando me cuenta que no está de acuerdo con formar un partido político gay, porque el movimiento rechaza la construcción de guetos y también porque la fortaleza de “este movimiento radica en las propuestas. Sin propuestas estamos cagados”. Rolando se despide. Tiene que peinarse para la fiesta que se viene en pocas horas más en Disco Naxos, auspiciador del evento.

–Oye, León, ¿te fijaste? –pregunta de pronto Álvaro Hoppe, arrugando la nariz.

Meneo la cabeza y digo con excitación:

–Hay olor a caca por aquí.

Hoppe se queda mirándome, como no sabiendo qué decir, y yo me pierdo en sus ojos y me voy a negro, como en esas películas de cine mudo. LND













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