El Rey ha muerto, viva el Rey
Chile se sumará a las celebraciones...
“A la gente le encanta ver infidelidades”
No son muchas las series con formato...
Llega legado inédito a embajada chilena en EEUU
La sede diplomática acondicionó una...
Domingo 9 de julio de 2006

Leyendas de una estirpe desaparecida
Palabra de yagán

Eran el grupo más sociable y locuaz del extremo sur de Chile. Nómadas de 1,64 de estatura. Recorrían las costas cubiertos apenas con grasa de ballena o aceite de lobo marino. El tesoro mítico de los yámanas acaba ser editado en un libro que reúne 17 relatos de “amor y venganza” de un pueblo creativo y más civilizado que cualquier país del siglo XXI.



Nación Domingo

Gracia Guerreros

“Un muchacho y una muchacha, que eran hermanos y se habían criado juntos desde pequeños, comenzaron a verse en un escondite, donde se acariciaban y se abandonaban a su lascivia. Apenas el padre se enteró de todo, montó en cólera y los hizo llamar. Mientras pintaba con tierra colorada la cabeza de su hijo, les dijo a ambos: ‘Ya que hacéis cosas tan terribles, habréis de permanecer juntos para siempre. ¡Idos de mi choza!’. Desde entonces, hermano y hermana viven completamente aislados en el bosque, como marido y mujer. Ambos convertidos en pájaros carpinteros. Y el macho lleva en la cabeza un copete rojo, en señal de la marca que le hizo su padre”.

La “historia de la pareja de pájaros carpinteros” es una de las numerosas fábulas que conforman la mitología yámana. Una mitología rica y elaborada en comparación con la precaria vida de este pueblo nómada que, hace seis mil años, deambulaba casi desnudo por los fríos parajes del canal de Beagle y de las islas y ensenadas del cabo de Hornos.

Así como fueron hábiles con arpones, arcos y flechas para capturar lobos marinos, peces o alguna ballena varada en la orilla del mar, los yámanas o yaganes, cuya denominación significa “hombre, individuo, ser humano”, eran aficionados a la literatura oral, y cualquier hora del día les parecía buena para escuchar historias. Según los expertos, eran sociables, más sociables que cualquiera de sus vecinos (aónikenk o patagones, selk’nam u onas, kawesqar o alakalufes, y haush), y en su lengua contaban con más de 32 mil vocablos para expresarse.

“Eran grandes conversadores y se divertían mucho en ese sentido”, dice Anne Chapman, etnóloga franco-norteamericana que acaba de editar una selección de historias para adultos llamada “Lom, amor y venganza. Mitos de los yámana de Tierra del Fuego” (Lom Ediciones). Se trata de 17 relatos tomados y “corregidos” de 66 historias que, en los años ’20, recopiló el sacerdote y antropólogo alemán Martin Gusinde, durante sus viajes de investigación en la zona. El trabajo incluye también un mito que la propia autora recibió de labios de Cristina Calderón, la única yagana viva que conoce el idioma ancestral.

Ya en 1879, el misionero Thomas Bridges había observado que “los niños oían hablar de todos los temas imaginables, entraban en contacto con centenares de personas y constantemente escuchaban discursos animados de muchas de ellas. Así, esta pobre gente conocía íntimamente a más personas que la mayor parte de quienes viven en comunidades civilizadas, y oían más conversaciones que lo común en una sociedad alfabeta y plenamente ocupada”.

Al parecer, los yaganes tenían diferentes vocablos para nombrar una sola palabra. Por ejemplo, “playa” se llamaba de distintas maneras, dependiendo de la ubicación de ésta con respecto al que hablaba o del hecho de estar en el agua o en tierra, al referirse a ella. “Hahshuk” era playa guijarrosa; “duan”, playa pedregosa, en fin... Y para expresar relaciones de familia poseían por lo menos 50 palabras.

“La creencia de que los yámana eran caníbales no fue la única equivocación de Charles Darwin”, de acuerdo a los historiadores. “Al escuchar sus conversaciones, le impresionó la constante repetición de las mismas frases y concluyó que su idioma no podía abarcar más de un centenar de palabras. Pero esta lengua, dentro de sus propios límites, es infinitamente más expresiva que el inglés o el español”, aseguran.

Lamentablemente, para cuando Gusinde llegó a Tierra del Fuego, sólo quedaban unos 200 yámanas de los tres mil existentes a mediados del siglo XIX. Éstos habían desaparecido debido al contacto con los blancos, quienes les traspasaron las epidemias y el alcoholismo. Después quedarían marginados por la ambición de los forasteros que se establecieron en la zona y por la indiferencia de gobiernos que no se ocuparon de su integración.

 

MARIDOS Y ESPOSAS

En la cultura fueguina, los parientes cercanos no podían casarse; por eso, en la fantasía, quienes incurren en el incesto terminan convertidos en animales y aislados de la comunidad, como un padre que, mediante engaños, cohabita con sus hijas y es el protagonista de “La historia del viejo guanaco”, o una madre y un hijo amantes que son relegados a una roca, en “La pareja de gansos marinos”.

“El incesto se prohibía, sobre todo entre padres e hijos, pero el adulterio dependía de las circunstancias”, aclara Chapman. Según constató Gusinde en su época, “los esposos yámana eran más celosos unos de otros que ningún otro pueblo salvaje. Y cuando se sorprendían en adulterio –lo que ocurría muy rara vez– se vengaban con insultos y golpes”.

Esa idea de venganza está presente en los relatos que seleccionó Chapman. Hay uno especialmente descarnado, “La historia de los artesanos fabricantes de puntas de piedra”, sobre un marido que sorprende a su esposa en plena infidelidad. “Apenas se detuvo a su lado, le dio un empujón; ella lo reconoció y le rogó: ‘Enfría rápidamente mi pasión, estoy tremendamente caliente...’. El hombre se alejó un poco y calentó una filosa punta de piedra. Con ésta regresó donde su mujer y, con todas sus fuerzas, le clavó la candente punta de piedra en la vagina, le abrió el vientre hasta el ombligo y allí la abandonó...”.

En la vida diaria, las cosas no eran tan extremas. De hecho, antes de la llegada de los sacerdotes (que no miraban con buenos ojos la bigamia) a Tierra del Fuego, a mediados del siglo XIX, era común que un hombre tuviera dos mujeres. “A veces, su propia esposa, si era mayor, buscaba a una joven para que le ayudara en el trabajo. Generalmente era su hermana”, apunta Chapman.

Como no eran parientes de sangre, más natural era el casamiento entre cuñados. El “levirato”, o sea tomar por esposa a la cuñada viuda, muchas veces se consideraba un deber.

La diferencia de edad también era común entre las parejas yaganes. Una mujer podía tener más de 50 años y casarse con un chico de 18. “Así, los maridos jóvenes disponían de mujeres de gran experiencia que sabían atender a sus necesidades y ayudarlos en circunstancias en que las jovencitas hubieran fracasado”.

Hombres y mujeres tenían los mismos derechos y los trabajos familiares se repartían proporcionalmente entre uno y otro. Mientras los primeros buscaban comida, las segundas eran expertas nadadoras y se encargaban de manejar las canoas y mantener el fuego encendido. Y así como la esposa “debía ser pacífica y ayudarle en todo al marido”, éste “debía tomar parte en las penas y alegrías de su mujer y manifestar un limitado apetito sexual”.

 

RITOS TRIBALES

“Si quieres oír las palabras de la sabiduría, tienes que preguntar a los hombres con canas”. Los yámana empleaban esta frase para referirse a los chamanes (yekamush) de su estirpe, quienes presuntamente “tenían poderes especiales, que les eran transmitidos en los sueños”. Como se trataba de personas ancianas, eran conocedoras del pasado y depositarias de antiguos mitos que transmitían a la juventud, especialmente en las ceremonias de iniciación a la pubertad (Chiexaus y Kina), a las que los yaganes, así como otros pueblos primitivos, prodigaban un solemne respeto. En el caso de los fueguinos, sólo quienes habían pasado por estos ritos podían casarse, por ejemplo.

En una cabaña cupuliforme, que construían hombres y mujeres de la comunidad, ingresaban chicos y chicas a tomar parte de esa celebración secreta. La enseñanza duraba semanas y semanas, en las cuales los participantes pasaban por duras pruebas físicas, como soportar horas en cuclillas sobre el suelo cubierto con ramas secas, los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza inclinada hacia abajo, “para aprender a contentarse con poco espacio”. Todo ello en completo silencio.

Parte del aprendizaje consistía también en escuchar narraciones, como el “mito del origen”. Éste dice que “al principio de los tiempos había existido un matriarcado, en que los hombres hacían el trabajo doméstico y las mujeres eran las jefas, hasta que un día las féminas, que se burlaban de los hombres haciéndose pasar por temibles espíritus, fueron descubiertas. Entonces, Lom (el sol) y sus hombres ultimaron a todas las mujeres, que se transformaron en mamíferos marinos. Fueron vencidas y el patriarcado quedó bien establecido. Hanuxa, la cuñada de Lom, huyó al firmamento, donde se convirtió en la Luna. Akainix, su marido, que era un gran chamán, se tornó arcoiris. Y Lom subió a ocupar su lugar en la cúpula celeste. Sólo las niñas se salvaron, porque no se encontraban en el lugar y no se habían enterado del engaño de sus madres y tías”.

“Por desgracia, en la época en que Gusinde trabajó con los yámanas, lo místico ya no se contaba, comúnmente se narraban relatos relacionados con la caza de animales o con personajes con los cuales se podían identificar más fácilmente”, subraya Chapman. “Los blancos llegaron a la zona en 1850 y Gusinde apareció 70 años después, cuando los ancianos no conocían la época anterior a ellos”.

De todos modos, el trabajo de Gusinde –que incluyó un importante registro fotográfico– ha sido fundamental para desentrañar la historia de los yámanas. “Es una cultura muy rica y muy poco conocida, salvo por los estudiosos. Creo que vale la pena ponerla de relieve, a pesar de que ya no existe como pueblo. Y, en ese sentido, los mitos que Gusinde recogió son parte de esa riqueza”, sostiene Chapman.

El propio sacerdote y antropólogo alemán participó del último rito de iniciación, en 1922. Entonces vivió en carne propia cómo los jóvenes aprendían a procurarse alimentos y a ser hombres buenos y útiles para la tribu. Y, sobre todo, la lección más importante de sus vidas: que “quien sabe dominar su cuerpo, su parte externa, posee también el dominio sobre sus facultades intelectuales, y quien avanza mucho en el autodominio, es un hombre perfecto”. Evidentemente, para los yaganes es demasiado tarde. LND













Subdirector responsable
Rodrigo de Castro
Representante legal
Francisco Feres Nazarala
Editora
María Paz Moya
Empresa Periodística La Nación
Agustinas 1269 Casilla 81-D Santiago
Teléfono: 787 01 00 Fax: 698 10 59
© Empresa Periodistica La Nación S.A. 2005 Registro 136.898
Se prohibe toda reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio
Sitio optimizado para verse en resolución mínima de 800x600.
Browsers recomendados: IE5 y Netscape.
Explorer Flash Netscape Acrobat



Aprueban millonario proyecto de pavimentación en Isla de Pascua
La Comisión Regional de Medio Ambiente (Corema) de la Quinta Región aprobó...
La última moda: preservativos con vibrador o con sabor a bubble-gum
Hindustan Latex Limited partió con preservativos perfumados, siguió con...
Jorge González rompe el silencio
El ex líder de Los Prisioneros habla de su nuevo disco, de la industria musical,...


Duro de Matar 4.0
Un ataque a la vulnerable infraestructura informática de Estados Unidos comienza...
Karina Ortega
Personal training al acecho
Refugiados en Chile
En 1972, el Estado de Chile adhirió formalmente...