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Domingo 30 de julio de 2006
Por Franco Fasola
"Nunca hice la reflexión, pero yo me eduqué mirando la realidad a través de un encuadre. Y empecé a enterarme de la historia de Chile a partir de las fotos que veía y que llegaban a mi casa", dice Sebastián Moreno (1972), director de "La ciudad de los fotógrafos", el documental que está preparando junto a Claudia Barril hace ya cuatro años y que escarba la historia oculta de una de las agrupaciones de creación y lucha más importantes en tiempos de dictadura: la AFI (Asociación de Fotógrafos Independientes).
Mientras los militares y la Dinacos (Dirección Nacional de Comunicación Social) clausuraban toda posibilidad de que fotos "no oficiales" aparecieran en los medios, un grupo de fotógrafos, entre los que estaban Helen Hughes y Luis Navarro de la Vicaría de la Solidaridad y otros artistas como Leonora Vicuña, Jorge Ianiszewski y Juan Domingo Marinello, decidieron fundar este grupo que funcionaba con espíritu de gremio y que pretendía formalizarse como agencia fotográfica. Como una especie de "Magnum", pero en un país del tercer mundo y reprimido por una brutal y, hasta ese momento, impune dictadura.
Sebastián es hijo de Pepe Moreno, director del Archivo fotográfico de la Universidad de Chile y uno de los fundadores de este grupo de héroes anónimos que retrató la calle y sus luchas, en los duros años en que cánticos como "Pan, trabajo, justicia y libertad" retumbaban en las paredes del centro de Santiago y en las cabezas de todos los chilenos.
LA PARKA DE ROJAS
Mientras edita los últimos cortes del documental que estará listo en agosto, Sebastián Moreno recuerda la cámara que su padre le armaba con una cajita de té y los días en que miraba exposiciones y revoloteaba chorreado de vino en las reuniones de la AFI en calle San Isidro. Hace un click en su computador y muestra una foto de Alejandro Hoppe.
De todos los archivos y videos que revisó para el documental, esta es la última imagen que ha llegado a sus manos. Aparece una mancha difusa en el piso. "Es la parka de Rodrigo Rojas", dice mientras se zambulle en ese pasado que ahora también le pertenece.
Pudo haber sido cualquiera: Álvaro Hoppe, Claudio Pérez, Héctor López u otro del grupo. Pero cuando Sebastián tenía 13 años, su padre llegó destrozado a casa y le contó que habían quemado a un fotógrafo, que estaba agonizando en la Posta Central. Rodrigo Rojas, un joven exiliado chileno de 19 años, que se crió en Washington, murió a los cuatro días.
Rojas traía una cámara que enviaba el fotógrafo Marcelo Montecinos para unos talleres que se realizaban en la población La Victoria. Pero en el paro del 2 y 3 de julio de 1986, el destino lo colocó en el momento y lugar equivocado.
Los fotógrafos, que andaban siempre juntos por la ciudad, le dijeron el día anterior que fuera con ellos, que no anduviera solo. Pero Rojas se fue a alojar a la población y salió muy temprano a hacer barricadas en la población Los Nogales cuando se encontró con una patrulla militar que, junto a Carmen Gloria Quintana, los golpeó y luego roció con bencina para quemarlos vivos.
RETINA ENSANGRENTADA
Ahí está la foto de uno de los hermanos Hoppe como mancha en la conciencia. "Rodrigo tenía una energía y una ingenuidad muy grande. Se involucró a tal punto que empezó a relacionarse con organizaciones sociales de base y la fotografía era una cosa más. Él estaba con los niños, en las ollas comunes, trayendo ayuda de afuera -explica Moreno-. Rodrigo se transformó en un mártir. Los fotógrafos y todo Chile podían imaginar cualquier cosa, menos que te quemaran vivo por protestar".
Según la tesis "Historia y fotografías de la AFI", de Michelle Carrére, Rocío Muñoz y Sofía Ortigosa, para hacerse socio de la AFI había una serie de requisitos, entre los que se encontraban tener una iniciación de actividades, mostrar a los dirigentes una carpeta con a lo menos 10 fotografías y un breve currículo. Ser presentado por cinco socios, asistir a una conversación con la directiva y pagar una cuota inicial de $2.000 pesos.
Al poco tiempo de su nacimiento, la asociación ya contaba con 34 socios que buscaban algo de protección para hacer su trabajo. Aun cuando su sigla -AFI- para algunos no era más que "Asociación de fotógrafos de izquierda".
"La CNI los seguía permanentemente, los allanaban. Empezaron a reprimirlos y a hacer detenciones selectivas. Y como no trabajaban en medios oficiales, estaban muy expuestos. Nunca sabía si a mi papá lo tomaban preso o no. Ahora puede parecer ingenuo, pero en esa época el trabajo de los fotógrafos era clandestino y las fotos comenzaron a tener mucho protagonismo, porque multiplicaban la información y se iban al extranjero", agrega Sebastián Moreno.
Álvaro Hoppe dice que "hubo un momento en Chile en el que la fotografía fue censurada. Eso es inédito a nivel mundial, en ciertas revistas aparecían lugares oscuros donde decía aquí va pasando tal personaje y no se veía. Tú salías a la calle y no podías fotografiar, porque había civiles que te estaban siguiendo".
CENSURA Y PODER
Pepe Moreno recuerda que "andar con una cámara era tan peligroso como estar armado en la calle. Nosotros inventamos una credencial que nos daba un semirreconocimiento legal, porque teníamos una especie de personalidad jurídica. La mayoría de las veces no servía de nada cuando éramos detenidos".
Esa atmósfera se revive en "La ciudad de los fotógrafos": olor a caucho quemado y la adrenalina de salir a trabajar y no saber si volverían. "No te podíai ir a la casa si no teníai rollo. Y también porque confiaban en que uno iba a estar allí, en la papa. Las agencias y revistas de afuera comenzaron a comprar fotos", cuenta en el documental Claudio Pérez, uno de los que se tomó las calles y que luego, bajo el Puente Bulnes, instaló un muro de la memoria con fotos de detenidos desaparecidos.
"Yo pude ver pasar la historia de este país en fotos, desde los momentos más íntimos, pues en el mismo rollo estaban las dos o tres fotos que le tomaban al hijo antes de salir de su casa. Ellos de a poco se fueron haciendo conscientes del poder que tenían en las manos, que la cámara era un arma. Se van emocionando, sintiendo el dolor y empiezan a humanizar a sus personajes. Eso le otorga a la fotografía un valor y un alma mucho más potente", agrega Moreno.
MÁQUINAS
Pero lo que pasó en esos años fue paradójico hasta el extremo. La fotografía estaba en una de sus mayores cumbres creativas, pero la realidad era aplastantemente violenta. Algunos como Óscar Navarro nunca pudieron recuperarse del shock de las extensas jornadas cubriendo manifestaciones y revueltas. Sus ojos todavía destellan una mezcla de incredulidad y pavor al recordar cómo un teniente de Carabineros, al que llamaban "El Mazinger", tomaba una luma que tenía el doble del tamaño de una "normal" y le vaciaba un ojo a un poblador en medio de la Plaza de Armas. Óscar, quien vive en el sur y ya casi no hace fotos, siente aún el triqueteo de decenas de cámaras disparando sobre el cuerpo inerte de una de las víctimas de la represión. Ahí, justo en ese instante se veló su rollo. Los fotógrafos, a esas alturas del partido, sólo tenían violencia en la retina.
Así fue como la democracia, que a principios de los ochenta se veía tan lejana, cada día se iba asomando más en el horizonte. "Muchos se empezaron a dar cuenta cuán acostumbrados estaban a fotografiar la violencia, y que iba a llegar la democracia y los pillaría convertidos en máquinas que no se conmueven con el dolor ajeno. Muchos empezaron a tener procesos de sanación. Algunos dejaron la fotografía y se transforman en sicólogos, músicos o astrónomos", agrega Moreno.
Al poco tiempo que Pinochet entregó la banda presidencial a Aylwin, la AFI murió lentamente, al igual que muchos diarios y revistas. Al igual que el rumor de la queja que inundaba las calles de Santiago.LCD