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La ambivalencia en la relación chino-norcoreana

Superficialmente, los dos países mantienen estrechos lazos, al punto de que China es el único pilar del régimen de Kim Jong-il. Beijing, no obstante, ha comenzado a mirar el programa nuclear norcoreano como una creciente amenaza para sus intereses en la región, mientras Pyongyang aprecia con recelo su casi absoluta dependencia económica de la potencia asiática.

Lunes 7 de agosto de 2006

PHILIPPE PONS

 

China finalmente aprobó la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que condena las pruebas de misiles que hace unas semanas hiciera Corea del Norte. Pero, junto con Rusia, logró que el texto no hiciera referencia al capítulo VII de la carta del máximo organismo mundial, el cual autoriza la imposición de sanciones.

Ese compromiso entre los países partidarios de medidas de represalia contra Norcorea y aquellos que defendían una simple condena es revelador de las complejas relaciones que existen entre Pyongyang y Beijing.

El fracaso de la mediación china en la crisis de los misiles norcoreanos en apariencia revela los límites de la influencia de China sobre Corea del Norte. Pero más que una incapacidad de la diplomacia china que dirige el ministro de Exteriores Li Zhaoxing, la falta de éxito de esta intervención muestra sobre todo que Beijing tiene otras prioridades antes que ablandar al régimen de Kim Jong-il.

China, de la cual depende la supervivencia de ese Gobierno, dispone de ciertos medios de presión, pero "no quiere usarlos y Pyongyang lo sabe", considera Yun Duk-min, del Instituto de Asuntos Exteriores y Seguridad Nacional de Seúl.

Aunque el empecinamiento de los norcoreanos irrita a los dirigentes chinos, su moderación se explica por la paradójica interdependencia geopolítica entre una China como superpotencia y un pequeño país aislado y de economía exangüe.

En la superficie, los dos países mantienen lazos estrechos, establecidos en la guerrilla anti-japonesa y después sellados con sangre en el curso de la guerra de Corea (1950-1953), cuando los "voluntarios" chinos llegaron al rescate de los norcoreanos, repelidos hasta el río Yalu (frontera con China) por la contraofensiva de EEUU y sus aliados.

Pero los sentimientos recíprocos de los dos países son ambivalentes. China pagó un pesado tributo en vidas humanas en ese conflicto. El régimen norcoreano se lo reconoce pero no le gusta recordar la intervención china, curiosamente ausente del museo de la guerra en Pyongyang, donde hay salas especiales que se les muestran a los chinos o a los visitantes que así lo solicitan.

Hasta la ocupación de Japón (1910-1945), el reino de Corea fue vasallo de la China imperial, y Kim Il-sung, fundador de la República Popular Democrática de Corea en 1948, construyó su figura histórica sobre la idea de la independencia nacional. Con el favor del cisma chino-soviético, él jugó con la rivalidad de los dos "grandes" socialistas para evitar convertirse en el satélite de uno u otro.

"El régimen de Pyongyang tiene una confianza moderada en China, a la que considera responsable en parte del derrumbe de su economía", subraya Yun Duk-min. A principios del decenio de 1990, Beijing puso fin, al igual que Moscú, a los lazos privilegiados entre países socialistas y estableció relaciones diplomáticas con Corea del Sur, reconociendo la división de la península y asestando un duro golpe a la doctrina norcoreana de liberación nacional.

Hoy en día, China mantiene a Corea del Norte "con vida artificial" gracias a su ayuda y a su petróleo, pero su control sobre la economía norcoreana es resentido con amargura en Pyongyang.

El tratado de amistad chino-norcoreano (1961), aún en vigor, contiene una cláusula de asistencia en caso de invasión que implica, en teoría, que un ataque contra Corea del Norte supondría la intervención de China. Pero, más que con la alianza militar, Pyongyang juega con la preocupación china por mantener la estabilidad regional -como garantía de su expansión económica- para darse cierto margen de maniobra.

 

LA CUESTIÓN NUCLEAR

Beijing, que permaneció al margen de la primera crisis nuclear (1993-1994), intervino a raíz de la segunda -octubre de 2002- cuando el endurecimiento de Washington hizo temer un grave desliz. Entonces China se lanzó a una diplomacia preventiva, orquestando las negociaciones hexagonales (las dos Coreas, China, EEUU, Japón y Rusia).

A despecho de las transformaciones ocurridas en China desde el fin de la Guerra Fría, los intereses chinos en la península siguen siendo los mismos: mantener el status quo.

A eso se agrega su ambición tácita de integrar a las dos Coreas en su zona de influencia. La expansión de la cuestión norcoreana a la región bajo la égida de Beijing equivale por parte de Washington a reconocer los intereses geoestratégicos de China en la península coreana.

El derrumbe del régimen de Pyongyang conlleva un riesgo considerable para China: la llegada de refugiados y sobre todo la inestabilidad en la región fronteriza, donde viven dos millones de chinos de origen norcoreano, lo que comprometería el desarrollo económico de las provincias del noreste.

China, potencia nuclear "cercada" por Estados que disponen del arma atómica -India, Pakistán y Rusia-, no desea tener un nuevo "intruso" a sus puertas, pero sin embargo no trata de obligar a Corea del Norte a desarmarse. Su capacidad militar es una garantía de que se mantendrá el estado-colchón que constituye. Para Beijing, el peligro de que el régimen de Pyongyang se nuclearice está en otra parte: provocar una carrera armamentista en la que participarían Japón y Corea del Sur, o incluso Taiwán.

El futuro de la isla de Formosa es otro elemento de la política china hacia Pyongyang. China no establece vínculos entre los dos problemas: Taiwán es para Beijing un asunto interno. Pero la influencia moderadora de China sobre Corea del Norte constituye una palanca para incitar a EEUU a contener las veleidades independentistas taiwanesas.

Así, el régimen norcoreano hace un juego arriesgado en su relación con China. Pero ha de pensar que su intransigencia podría ser el catalizador de un eje Moscú-Beijing-Pyongyang, como contrapeso al reforzamiento de la alianza nipona-estadounidense.

 

© Le Monde

(The New York Times Syndicate)

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