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Viernes 18 de agosto de 2006
Artemio Echegoyen
Si a una mujer de pronto se le rompen los calzones (y sobre todo si los tenía puestos), significa que están pasando cosas de alto voltaje, pero en clave íntima y secreta. O sea, debajo del ombligo, punto que marca la línea de flotación de la conciencia humana. Y a veces son cosas que ocurren también en clave siniestra. E incluso cómica, lo que es una gracia de este libro. Así sucede en esta breve novela de Jaime Hagel (1933), escritor chileno que en su momento pasó por deslenguado, sobre todo con los cuentos de "Con la lengua afuera" y "En los más espesos bosques".
El autor, profesor universitario de literatura, se vanaglorió alguna vez de "escribir de espaldas a las academias", queriendo con ello decir que sus relatos -y también esta novela, "Calzones rotos"- no sólo buceaban por el submundo de las pasiones prohibidas o vergonzosas o violentas (aunque no necesariamente aquellas que no osan decir su nombre, o al menos no en su vertiente masculina), sino que lo hacían, además, con una prosa desaforada: lengua suelta, que le llaman.
Los calzones rotos son un dulce de prosapia colonial y campestre, y es lo que saborean como desayuno los protagonistas de esta historia familiar donde hierven el incesto, el asesinato antipasional y amnésico por conveniencia, y -por fin- el tortilleo frenético que a ciertos varones tanto entusiasma contemplar desde lugares ocultos: si no puedes con ellas, míralas a ellas. Claro está que todas estas cosas suceden en lo oscuro, y entiéndase por ello la profunda noche en que los/las insomnes calientes salen al pasillo, o el recuerdo repentino de crímenes que parecían olvidados hasta por los objetos que en ellos participaron.
"Calzones rotos" reúne en una casona familiar a primos y tías, todos a la espera de la muerte de una abuela de organismo porfiado y cuyo entresuelo moral -por así llamarlo- dejará meditando al lector. La atlética y traumada gringa Kimberley, casada con el aguachento Antonio, forma también parte de esta familia bien chilena que, por supuesto, presume de ser una familia bien. Ella y sus parientes políticas -menos directas, como corresponde a las señoras de este país- demuestran, sin apelación, que las mujeres lo manejan todo, aquí y en la quebrada del ají. Incluso aquellos secretos que erizan en esta historia los pelos -sean púbicos o no, pero sobre todo sí- de los varones, que mucho hablan y son pura boca. Y eso que hay curas, oficinistas y carabineros. Una boca peluda, asesina y mirona.
CALZONES ROTOS
Novela
Jaime Hagel
Ediciones B, 2002
114 páginas