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Domingo 20 de agosto de 2006

La otra cara del Mercosur y el CAN
Sexo transnacional

Los excedentes del cobre no sólo sacan sonrisas en Hacienda. El resto del continente ve a Chile como la tierra de las oportunidades. Muchas mujeres traen el cuerpo como capital. Algunas trabajan en schoperías nortinas y se ofrecen como “postre”. Otras se suman a las cartas de saunas y clubes nocturnos.



La Nación

Por Felipe Saleh

Foto: Gastón Flores

Las dos son nuevas en el negocio. Así lo asegura Cassandra, dando la sensación de que su experiencia ha sido una fiesta interminable. Paloma jura lo mismo, pero agacha la cabeza y no mira a la cara. La primera es ecuatoriana y la segunda colombiana, y antes de trabajar en la noche lo hacían en un mall. Cassandra en un shoping de Guayaquil y Paloma en una tienda de Almacenes París, adonde llegó desde Buenaventura.

Según datos extraoficiales de la Gobernación Provincial de Iquique, a diario cruzan hacia Chile unas seis mujeres de raza negra. Habitualmente, por los pasos de Chacalluta y Colchane, en la I Región.

Paloma, estuvo unos meses en el norte, donde “me sentí discriminada y porque todos creen que las negras somos prostitutas”, dice. Compró pasajes a Santiago. Consiguió trabajo en la multitienda. Al año tuvo un hijo con un compañero de la sección para caballeros, al que ya no ve. Se encontró con el Chile real, donde su sueldo de 150 mil pesos le alcanzaba para enviar a su familia –donde lo multiplican por cuatro–, pero no para mantener al niño.

En cambio, es fácil entender la felicidad sin contrapeso de Cassandra. Llegó “hace unas semanas” pero ya conoce Valle Nevado y Viña del Mar. “Quedé impresionada con el brillo de la nieve”, comenta. Trabajará hasta diciembre en el Platinum, un búnker emplazado en el subterráneo del centro comercial Plaza Lo Castillo. El club se preocupa de arrendar un departamento para ella en El Golf. Dice ganar unos dos millones de pesos mensuales.

OTRAS COMPAÑERITAS

Paloma vive en un departamento de dos dormitorios en el barrio Yungay. Trabaja “hace tres semanas” en un conocido sauna de la Alameda, cerca de plaza Italia, donde las paredes son tabiques de internit y el pasillo no tiene alfombra roja. Tampoco hay un ascensor hacia el subterráneo por el que bajan los clientes de Platinum, escoltados por guardias de traje negro y una “muela” en el oído. Aquí, la escolta es el par de jóvenes que enganchan público en la calle ofreciendo mujeres y cocaína. Acá, Paloma es “la negra”. Se puede estar con ella por 20 mil pesos la hora. El color de su piel es una ventaja que le permite obtener unos 650 mil pesos al mes.

Después de las fiestas de fin de año, Cassandra viajará a Guayaquil para traer a “otras compañeritas”, dispuestas a tener una hora de sexo por 150 mil pesos, y ser parte del “mejor club de Latinoamérica”. Así lo asegura el administrador de Platinum, Rubén Gottelli. Él es odontólogo de profesión, pero le “apasiona” su actual trabajo. “Es problema de ellas lo que hagan fuera, a nosotros nos interesa que la chica saque harto trago”, explica el tránsfuga dentista. Cualquier brebaje, igual que la entrada, vale 18 mil pesos. El encargado afirma que “el 80% de las chicas son chilenas, aunque las más exuberantes son las extranjeras”. Pero la evidencia demuestra lo contrario. De cinco que se acercan, tres son foráneas: República Dominicana, Ecuador y Argentina, en ese orden. Dos compatriotas ofrecen irse con el cliente por el precio de una. “Estamos baratitas”, dicen picaronas. Quizás porque no tienen deuda de bisturí, como Cassandra, que tiene dos globos imposibles de obviar. Según Gotelli, las nacionales no asisten a las charlas de cirugía plástica que “in situ” les brinda una clínica que ofrece precios especiales. Pero como todas, las criollas sí aprovechan los convenios para solárium, peluquería y tratamiento dental.

Paloma necesitaría un tratamiento de ortodoncia. Igual, su busto es grande pero no a partir de silicona, sino de los carbohidratos que al parecer dominan su dieta. Jamás podría hacer la “tarima” –el clásico barrote cromado de club nocturno–, porque su cuerpo no califica en la norma de un abdomen plano.

Tampoco sus clientes serán extranjeros de paso que le hablarán a veces en otro idioma de los excedentes del cobre y su influencia en los resultados macroeconómicos de Chile. Aunque su lugar de trabajo está frente al hotel Crowne Plaza, el público de Paloma es menos selecto de lo que ella quisiera: “Le pedí a uno que se lavara porque estaba fétido”, cuenta. A pesar del contrapunto evidente, Paloma y Cassandra tienen en común que ninguna de las dos llegó engañada. En caso contrario, la migración de estas mujeres sería un delito, tipificado como trata de personas.

POR 500 DÓLARES

Ximena Castillo, prefecto inspector de la Policía de Investigaciones, al frente de la Jefatura Nacional de Delitos contra la Familia (Jenafam), reconoce que en los últimos dos años se incrementó el ingreso de mujeres desde diversos países de Sudamérica. “Sobre todo de Ecuador, Colombia y Paraguay”, afirma. Se instalan en las ciudades mineras, como Iquique, Calama y Antofagasta.

“Les ofrecen trabajo como meseras en bares o schoperías, pero cuando llegan las obligan a prostituirse, quitándoles los documentos. Así no pueden salir a la calle sin riesgo de ser detenidas por infringir la Ley de Extranjería. Entonces, no existe la instancia para que puedan denunciar”, dice la prefecto Castillo.

Otra forma de amarre es la deuda que tienen con la organización que les pagó los pasajes y les da alojamiento. Los 250 ó 300 mil pesos que ganan a la semana “los gastan en arriendo, comisiones y otros intereses, y se quedan sin plata”, cuenta un efectivo policial que investiga este tipo de redes. Según el funcionario, las contratan por tres meses, después de los cuales regresan a su país. Algunas vuelven a Chile porque “es una buena fuente de ingresos y ya conocen el negocio”.

La experiencia policial demuestra que la trata de personas es un delito muy difícil de controlar. Aun así, este año se han aclarado dos casos. El primero involucra a la ciudadana boliviana Nelly Condori, que a través de una agencia de empleos en Tacna reclutó mujeres peruanas a las que alojó en la residencial Los Tajibos, ubicada en calle los Héroes de la Concepción, en Iquique. Dos de las víctimas, universitarias peruanas, lograron escapar y denunciar su situación. Teresa fue una de ellas. Estudiante de enfermería en Tacna y madre de un niño, declaró en el proceso que una agencia de empleos, Condori, les ofreció a ella y su amiga 500 dólares mensuales por atender una shopería en Iquique.

“Ella se hizo cargo de los gastos del viaje, pero nos quitó nuestros documentos. En Arica comimos algo y luego seguimos en un bus hasta Iquique. Llegamos a un hotel y hasta ahí todo era normal. Al otro día fuimos a comprar ropa y nos pagó una peluquera, pero insistía que esos gastos los teníamos que devolver y que debíamos atender muy bien a los clientes”, relató la joven en el proceso. Llorando, reconoció que “me obligaron a entrar en un motel cerca de la playa. Ahí me eligió un extranjero y pagó por una hora. Traté que se pasara el tiempo rápido, conversé y le dije que tenía una infección. Pero al otro día llegó un grupo de borrachos hasta la residencial y volvieron a elegirme. Traté de hacer lo mismo, pero fue más violento y me tomó a la fuerza”, declaró. La investigación conjunta –de la Brigada de Delitos Sexuales y la Fiscalía Provincial de Tacna– está cerrada y la sentencia debería conocerse el 28 de agosto.

En febrero, tres argentinas de Salta lograron arrancarse del restaurante donde vivían hacinadas en Antofagasta con otras compatriotas. La policía consiguió una orden del Ministerio Público para allanar el lugar, donde luego del almuerzo las meseras ofrecían “postre”, eufemismo para referirse al sexo oral, que practicaban debajo de las mesas por siete mil pesos.

En la capital de la I Región hay 25 schoperías sólo en el centro de la ciudad. En algunas de ellas, donde la atención es tipo “café con piernas”, pero con cerveza, es posible conseguir sexo en un “privado”.

La nutrida oferta de extranjeras provoca la ira de las prostitutas criollas, a quienes se les sindica como autoras del mito urbano de que una estupenda mulata colombiana contagió de sida a todo un turno (76 mineros) de la cuprífera Doña Inés de Collahuasi. La minera jamás se ha referido al tema y en el Servicio de Salud de la I Región niegan que haya existido o se pueda monitorear un contagio de tal magnitud.

PROXENETA AFICIONADO

El negocio es redondo y muy tentador. Así le pareció a Pedro (32), un ingeniero civil que hasta junio pasado mantuvo un prostíbulo en un departamento en Providencia “Estaba acogotado de deudas. Mi polola es argentina y un día, medio en broma, se lo propuse y a ella le encantó la idea. Hicimos los cálculos, partimos a Buenos Aires y pusimos un aviso en ‘Clarín’”. Pedro hizo un “casting” y seleccionaron a siete. Todas viajaron con visa de turista a Santiago. Se instalaron en un departamento de Seminario, donde las niñas vivían y él llegaba a recoger la plata. Dice que le costó cumplir el compromiso con su polola de no meterse con ninguna “Cada vez que iba por la recaudación, me ofrecían quedarme a una fiestecita”, cuenta.

El celular que compró para el negocio sonaba día y noche, a cualquier hora. “Fueron cinco meses casi sin dormir”. La tarifa era de 120 mil pesos la hora y cuarto. Ellas debían atender ocho clientes y se quedaban con 50 mil por atención. “Tres veces cambié el departamento porque los vecinos avisaban a los pacos”, dice.

El riesgo no le importó. Ganaba casi seis millones mensuales, pero entró en pánico el 15 de junio cuando leyó en la prensa que la policía desbarató la red encabezada por Myriam Gauto, una paraguaya que llegó a las oficinas de Extranjería para regularizar sus papeles. En el lugar fue reconocida por un detective que investiga estas organizaciones y habitualmente ingresa a la página sexo.cl, la misma donde Pedro ponía de carnada una foto de su polola argentina. Los interesados llamaban y les ofrecía a otras con la excusa de que la niña de la foto estaba ocupada. “En dos días desarmé todo el departamento, y el celular lo rompí. Las minas se fueron con otra gente, les quedó gustando el negocio. Algunas me han llamado para que trabaje con ellas. Me dicen que las trataba bien”. LND













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