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Martes 22 de agosto de 2006

EL RELATO DE UNA NIÑA DESDE LA SALA DE PARTO
Yo soy madre a los 15

Un estudio del Instituto Nacional de Estadísticas reveló que de los 230.352 nacimientos ocurridos en 2004, 906 fueron de adolescentes menores de 15 años. Del total nacional, Atacama se dispara. En esa región siete de cada mil niñas viven ese proceso. Doloroso. Estremecedor. Una prueba donde la pobreza pasa la cuenta. Sofía es una de esas niñas. Y ésta es su historia.



La Nación

Nataly González

“Son las cuatro de la tarde del 16 de agosto. Estoy en la maternidad del Hospital de Copiapó. Hace calor, lo que me recuerda ese día en que el test dio positivo. Era verano, febrero, yo tenía tres meses de atraso, pero aun así pensaba que daría negativo. Hasta que apareció una crucecita y me quedé helada. Reaccioné cuando se me vinieron a la cabeza mis papás. Yo no quería hacerles daño.

‘¿Estoy embaraza?’, le pregunté a mi pololo. Él movió la cabeza diciéndome que sí y los dos nos pusimos a llorar ¿Qué vamos a hacer? -gritamos los dos-. Nuestros papás se van a enojar ¡Si apenas tenemos 14 años! ¡Recién vamos en octavo! Nos fuimos caminando despacito desde la casa de Javier a mi casa. Yo iba muy triste. Me dejó en la puerta. Cuando entré, mi mamá me preguntó qué me pasaba. Creía que habíamos terminado y que por eso yo estaba así.

No me atreví a decirle nada ese día. Tenía tanta pena. Pensaba que los iba a decepcionar.

La confesión de Sofía

Javier y yo guardamos el secreto. Las que si sabían eran mis amigas. Pero el tiempo me fue presionando. El jumper del colegio me quedaba chico. Además tenía miedo de que ese ahogo que sentía por no decirles la verdad, le hiciera mal a mi guagüita. Como no tenía nada de guata, pensaba que quizás mi bebé no estaba creciendo bien. Por eso ya era hora de ver a un doctor.

Ya no podía más. Además Javier ya le había contado a su mamá. A fines de abril le dijimos la verdad a mis papás. Javier me acompañó. Yo ya tenía cuatro meses y medio.

Mi mamá pensaba que la estábamos molestando y cuando vio que era verdad, se puso a llorar. Mi papá fue más relajado. Después tuve que hablar con mi profesora jefa, es que tenían que saber en el curso, porque ya no podía seguir haciendo educación física.

A la primera ecografía fuimos con mi pololo y mi mamá, escuchamos los latidos del corazón y lloramos los tres. En estos 9 meses me pasaron muchas cosas. A veces pensaba ¿por qué yo? , me daba lata que no iba a poder salir. Sabía que cambiarían muchas cosas en mi vida, que había una etapa que me iba a saltar. Otras, estaba contenta, el sentir que llevaba a otra persona adentro me daba ilusión. También pensaba en el Javier. Yo antes había pololeado, pero con él es con quien más he durado. Llevábamos un año cuando quedé embarazada y como tres meses teniendo relaciones. Mi primera vez fue con él y por amor. Yo creo que por eso nunca pensamos en cuidarnos, ni siquiera hablamos de eso, lo hacíamos así nomás. Una vez se me atrasó la regla, pero después me llegó, entonces como que me confié en eso, en que igual me llegaba aunque estuviera teniendo relaciones.

Cuando llegué a los siete meses de embarazo, también celebré mi cumpleaños. El 10 de junio cumplí 15 años.

Huevitos en la guata

El calor continúa en el hospital. Por mi lado pasan dos embarazadas más, aunque no son tan jóvenes como yo. Me miran con extrañeza. Pero yo no me siento mal. Somos iguales. Las tres vamos a ser madres.

Como ellas, supongo que hice todo normal durante el embarazo, pero me cuidaba de no caerme, de no hacer cosas que pudieran golpear a la guagua, de no pelear con mis dos hermanos menores. Quería comer helado de chirimoya todo el día, y no soportaba el olor a las colonias frutales, me daban asco. Lo más difícil de todo fue adaptarme a que mi cuerpo cambiara. Tenía miedo de cómo iba a quedar después. Subí 10 kilos, ahora quiero volver a como era. Me acuerdo cuando mi bebé se empezó a mover, parecía culebra allí adentro y al último, como tenía tan poco espacio en la guata, se me levantaban como unos huevitos nomás.

Ya no era la guagua a secas. Sabíamos que era mujer. Así que le pusimos Antonia Ailén.

Parto normal

Este 16 de agosto me va a cambiar la vida. Ya viene la Antonia. Me encanta su nombre. Yo elegí el primero y su padre escogió el segundo. Por nada especial. Nos gustaban nomás.

Las contracciones comienzan. Me da pánico. A mi lado hay una señora que se retuerce de dolor. Grita mucho. Pero yo no lloro. Tampoco grito, porque todos me dijeron que no tenía que gritar. Aguanto y aprieto las manos. Sufro porque mi dilatación se demora y la matrona me hace “tacto”. Eso duele mucho. Pero aguanto, porque la Antonia ya está pasadita de los nueve meses y tiene que salir. Pujo. Se le ve la cabecita. El pelo. Es increíble verla. Se parece al Javier. Antes no me habían dado ganas de llorar, pero ahora no me aguanto. Lloro. Me queda toda la boca con sangre. Es que le di un beso a la Antonia.

El futuro: nosotras

Ya pasó lo peor. La Antonia está a mi lado. Tiene dos días. Cada hora que pasa se parece más a su papá. Hoy Javier la vino a ver. Él también está contento porque es su vivo retrato.

Antes de embarazarme salía, iba a fiestas, bailaba, me gustaba ser florerito de mesa, pero maduré este tiempo, aunque igual creo que sigo siendo niña chica. Todavía veo monitos y ahora los vamos a ver juntas con la Antonia. En la sala donde estoy hay dos niñas más de quince años con sus hijitos, y sólo una señora mayor, debe tener como 25 ó 26 años.

Tengo que darle leche otra vez. Eso me duele mucho, pero es bonito, porque uno no se imagina que pueda dar alimento desde su propio pecho. Ya van a empezar las visitas, ojalá venga el Javier. Vamos a vivir cada uno en su casa. En el verano él va a trabajar de temporero para juntar plata. Yo no sé qué va a pasar con nosotros, si los dos tenemos 15 años, por eso no pienso en el futuro. Yo sueño que no le pase lo mismo a la Antonia. No me gustaría que se embarazara tan chica, porque es peligroso. A mí por suerte no me pasó nada, pero cuando son niñas, a las mamás o a las guaguas les puede pasar cualquier cosa porque el cuerpo todavía no se ha desarrollado bien.

La pieza de la Antonia está lista, porque va estar conmigo y como yo soy mujer calzó justo porque es rosada y tengo hartos peluches y muñecas de cuando era chica. Yo misma le dibujé monitos en la pared, le hice hartos dibujitos.

Quiero seguir estudiando. Voy a la escuela El Chañar que me queda cerca. Vivo en los sectores altos, en las Colonias Extranjeras. Mi mamá me va a ayudar con mi bebé, pero no me gustaría que le dijera mamá a ella y que a mi me viera como hermana, como pasa en algunos casos, o que la quisiera más a ella que a mí. O sea, si le quiere decir mami de cariño está bien, pero quiero que sepa que yo soy su mamá. Que me vea como su mamá.

Mañana me dan de alta y empiezo una nueva vida. Lo que me asusta del futuro es no poder complacer sus gustos, que cuando me pida cosas no pueda comprárselas. Me da miedo no tener plata. Ojalá que pueda seguir estudiando ¡Pucha, no quería llorar! Cuando grande quiero ser veterinaria”.


LAS OTRAS CIFRAS DEL EMBARAZO ADOLESCENTE

A fines del año pasado, la Comisión Económica para América Latina (Cepal) entregó un estudio sobre reproducción en la adolescencia, donde se destacaba que antes de cumplir 20 años, la mitad de las jóvenes pobres que viven en zonas rurales de Chile ya ha tenido su primer hijo. El informe también destacaba que para las niñas pobres de entre 15 y 19 años, el embarazo temprano coincide con la deserción escolar y la marginación del mercado de trabajo.

Según el censo de 2002, el 85 por ciento de las menores de 17 años que no ha tenido hijos estudia. La cifra cambia si son madres: sólo asiste al colegio un 30 por ciento.

La dificultad que tienen para continuar sus estudios es mucho mayor que en el caso de una mujer de más edad o con una situación más estable. Estas precariedades hacen que las niñas continúen en labores domésticas, no se desarrollen y en la mayoría de los casos perpetúen el círculo de la pobreza.













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