
Domingo 27 de agosto de 2006
Por Betzie Jaramillo
Jorgito es un inadaptado, pero un genio con el computador. Terminó el colegio a patadas, pero no hubo forma que estudiara alguna carrerita que le solucione su supervivencia. Aunque desde hace un tiempo, paga parte de los gastos familiares y, en ocasiones, es el que salva el naufragio de final de mes. ¿Cómo? Bajando películas y música por Internet, que sus amigos y los amigos de su familia le encargan. A "luca" el CD o el DVD. Cuando se trata de películas que aún no se han estrenado, el doble. Jorgito es técnicamente un delincuente, un pirata, pero ni su madre ni sus clientes ni él mismo consideran que lo sea.
Eduardo es un apasionado de la literatura. "No tengo otro vicio. Leer es lo único que me salva de la locura y el aburrimiento". Este mes se ha salvado porque algún personaje siniestro hizo copias piratas de la última novela de Vargas Llosa (10.900 pesos el original). "Por tres luquitas tengo placer asegurado para varios días. No hay droga más barata. Y mira, son iguales al original, incluso dice en las primeras páginas 'Prohibida su reproducción'. Son idénticos. Y, francamente, no creo que Vargas Llosa se arruine con esto".
"Yo intento llevar a mi hija al cine en la medida que puedo para que disfrute de las películas en pantalla gigante, con toda la emoción de la sala oscura, pero a la salida le compro una copia pirata porque ella quiere verla mil veces más", dice Alejandro, un padre abnegado que intenta que su Antonia querida vea todo lo que Hollywood le mete hasta en la sopa. Alejandro calcula unos 10 mil pesos cada vez que van los dos al cine (3.400 adulto + 2.700 niños + micro y un paquete de cabritas) por su hija adorada, pero no se gasta esa plata en las películas que a él le gustan. Prefiere comprárselas a un compañero de oficina por dos lucas y verla con su señora en la cama.
Jorgito, Eduardo y Alejandro están a la última, lo han visto, leído y escuchado todo. Son adictos a la "cultura pirata". Si no escogieran la vía ilegal, en sus estanterías acumularían polvo tres o cuatro discos e igual número de libros y películas. Pero "gracias" a los piratas tienen videotecas, bibliotecas y discotecas dignas de un consumidor del primer mundo.
CHILE, EN LA LISTA DE LOS PEORES
Por mucho que se empeñen en amenazar a través de mil campañas (esas largas advertencias al comienzo de los DVD, que dicen que comprar un disco pirata es igual que robar un auto o asaltar a una anciana), la terca realidad es que el que no haya caído en la tentación de la ganga, o es muy muy rico o no le interesan la música ni las películas o los libros.
Sólo en 2004 en el mundo se vendieron 1.200 millones de discos piratas, según la Asociación Internacional de Productores Fonográficos (IFPI), y la industria del cine norteamericana, la más poderosa del mundo, reconoció unas pérdidas por sobre los seis mil millones de dólares al año. En el caso de los libros, la piratería afecta a las editoriales y especialmente a los autores, que son mucho más modestos, en comparación con las megaestrellas del cine y la música, y ven como se esfuma ese 10% que les corresponde por cada ejemplar que se vende y que suele ser una de sus principales fuentes de ingresos.
Chile acaba de entrar en el ranking de los 31 países que piratean con pasión todo lo que está de moda. La IFPI calcula que más del 50% del comercio de música en el país corresponde a discos piratas. Esta cifra es parecida a las del comercio ilegal de música de India, Brasil o Pakistán, pero está lejos de los récords de Indonesia (80%), China (85%) y el rey de la piratería, Paraguay (99%). En este último país hay una urbe entera dedicada a las copias ilegales de cualquier cosa: Ciudad del Este, en la triple frontera con Brasil y Argentina. Hasta allí llegan miles de turistas todos los días que, después de visitar las cataratas de Iguazú, en Argentina, y comer carne sin límites en los "rodizios" de Foz, en Brasil, enloquecen ante la oferta de películas y discos de estreno a "sólo un dólar" (530 pesos chilenos) que vocean los comerciantes en las callejuelas céntricas. Y no sólo turistas. Miles de camiones repletos de copias distribuyen por todo el continente su carga de ofertas ilegales, que van desde el jazz más sofisticado hasta el último hit de "cumbia villera".
"LA PIRATERÍA ES GENIAL"
La megaestrella Robbie Williams, que ha vendido más de 41 millones de discos en el mundo, se atrevió a decir en una feria de música en Cannes: "La piratería es genial. Y nadie puede hacer nada para pararlo. Ya sé que mi compañía, mi jefe y mis contables me van a odiar por decir esto". Algo parecido piensa el artista argentino Andrés Calamaro, y añade: "Si los conciertos están llenos, la piratería no me importa". Y Fito Páez: "Yo, cuando tenía 15 años, compraba un disco y grababa 10". O Manu Chao, quien junto a la precandidata a la Presidencia de Francia, Sègoléne Royal, y otras 70 personalidades, lanzaron el año pasado un manifiesto en contra de la persecución criminal de los que piratean música en Internet. Pero la poderosa industria del disco puede llegar a ser feroz. Cuando Alaska, la cantante símbolo de la "movida madrileña", declaró que "como artista y autora soy la menos perjudicada por la piratería, porque soy la que menos gana por disco vendido", retiraron todos sus CD de las tiendas porque no quiso retractarse. Ella, magnífica, con su desafiante melena roja, les contestó: "Estupendo, ahora mis discos serán aún más codiciados en los top manta" (como se llama a los "éxitos" de cuneta en ese país).
ORIGINALES MUY CAROS
Y es que no eres nadie en la industria cultural si no te piratean. Es el síntoma de que has conectado con el público. "El Código da Vinci", cualquier libro de Isabel Allende, García Márquez o Vargas Llosa son clásicos de best-sellers informales. Pero la reina del top pirata es J.K. Rowling, autora de "Harry Potter", que es la mujer más rica de Inglaterra, por encima de la Reina Isabel, a pesar de los desalmados que copian sus libros y sus millones de lectores ilegales. En Chile, el tema de los libros es especialmente grave. Una de las razones es su alto precio. Su IVA es del 19%, igual que el de cualquier otro producto, sin tener en cuenta "la excepción cultural", que hace que ser un lector legal en Chile sea muy caro. Y no es casual que los chilenos practiquen un "turismo de literario" cuando van a Buenos Aires, donde, por ejemplo, el último libro de Paul Auster ("Brooklyn follies") cuesta poco más de mil mil pesos y aquí hay que pagar 16 mil. Esos precios estimulan la piratería, a pesar que copiarlos es bastante más complejo que simplemente grabar un DVD.
LA RUINA DE LOS EDITORES
Francisco Tepper, ex gerente general de Random House-Mondadori, en su ponencia "Piratería editorial y reprografía ilegal. Magnitud y gravedad del problema", dice que "la Cámara Chilena del Libro calcula que las publicaciones ilegales constituyen más de un 30% del total del mercado editorial". Un porcentaje que arruina a las editoriales más modestas y deja sin clientes a las pequeñas librerías, que a duras penas pagan los sueldos y los impuestos. Tepper advierte también que últimamente alcanza a los best-sellers de compra obligatoria: los libros escolares. Es comprensible. Después de todo, a siete libros por niño y a 15 mil cada uno, saque la calculadora y sume lo que le cuesta al bolsillo de los padres cumplir con la lista del colegio. Y él mismo reconoce que los piratas lo venden hasta por un quinto del precio del mercado. La oferta es tentadora.
En lo que respecta a las películas, las copias son cada vez mejores y más baratas. Al principio, lo habitual eran las grabaciones caseras de tipos que ingresaban al estreno con cámaras digitales. No era raro ver en medio de la pantalla la cabeza del que se sentaba delante o escuchar las toses del público. Ahora no. Los vendedores de DVD en la calle facilitan el número de su celular, "por si no queda satisfecho con la copia". Pero si de todas maneras desconfía de la oferta callejera, lo mejor es tener un proveedor en el lugar de trabajo. Como esa secretaria del Ministerio Público que enviaba por mail a sus compañeros la lista de novedades. La descubrieron esta semana. Y hoy hay pánico en cualquier oficina oficial. Al menos por unos días, este comercio estará paralizado. Pero será por poco tiempo, porque existe la demanda y la necesidad por parte del oferente. Porque esto de vender matute, mermeladas caseras, empanadas o bisutería fina es parte de nuestra tradición "oficinil" de completar el escaso sueldo con estas "yapitas" que tanto ayudan a los asalariados y otros esforzados C y D aspiracionales.
La noticia de este comercio ilegal en el corazón del Ministerio Público coincide con una reunión esta semana en Santiago de expertos de 13 países que intentan analizar el fenómeno de la piratería, que insisten en llamar delito, ante la indiferencia evidente de los vendedores y compradores de copias. El seminario lo inauguró el fiscal nacional, Guillermo Piedrabuena, junto al embajador de EEUU, Craig Kelly. Y de EEUU eran la mayoría de los expertos invitados, desde el FBI hasta el Departamento de Justicia, pasando por capos en propiedad intelectual. No es de extrañar, ya que EEUU es imperio también en la industria cultural. Y sus funcionarios se encargan de proteger los intereses de los suyos.
¿Cómo explicarles a ellos que es raro encontrar alguien de un país subdesarrollado que tenga problemas morales con lesionar un poquito los intereses de la Universal, Paramount o Sony? Que hasta los ciudadanos decentes piensan que ellos ya tienen suficiente dinero, cuando no consideran escandalosas sus ganancias. Que nadie se siente ladrón por no contribuir a la fabulosa fortuna de Tom Cruise, que no se sienten obligados a financiarle otra mansión a Spielberg, ni siquiera colaborar con las buenas acciones del hombre más rico del mundo, Bill Gates. Y que por mucho que nos guste Madonna, no se sienten culpables por no colaborar a sufragar su nueva piscina. "Que se ganen los millones sudando en un escenario", que la carne y los gorgoritos del directo siguen siendo imposibles de piratear, como afirma un vendedor de discos piratas del persa Biobío que destila ese profundo y oculto resentimiento hacia los ricos y que libera de la culpa al comprador. LND