
Miércoles 13 de septiembre de 2006
Hugo Mery
Hubo una vez en la política chilena tres adversarios entre sí que se juntaron para favorecer al Partido Comunista y sacarlo de la ilegalidad. Fueron los partidos que apoyaban, en 1958, las candidaturas presidenciales de Allende, Frei y Luis Bossay. El comentarista Luis Hernández Parker los llamó el bloque ABF, por los apellidos de los abanderados socialista, decé y radical. Los únicos que se excluyeron de esa operación para derogar la ley de defensa de la democracia fueron los conservadores y liberales, que estaban con Jorge Alessandri.
El jueves, en la sede del partido que sucedió históricamente a esas dos últimas colectividades, tuvo lugar una reunión para intentar un salvataje del PC no de la ilegalidad, pero sí de la exclusión parlamentaria. RN se allanó a conversar con la Concertación y con el partido que encabeza la tercera fuerza electoral y que el sistema binominal deja fuera. Esta vez la que no acudió a la cita fue la nueva derecha, la generación que, capitaneada por Jaime Guzmán, ideó este y otros enclaves autoritarios instalados por el régimen pinochetista.
La derecha tradicional, presidida por el empresario conservador Carlos Larraín, pero liderada por el hombre de negocios liberal que es Sebastián Piñera, fue la inverosímil convocante de este proceso a tres bandas, que por la dualidad interna de esa derecha podría contener en sí mismo el germen de su inviabilidad. Es lo que pudo constatar la Concertación en el curso de la larga reunión de más de cuatro horas. La directiva de Larraín se reveló dispuesta a ofrecer menos que Piñera y eso por una razón de realismo; no vaya a ser que, a la hora de la verdad en el Congreso, la bancada de RN se "chingue", tal como ocurrió en los '90, cuando Piñera -y Allamand- negociaron más reformas constitucionales de las que sus senadores estaban dispuestos a aceptar. Es para prevenir un cuadro similar que la actual directiva insistió en que las conversaciones se lleven en el Congreso y no en una comisión ad hoc, como querían comunistas y oficialistas, causando la decepción de algunos de éstos. Quedó claro que para que nazca una criatura, el parto deberá hacerse con una cirugía muy precisa y acotada. Y el nombre ya está puesto en la carta de intención: "perfeccionamiento del sistema vigente", es decir, el binominal,
"Perfeccionamiento" fue la palabra que acordaron usar los congregados, no cambio ni menos reemplazo, y ello está indicando el mínimo común que se alcanzó. Pero hubo otra palabra que inundó las conversaciones y esa fue "inclusión". Inclusión en el Legislativo, según su votación, de "fuerzas significativas"que no integran ninguna de las dos grandes coaliciones. Inclusión de las autoridades regionales en la generación democrática del poder político, con un aumento de sus facultades. Inclusión de "los mejores dirigentes locales en la gestión comunal", mediante la corrección del "sistema electoral vigente para establecer un mayor equilibrio entre las facultades del alcalde y de los concejos municipales". Inclusión, en fin, del mayor número de personas en los procesos electorales, lo que debiera significar inscripción automática y voto voluntario de los mayores de 18 años y participación de los chilenos residentes en el extranjero.
Estas dos últimas aspiraciones teóricas ponen de cabeza a los actuales parlamentarios a calcular si el voto joven y el de la llamada décimo cuarta región convienen o no a sus aspiraciones de reelección. Lo mismo sucede con la propuesta de redistribuir las actuales divisiones electorales, partiendo distritos de diputados y agrupando circunscripciones senatoriales. Lo que está claro, de antemano, es que los comunistas no aceptarán un par de escaños de consuelo, que los deje en la subrepresentación; que dirigentes socialistas y pepedés no transarán en terminar con la exclusión, y que RN en pleno condicionará todo a que se legisle al mismo tiempo para erigir cortapisas a la intervención electoral.
¿Significa esto que la reunión fue un acto de ingenuidad, como señaló la UDI? Si la directiva del otro Larraín fue la única que se autoexcluyó -con la disidencia de Lavín, Salaberry, De la Maza y Hasbún-, podría argüirse, contrario sensu, que pecó de irrealismo en su cínico diagnóstico, ya que si todos los demás conversan, podría quedar aislada en esta nueva escena de la transición, en la que -otra vez- no se trata de un cambio dramático, sino de la mantención del binominal, a cambio de que recoja al principal de los excluidos.
También en 1958 pudo parecer ingenuo que los partidarios de Frei y Bossay se allanaran a legalizar a un partido que apoyaría al otro contendor, Allende, pero eso fue exactamente lo que hizo el bloque de saneamiento democrático. Un nombre para un objetivo entonces tan válido como ahora.