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Miércoles 27 de septiembre de 2006
Esteban Garay

Para erradicar la explotación sexual infantil y adolescente hay que hacer entender a la ciudadanía que aquí no hay un opción, sino una extrema vulneración de derechos.

Daño y secuelas sicológicas en menores explotados sexualmente
Sexo con niños compro

El comercio sexual con menores de 18 años es un crimen. Todos los saben. Y lo dicen en público. Pero internamente muchos culpan a los niños. “Nadie los obliga” es una frase que casi se ha convertido en lema nacional. Una campaña –que lanza hoy la ONG Raíces y la OIT- pretende revertir esa errada mirada. Se llama ¡No hay excusas! Porque claramente no las hay.



La Nación

Leyla Ramírez / Alejandra Carmona

“Me daba mucho asco. Ellos me compraban ropa y cosas así. Pero me siento mal por haber hecho eso. No debí subirme a los autos”. Para Jeannette (13), resumir en cuatro frases, años de violencia y explotación sexual no fue fácil. Literalmente un vómito. Y un parto.

Antes de eso, había aprendido a disociar su realidad para soportar ceder su frágil cuerpo a los requerimientos de cualquiera. Hombres que bien podrían ser su padre. Hombres que tenían hijas como ella. Pero las sombras no tienen padres, ni cariño, ni memoria. Por eso no hablan del tema. Porque no es tema. Y cuando lo hacen, lo cuentan con una frialdad sobrecogedora: “Sí, iba con el viejo y se lo chupaba por cinco lucas”. Ni un gesto en el rostro. Ni lágrimas ni vergüenza ni culpa.

De allí a entender que fueron abusados por adultos, que son víctimas y no culpables, pueden pasar meses. O años. Cuando ese milagro ocurre, la sensación es muy similar en todos: una pesada amalgama de asco y dolor. Sólo entonces, se permiten llorar. “Es un vómito del alma y del cuerpo, porque es común que terminen en el baño vomitando”, dice Denisse Araya, directora de ONG Raíces.

También es un parto. Porque sólo después de ese episodio comienza el proceso más concreto de reparación. Debe nacer un nuevo niño. Un niño que pueda mirarse al espejo sin bajar los ojos. Que aprenda a confiar, quererse y querer a otros.

La violencia como lo cotidiano

La tarea es titánica. Se trata de menores que han vivido en una situación de desamor y violencia permanente.

Ostentan verdaderos récord en experiencias traumáticas. “Todos los menores que han pasado por nuestros centros de acogida han sufrido abuso sexual a los 6 o 8 años. Y un 80% ha declarado que fue un cercano a la familia o un pariente”. Los testimonios que entregan a sus tutores lo confirman: “Yo tenía mucha confianza en mi tío y un día me invitó donde un amigo de él. Yo no sabía a lo que iba. Ese hombre me violó y me golpeó y mi tío recibió 5 lucas por mí” (Cristóbal, 15 años).

Si bien la pobreza es un factor, no es el único. A la falta de dinero y comida se unen, siempre, familias negligentes. Y mucho, mucho maltrato. “Son padres que no se hacen cargo, madres que cambian de pareja constantemente, familias de delincuentes. Sin contar que en un 60% de los casos hay serios problemas de drogadicción y alcoholismo. Para muchos, podría haber sido, incluso mejor, no tener familia alguna”, dice Araya.

De hecho, la mayoría de sus parientes saben que los niños son explotados sexualmente. “Los chicos les llevan plata y no preguntan el origen. Se hacen los locos. Otros ni se enteran, por que sus hijos viven en la calle. Casi no los ven”.

De la confianza a la autoestima

Invisibles y despreciados, aprenden a temprana edad a desarrollar una serie de patrones conductuales que atentan contra sí mismos y que permiten el abuso, maltrato y manipulación de parte de los adultos. Los adultos son los enemigos. Y nunca dan algo sin pedir algo a cambio. Romper esa visión de las relaciones humanas durante la etapa de reparación es lo más complejo.

De allí que crear vínculos con el niño es lo central, lo básico. La incondicionalidad de los afectos también. Especialmente cuando entienden que no son culpables de lo que han vivido. Pues, entonces, viene el autoboicot. Se van del centro. Desaparecen. “Te abandonan antes de que tú los abandones. Es algo tan bueno lo que les pasa que no lo creen. Ahí, la incondicionalidad tiene que ser a concho. Eso significa ir a buscarlos donde sea cuando no van y darles a entender que de verdad nos importan”, dice Denisse.

Explicar qué sucede en la mente y corazón de esos niños es complejo. Por ejemplo, cómo la falta de afectos y de una imagen protectora incide en el abuso. “Igual ellos eran buenos (clientes), me dejaban dormir en una caseta, también me compraban comida, eran buena onda, me cuidaban…” (Cristina, 15 años). “El no era malo (proxeneta), siempre nos decía que estuviéramos un tiempo no más en ‘eso’, que juntáramos plata para estudiar y salirnos” (Sofía, 16 años).

Lo cierto es que no hay reparación total sino está en la conciencia ciudadana la certeza de que esto es un crimen. No hay medias tintas. Raíces y la Organización Internacional del Trabajo lo saben. Por eso hoy lanzan, una campaña nacional se sensibilización, a las 20 horas, en el Museo de Bellas Artes, con la presencia de autoridades de Gobierno y personalidades del mundo artístico. La idea es erradicar la imagen de que los niños llegaron a eso “porque siguieron el camino fácil”. Porque, ciertamente, no lo es.













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