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Miércoles 27 de septiembre de 2006

Edgardo Toro, trabajador social y director del centro Antú.
Los chicos del puerto




La Nación

Leyla Ramírez / Alejandra Carmona

Valparaíso se ve indefenso de día. Tanto, que nadie pensaría que de noche los niños se convierten en presa. Que su desnudez deja de inspirar ternura. Hay adultos que pervierten la infancia por unos pocos pesos. Y niños que comienzan un camino de corrupción y culpa.

Sucede sin distinción en las diversas ciudades de Chile, sin embargo, desde el año 2003 el centro Antú, de la Corporación Paicabí, trabaja en la Quinta Región para reparar el daño inmenso que provoca en niños y adolescentes este abuso de poder.

“Es una realidad invisible que recién se está asomando”, dice Edgardo Toro, trabajador social y director del centro Antú, quien además cuenta que a fines de este año se podría conocer la realidad de la explotación sexual infantil de la ciudad en cifras gracias a un trabajo que elabora Paicabí y la Universidad Católica.

Antú es un centro de intervención especializada en explotación sexual comercial infantil y adolescente de la comuna de Valparaíso. Este proyecto está dirigido a niños, niñas y adolescentes entre 6 y 17 años 11 meses, que se encuentren en situaciones de explotación sexual comercial infantil. Sin embargo, la realidad promedia los 14 años. “En estos momentos incluso estamos trabajando con una niña de 5 años”, cuenta Toro.

 

Los videojuegos y el puerto

Trabajadores sociales, un sicólogo, un artista plástico y un educador, pretenden revertir el daño de los 46 niños que se atienden en forma ambulatoria y que con sus testimonios también ayudan a construir el mapa de la explotación sexual infantil en la Quinta Región.

“No podemos decir que existen lugares habituales para la explotación. Hay periodos en que muchos niños nos cuentan que conocieron a tipos en la Avenida Pedro Montt y luego de un tiempo esto se pasa. Sí puedo insistir en que la mayoría de estas situaciones se producen en

Las plazas, los videojuegos y en el sector puerto”.

Sin embargo, la Corporación Paicabí no sólo ha detectado esta forma de abuso en circuitos que se generan con la circulación de menores, sino que también una realidad aún más aberrante y que da cuenta de villas, sectores, poblaciones, donde los niños están expuestos a recibir soborno económico por parte de un adulto a vista y paciencia de los vecinos. Incluso con su conocimiento. “Hemos tenido casos de personajes que le entregan dinero a los niños, que los invitan a sus casas, y todos saben que esto es así, que es habitual, pero nadie denuncia”.

Es ese tipo de situaciones son las que –según la Corporación Paicabí- están comenzando a hacerse cada vez más visibles. Lo mismo que el daño profundo que ellos intentan reparar.

“Podemos decir que son igual a cualquier adolescente en cuanto a métodos de prevención. Nosotros tenemos niñas embarazadas, adolescentes con enfermedades de transmisión sexual -dice Toro-. Nunca se cuidaron y en eso también nos enfocamos cuando ingresan a la fundación”.

 

¿Sexo a cambio de qué?

Los niños explotados sexualmente no reciben una remuneración por el abuso. A veces están en la calle y se asoma la oportunidad de llenar el bolsillo. No hay tarifa fija, puede que tampoco sea dinero a cambio. Sólo un incentivo como comida o ropa.

“Tiene que quedar muy claro que la explotación es un abuso, una apropiación del menor, los niños son una víctima de un adulto que busca satisfacción sexual”, asegura Edgardo Toro, para que no se confunda con prostitución y se entienda claro que en este caso es un adulto quien ejerce la cohersión.

Generalmente, los niños que han sido evaluados en el centro pueden ser catalogados como “escapistas”, niños que también buscan la calle como un medio de sobrevivir a una situación de marginalidad, abandono y también en algunos casos violencia al interior de la familia. Es por esto que no sólo basta con sacarlos de al experiencia de explotación sexual, sino que también se realiza un trabajo de comunicación e integración con las familias para evitar que el niño sigan rematando su infancia.













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