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Princesa mapuche

Viernes 6 de octubre de 2006

Eli Neira

Buscando un buen cóctel que saciara mi sed de día lunes, alguna instancia digamos cultural, una ocasión al caer la tarde, para encontrarse con viejos amigos y hablar de proyectos con un tapadito de pollo en una mano y una copa de vino incierto en la otra, fue que caí en el Centro Cultural de España para la presentación de la antología de poetas mapuches "Hilando la Memoria" (Editorial Cuarto Propio).

Llegué atrasada, como debe ser, no vayan a pensar que una es una muerta de hambre, encima ansiosa, que no tiene nada mejor que hacer. ¡Que lindo es esto de la globalización!, pensé al ver a una dama más bien vikinga presentando en los jardines de la corona española, la poesía de mis peñis, vestidas algunas con sus cintas y platería sagrada, sentadas en primera fila con sus kultrunes.

Comienza la lectura. Lo hacen por orden alfabético Maribel Mora, Graciela Huinao, María Isabel Lara, Faumelisa Manquepillán, María Teresa Panchillo, Adriana Paredes, Roxana Miranda y la atmósfera comienza a experimentar una creciente transformación.

Entre ancestros, espíritus de bosques que ya no existen y la persistencia de la palabra como un cantito, las chicas van realizando cara de raja su conjuro. Se me ocurre que mañana el centro Cultural de España va a amanecer convertido en una ruka con un fogón al medio. Que la foto de Tomatito que cuelga en el pasillo de la entrada amanecerá con una faja en el pelo.

La gente aplaude como loca, algunos silban como lo hacen en el juego y en la guerra, y hacen sonar sus instrumentos y ya estamos en un Guillatún o en un Wetripantu. Alguien agita en el aire un ramo con hojas de canelo y a mí me dan ganas de bailar. Me siento una princesa mapuche. Si bien no podría decir con certeza que tengo sangre indígena en mis venas, tampoco que no. Cuando no se tiene propiedades ni bienes importantes, los orígenes se desdibujan. También cuando hay algo que ocultar. Tal vez lo que lo que mi familia quiere ocultar sea el dolor de un mestizaje gestado a fuerza de violaciones que se fueron multiplicando a lo largo del árbol genealógico de los Neira Calderón. Tal vez heredamos esos apellidos de patrones y dueños de fundos. Eso tampoco lo puedo demostrar. Entonces me doy permiso para sentirme la princesa que soy y me voy por Providencia medio copeteada igual que Kelufrayen, más hermosa que el copihue, que se fue una primavera por los cerros dejando un tendedero de enamorados a la orilla del camino.

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