Texto y fotos: Roberto Farías
Cuando en 1970 el campesino Juan Barría, de Salto Chico, más aficionado a la chicha que a la arqueología, reparaba un sendero de bueyes junto al estero Chinchihuadpi, su pala topó repentinamente con algo sólido, y como contaría infinitas veces, dijo: “Pensando que era una bolón de piedra, le mando ese palazo con todas mis fuerzas y... ¡sale un tremendo hueso!”
Un hueso sobrenatural. Una mandíbula de casi un metro de largo. Lo tuvo por seis años adornando su living sin saber lo que era. Hasta que en 1976 un joven estudiante de Maullín, Luis Verner, haciendo un trabajo de antropología social, conoció al viejo y su hueso y le ofreció llevarlo a la Universidad de Temuco y traerle una respuesta.
Fue rápido. Profesores y paleontólogos lo vieron y sentenciaron de inmediato que era un hueso de mastodonte. Nada del otro mundo. Parte de ese elefante peludo y colmilludo del Neolítico que, junto a los tigres dientes de sable, los osos milodones y el camello andino, correteaba por las praderas deshabitadas de la tierra todavía caliente.
Sin embargo, semanas después lo examinó un antropólogo norteamericano que hacía en Temuco una investigación para la Universidad Austral, Tom Dillehay. Dijo lo mismo, pero notó unas rayitas en el hueso que no le parecieron parecieron normales. Como marcas de hacha.
En el verano de 1977 fue al lugar donde Barría encontró el hueso y, con un poco de trabajo y cuatro alumnos voluntarios, dio con más de una docena de piezas al parecer de distintos animales del Pleistoceno.
Gracias a que fueron cubiertas repentinamente por una materia esponjosa llamada turbera, estaban excelentemente bien conservadas. ¿Pero qué hacían en el mismo lugar huesos incompletos de animales grandes y pequeños, de varias especies incluso? ¿Quién se comió a quién? ¿Y todos con extrañas marcas?
Y tal como a Newton le cayó la manzana vio todo claro en un segundo: era un basurero donde los primeros habitantes de Sudamérica carneaban y botaban los huesos. A pocos metros, en la misma profundidad y cubiertos por la misma milagrosa turbera, encontró los restos del campamento. Un fogón de barro. Herramientas de piedra, puntas de flechas y lanzas hechas en piedra, estacas de una carpa. Trozos de animales carneados. Yerbas medicinales y ¡alucinógenas! Nudos de junco. Utensilios varios y en el lodo: la huella de un niño de unos nueve años.
El hallazgo mejor conservado del mundo entero de un hábitat humano antes de 10 mil años: Monteverde 12500 a.C.
Se suponía que a este lado del mundo aún no llegaba el hombre tirando pata por el estrecho de Bering, según el paradigma Clovis (por el sitio Clovis en EEUU donde fueron halladas puntas de flecha de hace 11.500 años y del cual, se decía, descendían todas las culturas americanas, pues puntas similares han sido rastreadas desde Alaska hasta Perú). Pero el recontratatarabuelo de Juan Barría ya vi vía en Monteverde. Y quizás en cuántos lugares más. Incluso Dillehay encontró ahí mismo rastros que hacen suponer presencia humana hace 33 mil años, lo que echa por tierra todas las teorías del poblamiento americano.
Barría, cuya curiosidad salvaje habría celebrado todo esto, no pudo brindar por ello, porque para cuando la ciencia lo confirmó, en 1997, ya había muerto.
¡MONTEVERD ES MÍO!
Según los estudios del antropólogo Dillahey, “hace 12.500 años vivía en las proximidades de Puerto Montt un grupo de hombres con un profundo conocimiento de su medio ambiente”. 12.500 años después, en cambio, vive un tropel con una profunda ignorancia. Pero no es su culpa. En la letra M de la enseñanza chilena solo aparece: Maipú, batalla. Para llegar actualmente a Monteverde no hay que preguntar en Puerto Montt. La mayoría cree que es un geriátrico de nombre parecido, y el resto, un nuevo mall. En los mapas no aparece. Ni siquiera hay un cartel que diga Monteverde a 28 kilómetros, que es la distancia a que se encuentra.
Los monteverdinos actuales, salvo la familia Hernández, dueña del predio adjunto, creen que ahí sacaron oro los españoles. Saben que es algo importante porque el senador RN Carlos Kuschel se compró el terreno donde “estuvieron escarbando los gringos hipientos esos”, recuerdan.
Kuschel es un “aficionado a las piedras”. Tiene una colección nada despreciable de rocas mapuches y de otras culturas. Apenas terminada la investigación de la Universidad Austral, se compró el sitio del hallazgo de Monteverde y construyó una cabaña para hacer un
museo que quedó a medias.
Pero inscribió la propiedad del nombre Monteverde y ahora no deja que lo usen sin su permiso. Públicamente dice: les cedo todo mi apoyo. Pero en concreto ni siquiera quiere ceder en comodato el terreno y menos venderlo a la universidad.
También hay una Fundación Monteverde, dirigida por un personaje de novela. La pequeña oficina sólo se identifica con un cartel de cartón clavado con un chinche. Es un despelote de aquellos. Eduardo Alvar, el secretario ejecutivo y único funcionario, empieza a buscar un material que asegura muy interesante. ¡Crucial para entender Monteverde! Sin él, sólo niebla.
“¿Dónde era que lo tenía...?”. Revuelve paleles, busca en el disco duro. Afuera llueve. Calma, vuelve a llover y vuelve a salir el Sol. “Estoy seguro que por aquí tenía esa lesera [por el interesante material]. ¡Pucha, no tenemos plata ni pa’ una secretaria!”. Al final sólo encuentra ¡un tríptico! y deja hojear un libro con la maqueta de un Museo Monteverde, un proyecto Fondart que hizo un arquitecto amigo suyo.
El concejal de Puerto Montt Patricio Canto, cruzando sus dedos sobre su barítona ponchera, acusa a la fundación de Alvar de malgastar los casi 70 millones que ha dado el municipio y el Gobierno en los últimos cuatro años, sin tener todavía resultados. “Compraron un sitio al frente del de Kuschel, pero no lo han inscrito. La oficina, ¡bueh! Hasta figura un viaje a Miami promoviendo Monteverde, pero no tenemos ni un libro que mostrar. Y en el camino ni siquiera hay un cartel de palo”.
LOS PRIMEROS CHILENOS
La cabaña de Carlos Kuschel está deshabitada, pero al menos sirve de señal para indicar que ahí es.
Monteverde son unas suaves praderas de pasto raído por las ovejas divididas por el sinuoso estero Chinchihuadpi. Cada invierno el río cambia de curso y horada el suelo descubriendo distintas capas de suelo como un emparedado bajo el pasto. Tierra negruzca, clara, arena y a menos de un metro una capa notoriamente oscura. Según el libro de Dillehay, la capa de ceniza de hierro, probablemente del volcán Calbuco, que cubrió todo herméticamente sin dejar pasar a las capas inferiores agua ni oxígeno. Debajo de ella estaba la capa de turbera que cubrió el campamento por una crecida, seguramente originada por el mismo volcán.
Los monteverdinos alcanzaron a huir. Usaban el campamento cada tanto y se movían por el sendero que el río Maullín hacía hasta el mar.
El hielo de la última glaciación todavía no se retiraba del todo y cubría gran parte del valle central. Había constantes temblores, terremotos y grandes erupciones volcánicas, pues Monteverde demuestra que los súper abuelos de los chilenos presenciaron las últimas etapas de la aparición de la cordillera de los Andes.
Había grandes animales, la mayoría en proceso de extinción: mastodontes, osos milodones, caballos y camélidos andinos. Por culpa del hielo llegaban del centro del continente las primeras aves al territorio nacional, entre ellos los primeros cisnes de cuello negro a Valdivia. Y pequeños mamíferos que son parte de la fauna actual: guanacos, pudúes, zorros.
Junto al mar había grandes bosques. Los monteverdinos los conocían bien. Usaban, igual que sus descendientes actuales, cada madera según su dureza: luma, tepú, coigüe, para utensilios; radiatas y otros, como leña. Se movían desde Valdivia hasta Chiloé recolectando hierbas y frutos igual que hoy: murta, maqui, manzanilla, y hacían curiosas bolitas de hojas de boldo que se supone los monteverdinos consumían para relajarse con sus propiedades alucinógenas e inductoras de sueños alterados. No había chicha de manzana todavía. Periódicamente viajaban al mar y traían sal, algas y mariscos, igual que los actuales chilotes. Dejaron conchas y huesos en el mismo basurero.
Sabían hacer fuego, pero no conocían el metal. Así que todas sus herramientas las hacían de piedra de lajas del río. Con piedras más duras les daban formas a cabezas de hachas, largas puntas de lanzas y lo más importante: cabezas de flecha distintas a las halladas en Clovis.
La inundación no fue violenta porque no hay restos humanos, salvo una huella en un lodo arcilloso de un niño de unos nueve años. Probablemente, el dueño del juguete más antiguo del mundo: unas boleadoras de cinco centímetros. Hasta hace poco todavía los padres las hacían para sus hijos, el conocido tiqui-taca.
Cuando Dillehay y Mario Pino publicaron estas evidencias en 1986 en la Smithsonian Institution –“Monteverde un asentamiento del pleistoceno tardío”–, numerosos antropólogos pro Clovis las refutaron. Durante 10 años, “la policía Clovis”, como los apoda, acusaron a Dillehay de impostor. Hasta que en 1997 un millonario texano ofreció zanjar el asunto. En su avión privado trajo a diez de los más connotados antropólogos norteamericanos, junto a dos periodistas de National Geographic.
Reexaminaron las pruebas, toda una humillación para un científico. Algunos decían que un palo filudo y quemado, petrificado, no parecía una lanza.
“¿Y cuántas lanzas del Neolítico ha tenido en sus manos?”, le preguntó Dillehay. “Ninguna”.
El carbono 14 dio la respuesta final. El 12 de enero de 1997, los diez expertos se reunieron en el Restaurante Caleuche, de Pelluco, y votaron: Monteverde ganó 10 a 0. Tras un silencio, el director del Museo de Dallas, Alex Barker, férreo defensor de que todas las culturas americanas descendían de los Clovis de Norteamérica, tomó su copa e hizo un sincero brindis por Dillehay: dictó la muerte del paradigma Clovis.
No descendemos de los Clovis, ok. Suerte. Pero, entonces, ¿de dónde venimos? ¿Cómo llegamos?