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Actores secundarios

La impaciencia de sus dirigentes puede entenderse por la edad que tienen, pero ellos no pueden imponer al Gobierno ni al Congreso Nacional un rumbo sobre la educación.

Viernes 20 de octubre de 2006

Sergio Muñoz Riveros

Director editorial de Proyectamérica

Las tomas y desalojos de algunos liceos de la capital esta semana pusieron de manifiesto que los dirigentes estudiantiles han llegado a un punto en el que no saben bien cómo continuar el movimiento que iniciaron en mayo y que obligó al Ejecutivo a satisfacer no pocas de sus reivindicaciones (uso amplio del pase escolar, becas para rendir la PSU, integración de representantes estudiantiles en el Consejo Asesor Presidencial para la Calidad de la Educación). En ese período, todos los sectores, incluidas las autoridades, manifestaron comprensión y simpatía hacia el movimiento estudiantil, no obstante que sus dirigentes tuvieron dificultades para aplicar el freno a las movilizaciones.

El capítulo de octubre de las protestas, con un apoyo mucho menor entre los alumnos (en lo que ha influido el fin del año escolar y la cercanía de la rendición de la PSU), ha dejado la impresión de que los dirigentes estudiantiles desean seguir siendo protagonistas en una etapa en la que ya no pueden gravitar en la definición de rumbos, puesto que la definición de las propuestas del Consejo Asesor no dependen de que los estudiantes efectúen más o menos desfiles, ocupen más o menos establecimientos o se retiren o no del Consejo.

Su irrupción en mayo fue una poderosa llamada de atención a la sociedad respecto de lo urgente que era discutir a fondo el estado de situación de la educación municipal y particular subvencionada, que reciben financiamiento estatal, y articular un conjunto de propuestas de reformas que permitan mejorar la calidad de la enseñanza que allí se imparte.

Pero hoy las definiciones exigen la participación protagónica de los especialistas, o sea, de quienes poseen los conocimientos suficientes (entre ellos, los rectores universitarios que están en el Consejo) para proponer una línea de acción al Gobierno.

La etapa de la agitación ya pasó y lo que ahora se requiere es una estrategia para avanzar hacia el mejoramiento concreto de la educación financiada por el Estado, lo que supone propuestas legislativas, decisiones presupuestarias, etc. Es obvio que si los líderes secundarios creen que las reformas dependen de las formas de presión que ellos desplieguen quiere decir que perdieron el sentido de las proporciones.

Como consecuencia de la ocupación de algunos colegios de Providencia, el alcalde de esa comuna, Cristián Labbé, adoptó duras sanciones en contra de quienes encabezaron los actos de fuerza. Se trata de medidas que no favorecen la posibilidad de encontrar un camino de concordia con los estudiantes. Es justo que los alcaldes ejerzan su autoridad en los establecimientos que dependen de sus municipios, pero es indispensable que esa autoridad combine adecuadamente la energía y el diálogo. Las expulsiones no son una vía racional.

Frente a los jóvenes líderes secundarios ha habido cierta inhibición de parte de los dirigentes políticos y gremiales, e incluso de algunas autoridades de Gobierno. Temerosos quizás de aparecer como "conservadores" frente a los estudiantes, preocupados de no ganarse su enemistad, no pocos líderes nacionales adoptan una posición indulgente hacia sus acciones de fuerza. El propio presidente del Colegio de Profesores, Jorge Pavez, que fue abucheado y hasta tratado de traidor por firmar un acuerdo salarial con el Gobierno cuando acudió a mediar al Liceo de Aplicación el día del desalojo, se preocupó de decir más tarde que su gremio apoyaba "en la forma y en el fondo" las acciones estudiantiles. Suena muy "política" una expresión como esa.

Nadie se quiere ganar problemas con los estudiantes, nadie quiere decirles aquellas cosas que ellos necesitan escuchar. Por ejemplo, que vivir en democracia implica reclamar derechos, pero también cumplir deberes; que no da lo mismo la forma en que se protesta; que el rumbo de los cambios no lo definirán ellos (aunque existe el espacio para que opinen); que, en definitiva, necesitan entender que el movimiento estudiantil es sólo uno de los actores de este complejo proceso de mejorar el sistema educacional. La impaciencia de sus dirigentes puede entenderse por la edad que tienen, pero ellos no pueden imponer al Gobierno ni al Congreso Nacional un rumbo sobre la educación.

Es indispensable que los estudiantes secundarios se conviertan en ciudadanos responsables. Para sus líderes, pasará el minuto de fama que los ha llevado a convertirse en figuras conocidas, que aparecen en los diarios y en la TV, y deberán asumir las responsabilidades de cualquier joven de su edad para convertirse en profesionales y formar más tarde una familia. Está muy bien que hayan aprendido a sacar la voz y a preocuparse por la calidad del sistema educacional, pero también deben aprender a escuchar.

La rebeldía es un rasgo definitorio de los jóvenes de todas las épocas, pero la rebeldía no basta para construir obras sólidas. Necesitan abrir los ojos a la experiencia integral de Chile, entender que este país es el resultado de los aportes de muchas generaciones, que ellos pueden jugar un papel constructivo, a condición de que no se crean llamados a inventar la pólvora, inventada ya hace mucho tiempo.

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