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Nunca más Pinochet

Ni siquiera fue un buen soldado. No sólo traicionó al Presidente de la República. También a sus propios camaradas de armas que confiaron en él, en horas difíciles para la patria. Sabemos cómo retribuyó al general Prats su delicadeza. Tomará su tiempo asimilar el enorme daño que dejó su entronización en la jefatura del Ejército y del Estado.

Martes 12 de diciembre de 2006

Ni después de muertos se puede matizar con los dictadores. Pinochet fue uno más de ellos. Pero el más oprobioso de nuestra historia. De cara al pasado -pero sobre todo ante la inmensidad del futuro- no hay cupo para el recurso bizantino, que no es más que un subterfugio para calmar ciertas conciencias. Todas las chilenas y chilenos sabemos cuáles.

¿Qué "obra" suya puede compararse con los miles de asesinados, detenidos desaparecidos, torturados, exiliados, relegados, vejados en su dignidad, humillados, desplazados, puestos bajo "sospecha"?

Ninguna. Ni el "modelo", que sus lugartenientes civiles buscan poner a resguardo, resiste la mirada de la decencia…

Por primera vez desde ese opaco martes 11 de septiembre de 1973, anoche, en miles de hogares fueron muchos los que durmieron en paz. Especialmente en las casas de los más humildes, las de la gente sencilla, esos que vieron en el Gobierno del Presidente Salvador Allende la posibilidad de un mundo mejor. ¡Al fin se abren las anchas alamedas!

Nos ha tomado un largo tiempo ir recuperándonos del campo arrasado por Pinochet. La niebla recién comienza a dejar ver el campamento.

Su voluntad de cremación es una enorme metáfora. En la pira griega lo bueno y lo malo tomaba su camino etéreo. Pinochet tomará mañana el suyo.

Habrá quienes busquen reivindicar un cierto legado del dictador. No lo hay. Ya vimos. Ante Pinochet sólo cabe el balance ético. Como de cara a cualquier dictador, rojo o negro. La gran lección del siglo XX que las mujeres y hombre libres hemos aprendido, es que la dignidad humana no admite atajos ni explicaciones para los regímenes de fuerza.

Por un tiempo habrá quienes buscarán resaltar alguna de sus minucias. Los luperos tendrán sus quince minutos. Los civiles que lo sostuvieron en los años de gloria, ya sabemos -los propios vástagos del dictador lo han dicho-, están mirando para otro lado. Su séquito quedará reducido a personajillos y a sus ayudantes de cámara.

La puesta en escena, al fin, está terminada. Los chilenos sabemos muy bien quién fue el dictador. Es dable dejar constancia para que nunca más -incluso los que todavía argumentan no haber sabido, ni visto ni menos oído- tropecemos con otro como él.

Pinochet no tuvo principios. Fue siempre un tipo al aguaite -a la expectativa-, viendo para dónde soplaban los vientos. Hay quienes tienen esto por mérito. Incluso entre sus detractores. Se le asimila a una caracterización de nuestro hombre de campo, ladino y cazurro. El tipo nonagenario muerto ayer no es de una estirpe digna de ensalce. No es atinente la comparación.

Ni siquiera fue un buen soldado. No sólo traicionó al Presidente de la República. También a sus propios camaradas de armas que confiaron en él, en horas difíciles para la patria. Sabemos cómo retribuyó al general Prats su delicadeza. Tomará su tiempo asimilar el enorme daño que dejó su entronización en la jefatura del Ejército y del Estado.

Recién comienza a ordenarse el campamento. Y como institución permanente llegará la hora de que ya no se le iguale con fórceps con los otros mandos dignos, republicanos y democráticos.

"Nunca más", ya se ha dicho. Pinochet no tendrá jamás un monumento tan digno como el que el propio Ejército erigió a la memoria del general René Schneider, muerto precisamente por los que apoyaron durante 17 años la dictadura.

Los civiles de derecha tienen también que poner su accionar en la balanza. El ropaje ideológico que dieron a Pinochet es descorazonador y está a fuego en las páginas más oscuras de nuestro pasado común. No les es posible quedarse con "lo bueno" y hacer que el muerto se quede con "lo malo". Tampoco es admisible el ejercicio de poner muertos arriba de la mesa. Ni menos recurrir al ejercicio inútil de comparar dictaduras. Los chilenos tenemos que responder por la que soportamos: la de Pinochet. Y sabemos quiénes estuvieron a un lado y otro, según los bandos en que nos encasilló el autócrata.

Augusto Pinochet Ugarte hizo y deshizo en Chile porque hubo civiles que de buena gana se sumaron a dar sustento jurídico, apoyo económico y amparo propagandístico para dejar hacer sus tropelías. Lo dijimos, en las dictaduras pocos pueden argüir inocencia en su participación en puestos de relevancia en el engranaje del sistema. Incluso, el Informe Rettig constató que tampoco el Poder Judicial estuvo ajeno a este coro.

El chileno que mayor poder -para mal- ha concentrado en nuestra historia ya no está más con nosotros. Su familia tiene justo derecho al duelo. Por amor a la patria común, no se pida más.

Los hijos suelen llevar luto por su padre. Pero las naciones honran a sus justas y justos y lloran a sus notables. Para el dictador no hay cupo.

Ese ambiente de alivio que recorrió nuestra tierra en la tarde -primaveral y calurosa- del domingo 10 de diciembre de 2006, es esperanzador.

La vida ha vencido a los cultores del odio. Los sobrevivientes han triunfado.Nunca más Pinochet.

Nunca más…

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