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2006: el ocaso de los "cóndores mayores"

2006: el ocaso de los "cóndores mayores"

Con sus fallecimientos, tanto el dictador chileno como el paraguayo dejan una cruel herencia de violaciones de los DDHH, enmarcadas en una pérfida maquinaria opresiva que, entre los años 70 y 80, sembró el terror en Sudamérica. Paralelamente, otros actores de esta tragedia están actualmente purgando sus delitos.

Miércoles 13 de diciembre de 2006

Escribieron buena parte de la historia sudamericana con sangre y puño de hierro, dolor y muerte. Embriagados por un mesianismo nacionalista y un encolerizado anticomunismo, las batallas que ganaron fueron masacres unilaterales contra un "enemigo" desarmado. Y los países a los cuales les hicieron la guerra fueron los suyos propios. Pero como no hay mal que dure cien años, la ley natural -o la gracia divina- los ha convertido hoy en una especie en vías de extinción.

Y es que el deceso el domingo del general chileno Augusto Pinochet Ugarte, precedida por la del paraguayo Alfredo Stroessner en agosto, no sólo marca el comienzo de la vuelta de página de una negra era de regímenes militares y de terrorismo estatal en el subcontinente, sino que también el ocaso de una estirpe de dictadores que pisotearon los derechos humanos entre los '70 y '80.

La contemporaneidad y una matriz ideológica antiizquierdista no fueron lo único que compartieron estos autócratas con ropaje castrense que llegaron a fungir como "neodéspotas absolutos": rostros rígidos y hieráticos, un inconmensurable apego al poder, un insolente desprecio por la ley y una implacable conducta opresora, fueron algunos de los rasgos patentados por esta marcial casta.

Además de contar con la "bendición" de Estados Unidos para extirpar el "cáncer marxista" de sus territorios, los dictadores sudamericanos, en general, se vieron extrañamente beneficiados con el don de la longevidad. Para muestra un botón: Pinochet y Stroessner sobrepasaron los 90 años de edad, mientras que el argentino Jorge Rafael Videla se empina por sobre los 80 años.

UNIÓN LETAL

Pero estos autócratas -o mejor dicho, "tirano-saurios"- también tuvieron un punto de conexión en una pérfida maquinaria de exterminio: el tristemente célebre Plan Cóndor, una coordinada operación clandestina articulada entre los servicios de inteligencia de las dictaduras derechistas del Cono Sur de América, que se puso en marcha en los años 70 y 80 para la eliminación de militantes izquierdistas y opositores fuera de las fronteras nacionales.

Según documentos desclasificados hallados en Paraguay, Estados Unidos y Argentina, Pinochet fue el "gestor ideológico" de este plan, en el que también participaron sus homólogos dictatoriales Jorge Rafael Videla -que lideró Argentina entre 1976 y 1981- y Alfredo Stroessner (que gobernó Paraguay desde 1954 a 1989).

A ellos se sumaron los uruguayos Juan María Bordaberry (1971-1976) y Aparicio Méndez (1976-1981); los bolivianos Hugo Banzer (1971-78) y Luis García Meza (1980-81); y los brasileños Ernesto Geisel (1974-1979) y João Batista Figueiredo (1979-1985).

Los mismos informes desclasificados señalan a Chile como la cuna de esta "multinacional militar del crimen", y especifican su marco y fecha: la Primera Reunión de Trabajo de Inteligencia Nacional, realizada en Santiago entre el 25 de noviembre y el 1 de diciembre de 1975, aun cuando ya se habían realizado algunas acciones conjuntas desde 1974.

En esta cita castrense no sólo se habrían sentado las bases operativas del Plan Cóndor, sino que además se habría designado a su "supervisor", función que, de acuerdo con los archivos desclasificados, desempeñó el entonces coronel chileno Manuel Contreras, fundador de la infame Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), la policía secreta de Pinochet, antecesora de la más infame Central Nacional de Informaciones (CNI).

Sin embargo, sólo después del 24 de marzo de 1976, tras el golpe militar en Argentina, esta maquinaria de aniquilación -que hoy sería algo así como un "Mercosur del terror"- comenzaría a nivel oficial como una operación ilegal del conjunto de las dictaduras. Dos años después, en 1978, Perú y Ecuador se unen a esta macabra iniciativa militar mancomunada.

En 1978 tuvo lugar en Asunción el Segundo Encuentro Bilateral de Inteligencia. En él se definió el funcionamiento del operativo, estableciéndose tres fases: intercambio de información sobre el "enemigo", investigación y vigilancia del objetivo y detención (secuestro), y traslado del objetivo a su lugar de origen. Todo esto sin contar su posterior "eliminación".

Organismos regionales defensores de los derechos humanos estiman que esta virtual "corporación sudamericana de la represión" dejó más de 50.000 mil muertos, 30.000 desaparecidos y 400.000 torturados. En la lista de personalidades "devoradas" por el Cóndor figuran el general Carlos Prats y el ex canciller Orlando Letelier, funcionarios del Gobierno socialista chileno de Salvador Allende (1970-73). Al primero lo mató una bomba en Buenos Aires en 1974; al segundo, otra en Washington, en 1976.

DESTINOS DISPARES

Dos décadas después de finalizada esta lóbrega era dictatorial, los gobiernos democráticos siguen lidiando con esta terrible herencia, cuyas secuelas persisten hasta hoy con juicios a los represores y, en algunos casos como el de Chile, con profundas divisiones políticas.

En lo que concierne a los dictadores que en la década de los 70 y 80 articularon la "multinacional militar del crimen", sus suertes han sido disímiles, aunque todos han padecido la condena moral de sus conciudadanos. En el caso de los brasileños Geisel y Figueiredo, éstos lograron eludir el brazo de la justicia gracias a una protectora legislación que ellos mismos se encargaron de poner en vigencia.

Derrocado por sus propios pares en 1989, el general Stroessner, el hombre que lideró la dictadura más larga de la región, se vio forzado a partir al exilio en Brasil. Pese a que no fue condenado por la justicia paraguaya por sus crímenes, el autócrata murió en agosto de este año en Brasilia en la más absoluta soledad y con el desdén de sus compatriotas.

La suerte de su colega Pinochet fue parecida. Si bien su paso al más allá le permitió zafarse de ser condenado así como el cierre de más de 300 querellas abiertas en su contra, en 1998 el dictador tuvo que soportar en Londres la "insolencia" de permanecer por largos 503 días bajo arresto domiciliario, a petición del juez español Baltasar Garzón, que ese mismo año lo había procesado por terrorismo, genocidio y torturas. Eso, sin contar el ignominioso descubrimiento de sus millonarias cuentas secretas en el extranjero.

Mientras, los autócratas militares bolivianos corrieron distinta suerte. Banzer eludió el juicio, pero no ocurrió lo mismo con García Meza, quien en 1993 fue sentenciado a 30 años de prisión. Desde 1994 se encuentra tras las rejas, aunque su salud se ha deteriorado últimamente a causa de una preembolia.

Otro que está actualmente pagando por sus fechorías es Videla, quien desde la década pasada se encuentra detenido en su domicilio por la sustracción ilegal de bebés de detenidos desaparecidos, al tiempo que es foco de decenas de causas judiciales por crímenes cometidos en su régimen.

En tanto, la suerte le ha dado definitivamente la espalda al ex dictador uruguayo Bordaberry: desde el 16 de noviembre cumple prisión preventiva, por su supuesta participación en los asesinatos de dos ex legisladores uruguayos y dos guerrilleros tupamaros. LN

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