
Domingo 17 de diciembre de 2006
El dictador vivió lo suficiente para ver cómo poco o nada de lo que durante 16 años y seis meses construyó le sobrevive. La demencia senil -la historia nos dirá quizá por qué razón de Estado- no fue suficiente para no impedirle ver cómo cada una de las partes de su tinglado se venía abajo.
Pero los sobrevivientes deberán resignarse a que sólo llegaron a tener la esperanza de ver reparado el daño. Su abogado alegará que la justicia no lo condenó. Comparte ese privilegio con Hitler y Stalin. Deberemos seguir acompañando el dolor de los millones de compatriotas.
Hay chilenas y chilenos, cientos de miles, que hace una semana revivieron la pesadilla de nuestros años más oscuros, de las noches heladas de plomo. Y, asimismo, los días oscuros por el miedo. Ellos también están de duelo.
Pero es preciso anotar -para que conste- que hasta en la hora final los Pinochet Hiriart actuaron con esa ramplonería tan propia de los vástagos de tiranos. El mundo fue testigo de sus pillerías: la mano negada a la ministra de Defensa, un trapo sobre el ataúd, la denostación de Augusto III No escatimaron para seguir actuando como si el Ejército y Chile fuesen todavía una de las tantas propiedades de papá. Pero ya no enlazan ni un ejercicio ni se mueve ni una boina.
Toparon con Izurieta, un soldado fiel con la tradición de varias generaciones de generales al servicio de la patria, con valores inequívocos sobre la democracia y el respeto al Ejército de todos los chilenos. ¡Que la vulgaridad de los nostálgicos en el Patio Alpatacal -vaya tributo a esos héroes de tiempos de paz- haya sido el último estertor del pinochetismo!
¿Deja alguna obra el dictador? Ninguna que siquiera pueda compararse con los asesinados, torturados, detenidos desaparecidos, exiliados, relegados, vejados en su dignidad, humillados, exonerados, puestos bajo sospecha, "por algo sería", como tanto escuchamos.
Los mitos de la "obra"
Ni el tan cacareado "modelo económico" resiste una prueba. Los indicadores de crecimiento, inflación, empleo, inversión y remuneraciones, entre muchos otros, muestran que bajo democracia el exitoso rendimiento de la economía chilena no resiste comparaciones con la debacle económica de la dictadura.
Jamás existió ese "modelo" de Pinochet y los Chicago Boys, ni tampoco la tan mentada "modernización económica". La evidencia es abrumadora. El gráfico que acompaña esta página da cuenta que sólo en 1987 la dictadura logró igualar el poder adquisitivo que los chilenos teníamos en 1973. No fueron los discípulos de Friedman, sino el Consenso de Washington -las políticas de la Casa Blanca, el FMI y el Banco Mundial-, el que permitió cierto respiro al esquema de Sergio de Castro y sus acólitos.
Esa es la verdad. El modelo del dictador se afinó en Cerro Castillo, en una curiosa alianza cívico-militar. De un lado, los economistas instruidos por Milton Friedman; del otro, el jefe de la DINA y sus esbirros menores. Cada uno se dedicó a cumplir con sus tareas. La mano de hierro, lo que ya sabemos y la otra -que hacía como que no sabía- cuadraba la planilla a fin de mes y en el arqueo anual. La mitológica "obra" se construyó sobre la sangre de miles de compatriotas asesinados, torturados, exiliados, expulsados de la administración pública (Büchi cesó a Tucapel Jiménez meses antes de su asesinato). Se construyó sobre los millones de mujeres y hombres esclavizados en el PEM y el POJH, un campo de concentración a la vista de todos. Pinochet nos legó un Chile donde los más ricos eran cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.
Cuando los demócratas asumieron el Gobierno en marzo de 1990, en Chile había 40% de pobres o simplemente indigentes. La infraestructura del país, sencillamente arrasada: hospitales, escuelas, vías férreas, carreteras Las propias dependencias del aparato público, pauperizadas. Con leyes humillantes para la dignidad de los trabajadores y un sistema de pensiones aberrante. AFP e isapres gestadas de espaldas a la soberanía popular, destinadas a perpetuar las desigualdades.
¡Ni liberales ni demócratas los economistas de Pinochet! Simplemente, neolibremercadistas de bolsillo
De los crímenes
Las cenizas están en su ánfora. La prensa pinochetista dice que está cerrada herméticamente, que es de bronce, y al parecer tiene las dimensiones de un lingote de oro Hay al menos tres mil chilenos y chilenas de los que no se sabe dónde están. Que no tienen un lugar donde dejar de tanto en vez una margarita, al menos.
La niebla recién comienza a dejar ver el campamento. Nos ha tomado un largo tiempo ir recuperándonos del campo arrasado por Pinochet. El prontuario es enciclopédico. Acá referimos los crímenes de lesa humanidad -que el viernes no más la Corte Suprema acaba de juzgar inanmistiables-, la Caravana de la Muerte, la Operación Cóndor, el tráfico de armas, el caso Berríos, el narcotráfico, las cuentas en Riggs
Ante Pinochet sólo cabe el balance ético, que cruza cada una de estas páginas. La gran lección del siglo XX -que las mujeres y hombre libres hemos aprendido- es que la dignidad humana no admite atajos ni explicaciones para los regímenes de fuerza. Pinochet fue un tipo siempre viendo para dónde soplaban los vientos, surfista de la intriga y la puñalada por la espalda. Incluso entre sus detractores hay quienes elogian esto. Ladino y cazurro, dicen. Para el nonagenario muerto no es atinente la comparación.
Repetimos nuestro juicio editorial del lunes 11: "Ni siquiera fue un buen soldado. Traicionó al Presidente de la República, que le confió la jefatura del Ejército. También a sus propios camaradas de armas, que creyeron en él en horas difíciles para la patria. Al general Prats y su señora sabemos cómo les retribuyó. Nos tomará mucho tiempo asimilar el enorme daño que dejó su entronización en la jefatura del Ejército y del Estado. En sus exequias el general Óscar Izurieta reiteró que el respeto de los derechos humanos forma parte de la nueva doctrina del Ejército".
Augusto Pinochet Ugarte no tendrá jamás un monumento como el que se erigió a la memoria del general René Schneider, muerto por los que apoyaron durante 17 años la dictadura, con el apoyo de la CIA.
No creemos, como hacen ahora algunos exégetas pinochetistas, que sea necesario dejar todo "al juicio de la historia". Eso es una cobardía intelectual y moral. Fuimos testigos de que hasta el nieto ahora ex capitán de Ejército del autócrata tiene su evaluación: "Derechamente por el medio armado" derrocó al Presidente Allende.
Los chilenos tenemos derecho a un juicio ético sobre nuestro pasado inmediato. Más aún quienes desde el mismo día del golpe no vacilaron. El ministro del Interior, Belisario Velasco, actúa ahora con el mismo coraje que en esas horas aciagas: de frente, sin atenuantes. Como cuando firmó junto con Bernardo Leighton el mismo 11 de septiembre el rechazo al golpe junto a otros trece democratacristianos. Eso es decencia, dignidad.
Uno de los diputados que en 1998 promovió la acusación constitucional en contra del dictador deja testimonio en estas páginas de las vacilaciones de algunos entonces altos ex personeros.
Recordamos aquí también la carta que el Presidente Frei Montalva y otros 228 chilenos y chilenas enviaron en 1976 al jefe de la Corte Suprema. "Vemos languidecer sus instituciones -universidades, colegios profesionales, sindicatos y gremios, la prensa, la cultura, la judicatura- bajo el peso de la sospecha y la vigilancia, cuando no de la represión física", escribieron a José María Eyzaguirre.
Y la nítida posición de la Conferencia Episcopal por la expulsión de Jaime Castillo Velasco y Eugenio Velasco ese mismo año. "La historia juzgará con severidad a la actual jerarquía católica de Chile si, en momentos que pudimos alzar nuestra voz, no lo hiciéramos con la serenidad que el Evangelio nos impone para el bien del país". ¡Qué contraste con esa voz compungida de hace seis días de uno de nuestros purpurados en la Escuela Militar!
Pinochet mandó en Chile bajo estados de excepción constitucional de manera casi permanente (salvo los últimos meses, cuando el cambio de régimen fue inevitable tras la derrota del plebiscito de 1988), con campos de concentración, con policías secretas, sin libertad de expresión (sólo los medios que toleraba el ánimo del dictador y su familia), con exilio, con relegados, con universidades tratadas como regimientos en las destinaciones de los generales y almirantes sin Congreso ni partidos políticos. En suma, una dictadura sin más; es decir, un país divido entre amigos -los menos- y enemigos -los más.
Pinochet hizo y deshizo en Chile porque también hubo civiles que de buena gana se sumaron a dar sustento jurídico, apoyo económico y amparo propagandístico para dejar hacer sus tropelías.
El Informe Rettig constató que tampoco el Poder Judicial estuvo ajeno a este coro.
Desde ese martes 11 de septiembre de 1973, que prolongó el invierno hasta marzo de 1990, recién ahora, especialmente en las casas de los más humildes, ya no hay miedo. ¡Al fin se abren las anchas alamedas! El Chile de Pinochet ya nunca más. LN