
Domingo 21 de enero de 2007
Por Juan Guillermo Tejeda
Un juez chileno es sancionado por tramitar en ocho días su propio divorcio. Su rostro culpable aparece en los principales medios de comunicación. Un trámite de divorcio como corresponde, o sea bien tramitado, con citaciones, comparecencias, procuradores, fojas, certificados, notarías y toda la pesca, ha sido calculado por nuestros legisladores para demorar entre uno y seis años. Sólo así se alimenta adecuadamente la grasa judicial y se extenúan las fuerzas de los litigantes. Los trámites rápidos como que pierden su sabor. Ocho días para un divorcio constituye una señal de eficacia gravemente amenazadora para nuestras costumbres atávicas.
La burocracia es un colchón relleno de mierda funcionarial, y estamos habituados a su tibieza, a su blandura maloliente. La lentitud de los trámites difumina los objetivos de la acción y logra desalentarnos respecto de cualquier objetivo razonable. Hay simples citaciones judiciales que pueden durar años, por ejemplo si la persona a la que se cita vive en otro país, y en esas tierras farragosas crecen diversas alimañas, seres vivos que se alimentan de la paralización del tiempo.
Kafka imaginó la burocracia (y a lo mejor la existencia humana) como un castillo al cual el agrimensor K se dirige interminablemente, sin lograr jamás alcanzar su objetivo. Una densa acumulación de procedimientos, de funcionarios, de antesalas, de certificados, hace imposible el avance. Los ambientes burocráticos suponen complicidades, códigos no escritos que el agrimensor K no domina. Con cierta lógica, Kafka no logró tampoco terminar la novela. Tengo una edición española creo que muy poco fiable de "El castillo", y de vez en cuando regreso a sus páginas malignas y a la vez cándidas: en Kafka habitan lo infantil y lo monstruoso a partes iguales. Leo un par de líneas o un par de párrafos, y en ese ambiente malsano reconozco lo mejor de nuestro sistema estatal, heredado a su vez del sistema estatal español, tradicionalmente muy farragoso y poblado de innumerables musgos humanos.
Los españoles han inventado unas oficinas muy ingeniosas, las gestorías, que se ocupan de tramitar cosas, de alimentar la máquina burocrática. José González García, catedrático español, tituló precisamente así un ensayo sobre el tema: "La máquina burocrática: afinidades electivas Weber-Kafka". En realidad es casi imposible hablar de burocracia sin incluir a Kafka. González se refiere también a la burocracia como sistema de procedimientos objetivos que, según Max Weber, evita la discrecionalidad arbitraria del príncipe, o sea del patrón. Pero la burocracia es a la vez sistematización y pesadilla, oficio de ratas y metáfora del tiempo perdido o del tiempo detenido. Nos falta en Chile algún ensayo sobre nuestra propia predisposición a todo lo que sea burocrático.
En sus altaneros tratos con el tiempo, Borges recala a veces en la inmovilidad burocrática. La Biblioteca de Babel tiene aspecto de oficina fiscal. En "Los dos reyes y los dos laberintos", el primer laberinto puede ser visto quizá como una ingeniosa construcción burocrática, en tanto que el segundo nos deja sin armas ante la desnuda fuerza del espacio. El espacio, como el tiempo, no conoce límites, y frente a esos misterios nuestra propia existencia parece una tontería.
Manuel Vicent dejó caer en "El País", hacia fines de 2006, un potente artículo sobre el paso del tiempo: a cierta edad -escribe Vicent- la vida se convierte en un tren bala por cuyas ventanillas, como los viejos postes del telégrafo, cruzan los años, los sucesos y la memoria con un movimiento uniformemente acelerado, y no hay dios que pueda detener a este convoy. Vicent, que como observa Rafael Otano Garde es un pagano puro, escribe la palabra dios con minúscula.
La vida es un tren bala, pero no para los burócratas, cuyo producto maravilloso es la detención del tiempo. En una biblioteca borgiana o en un archivo imaginado por Kafka no quedan bien las velocidades. Por eso es que, de una manera oscura, agradecemos los legajos, las postergaciones, el vuelva usted mañana, toda esa maraña que nos evita progresar y supone que nuestro tiempo es algo parecido a un salón. Las nueve copias, la oficina de partes, el recurso de casación, la escritura pública, la notaría, el oficio, la resolución, el horario errático, la ventanilla esquiva, la señorita de mal humor, la cola, la carpeta, el archivador... no sólo son parte de nuestra identidad. Son también ansiolíticos que con su monotonía calman nuestras intuiciones de muerte. LND