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Víctor Farías y su fobia contra Salvador Allende

Nadie va a creer el chiste de que Allende pidió a los dirigentes comunistas de Alemania del Este, que mandaran a Chile un profesor para que enseñara el marxismo-leninismo al general Carlos Prats, comandante en jefe del Ejército.

Martes 30 de enero de 2007

Julio Silva Solar

Víctor Farías, el peculiar personaje que en la solapa de su último libro se presenta (modestamente) como "el único latinoamericano que ha producido una discusión histórico-filosófica mundial", a raíz de su obra sobre Heidegger y el nazismo, vive, pese a tan alta estima, atormentado por una odiosa obsesión: destruir la imagen de Salvador Allende, que para él es un mito.

A ello ha consagrado un segundo libro: "Salvador Allende, el fin de un mito". En la portada, aparece Allende "ahorcado", como Sadam Hussein, colgando de una soga su estatua frente a La Moneda.

El magnífico académico, ahora profesor de la Universidad Andrés Bello, no se resistió a revelar, con su portada, la rabia homicida hacia Allende y su vehemente deseo de que éste hubiese corrido la suerte de Hussein, en la horca. Pero ya que esto no fue posible, Farías se consuela colgando de ella el "mito" de Allende simbolizado por su estatua.

Igual que en su libro anterior, "Salvador Allende, antisemitismo y eutanasia", la batalla está perdida para Farías, por la sencilla razón de que nadie cree lo que él dice de Allende.

Farías dice que Allende era antisemita, racista extremo, pro nazi, protector y solidario del criminal nazi Walter Rauff; vinculado con el gran capital económico, porque después de investigar por años en todos los registros y archivos del mundo, Farías descubrió la "prueba" de esta vinculación, a saber: Allende habría sido socio de la empresa de importación y exportación de don Pelegrino Cariola.

Farías puede salir muy desprestigiado de esta obsesión, en su rango de académico, por su falta de seriedad al tratar de convencernos de estos infundios. Tampoco nadie va a creer el chiste de que Allende pidió a los dirigentes comunistas de Alemania del Este, que mandaran a Chile un profesor para que enseñara el marxismo-leninismo al general Carlos Prats. ("Salvador Allende, el fin de un mito". pág. 26) ¿Tal vez Allende pensaría que para Prats era más fácil aprender marxismo-leninismo en alemán que en español?

Las fabulaciones de Farías no son tan inocentes. Se da maña para sostener, por ejemplo, que hubo un "abierto apoyo del gobierno del Frente Popular al Reich nazi", lo que por cierto no es verdad, pero el investigador recurre a los informes del centro de prensa nazi donde se registraban los artículos que hacía publicar en la prensa de todo el mundo, y en Chile, afirma Farías, "El Diario Ilustrado" era el más activo, con casi un artículo diario y de marcado acento ideológico y militar" (pág. 149). Tal sería, por lo visto, una "evidencia" del abierto apoyo del gobierno del Frente Popular al Reich nazi. Lo que no dice Farías es que "El Diario Ilustrado" no era un diario del Frente Popular, sino un diario ultraconservador, resuelto opositor al Frente, por lo que mal puede probarse el apoyo de su gobierno a los nazis, valiéndose del apoyo del mencionado diario. La verdad es que los métodos "científicos" del investigador no quedan muy bien parados con estos trucos.

 

Cuentos sorprendentes del académico

Farías sigue descubriendo documentos o actas de las policías secretas transmitidas por ex agentes de los servicios de seguridad cubanos, de la Alemania comunista (Stassi) o del KGB ruso.

Les da fácil crédito a estos elementos o a sus papeles, sobre todo cuando dicen lo que a Farías le interesa que digan. De ellos surgen una serie de cuentos sorprendentes. Por ejemplo, que Allende habría sido asesinado por el oficial cubano Patricio de la Guardia, cumpliendo órdenes directas de Fidel Castro, a fin de evitar que se rindiera (pág. 16). Allende, por lo visto, no se rendía porque este oficial estaba tras él, revólver en mano.

Allende, según Farías, pudo ser condenado a muerte por el GAP al igual que su secretario personal, Osvaldo Puccio, también para evitar la rendición. Y Augusto Olivares "probablemente" fue ultimado porque estaría encargado por Allende de pedir asilo en la embajada de Suecia (págs. 16 y 17).

Si usted lee a Farías se informará de todas estas cosas que él "descubre". Entre otras, que historiadores de izquierda han sido amenazados por sus partidos con la expulsión si deciden escribir una biografía seria, "científica", de Allende (pág. 159) o que el servicio de inteligencia del Ejército estaba bajo la influencia del Partido Comunista; (pág. 178) o la "revelación" que colma de gloria y orgullo al investigador: el compromiso del general Prats de entregar armas del Ejército a los obreros para instalar un "gobierno de los trabajadores" (pág. 160), o sea, la dictadura del proletariado. Y que Teitelboim denomina al comandante en jefe del Ejército "el camarada general Prats". (pág. 161)

En rigor no es Teitelboim sino un redactor o traductor alemán acostumbrado a tratar a la gente como camarada, el que dice tal cosa, pero Farías se toma a dos manos de la palabra "camarada" y dictamina que "solo rige para los miembros del partido" (pág. 184). Prats sería, pues, comunista y partidario de la dictadura proletaria. Nadie se había dado cuenta de eso.

Farías nos da sorpresa tras sorpresa. Sin ir más lejos, el cardenal Silva Henríquez es mencionado también, como coordinándose con el secretario general comunista, Luis Corvalán, lo que Farías estima una "revelación sorprendente del informe" (pág. 185).

Falta todavía el convoy fantasmal de barcos cargados con armas pesadas -tanques, artillería, cohetería- que Prats y Altamirano habrían conseguido gratuitamente en la Unión Soviética para el Ejército chileno, pero que no llegó porque los barcos cambiaron de rumbo cuando el edecán naval de Allende fue asesinado (julio de 1973), lo que habría hecho temer a los soviéticos que esas armas cayeran en manos de los sediciosos (págs. 174 y 175).

Lo extraño es que sólo entonces y no antes, los soviéticos, demasiado lentos, sintieran ese temor. Afortunadamente, aunque para Farías sea una desgracia, el general (R) Ervaldo Rodríguez, que era entonces jefe de la misión militar de Chile en Washington, en carta a "El Mercurio" (07/01/2007) dice que en el referido viaje de Prats "el problema de adquisición de material de guerra quedó totalmente resuelto en Norteamérica," tras las reuniones efectuadas en el Pentágono, "obteniéndose, agrega, en Estados Unidos lo que falsamente se ha dicho se logró en la ex URSS".

 

Farías mutila un texto de Allende

"Es norma en la investigación profesional, afirma Joan E. Garcés, no asumir como veraz cualquier documento que pudiera aparecer en un archivo sin antes analizar críticamente la autenticidad de su soporte material, y contrastar su contenido con otros elementos de prueba, dentro y fuera del archivo." (Salvador Allende, "Higiene mental y delincuencia", pág. XVI)

Farías opera como si el documento fuera más importante que los hechos, o que una palabra o frase de un documento se pueda extrapolar en términos que las distorsiona por completo.

Así, dando cuenta del pensamiento de Lombroso, Allende escribe en "Higiene mental y delincuencia" su memoria para recibirse de médico: "Los hebreos se caracterizan por determinadas formas de delito: estafa, falsedad, calumnia, y sobre todo la usura" (pág. 115). Luego relativiza el concepto de la influencia de la raza en el delito. Señala: "No obstante, carecemos de datos precisos para demostrar este influjo en el mundo civilizado". (pág. 115)

Pues bien, de aquí parte la cantinela de Farías achacando a Allende el racismo y antisemitismo "más extremo" ("Salvador Allende, antisemitismo y eutanasia", pág. 17). Es una desfiguración total, una interpretación descabellada. Ahora sabemos que ese texto ni siquiera es de Allende; es de Lombroso, reproducido por Allende (Víctor Farías, "Salvador Allende, el fin de un mito," pág. 21).

En su memoria de titulación, Allende revisa o describe las diferentes ideas o corrientes sobre el tema en esa época (1933), pero no toma partido, más bien matiza las opiniones. Un juicio desapasionado sobre su memoria y que capta bien el sentido de ella, es, nos parece, el de Juan Carlos Carbonell, catedrático de derecho penal y vicerrector de la Universidad de Valencia.

Dice Carbonell: "Y es que al joven Allende no se le escapaban las auténticas explicaciones de la génesis del delito, ni que éste es un fenómeno demasiado complejo como para realizar afirmaciones unívocas. Por el contrario, junto a las dominantes en aquella época, que son analizadas y criticadas, se proponen (por Allende) tesis sociales, que resaltan las desigualdades, la falta de oportunidades y, en suma, la injusticia, como factores de primer orden. Y en eso, hay que reiterarlo, Salvador Allende se adelanta a su tiempo". ("Higiene mental y delincuencia", pág. XXIV). Pero Farías no ve nada de esto.

En la documentación que utiliza Farías hay algunos análisis políticos de interés, pero la mano del autor orquesta todo el material como una confirmación de sus fobias contra Allende. Y a veces va más lejos, alterando textos para favorecer sus posiciones.

Más que históricos o filosóficos los dos libros de Farías a que nos referimos son apasionadamente políticos. A toda costa quiere poner a Allende como "recomendando" o "propiciando" el tratamiento quirúrgico contra los homosexuales (Farías, "Salvador Allende, el fin de un mito", pág. 20, 27).

Pero ninguno de estos términos u otro similar existe en la memoria de Allende, ni nada que de lejos siquiera pueda justificar el dicterio de Farías en orden a que Allende "asumía los criterios eugenésicos-eutanásicos que los nazis aplicaron a los homosexuales" (pág. 108).

Allende se refiere en su libro (pág. 94) solo a un caso concreto. Farías cita a Allende, en relación a que Steinach, Lipschutz y Pesard, "han logrado curar a un homosexual, en cuya familia habían otros pederastas, que presentaba un gran número de caracteres secundarios femeninos, injertándole trozos de testículo en el abdomen. Después de la operación se modificaron los caracteres femeninos y el enfermo abandonó sus hábitos homosexuales." (Farías, "Salvador Allende, antisemitismo y eutanasia," pág. 56).

Pero en el texto de Allende, a continuación de la frase "Después de la operación," decía: "según los autores mencionados", lo que Farías simplemente suprimió (pág. 94 de "Higiene mental y delincuencia"). Allende quería que los autores de la operación asumieran el supuesto éxito de la misma, en cambio Farías quería que lo asumiera Allende para presentarlo como propiciador de la misma, celebrando su resultado.

Si un político altera o mutila un texto es grave sin duda, pero si un académico lo hace con un texto que cita entre comillas, y lo hace para apuntalar sus tesis, revela una liviandad en sus métodos que afecta la seriedad de todo su trabajo.

No es posible examinar en detalle la totalidad de los informes y referencias de los dos libros de Farías a que se refiere este artículo, pero no podría descartarse que estos métodos se repitan en otros casos.

Todavía más cuando se trata de ciertos temas favoritos de Farías como los sobornos y otras corruptelas respecto de los cuales moviliza toda suerte de información reservada y de agentes secretos para darlos por cierto.

Referirse a ello sería contribuir a la eventual difamación de personas casi en su totalidad ya fallecidas, en base a antecedentes nada seguros de que echa mano el académico. Es una materia que es mejor dejar de lado.

La segunda parte de este artículo se publicará mañana miércoles 31/01/2007.

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