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Las "pruebas" de Farías que no prueban nada

Pero la verdad es que Allende fue toda su vida un antifascista decidido y Farías se aprovecha de lo sucedido con Rauff para colgar la cruz gamada del cuello de Allende.

Miércoles 31 de enero de 2007

Julio Silva Solar

Los otros dos fundamentos aparentes de los infundios de Víctor Farías contra Allende, son el proyecto de esterilización en la época que fue ministro de Salud del Presidente Aguirre Cerda (1939-1941) y el caso de Walter Rauff.

Farías habla de un "proyecto esterilizador avalado y promovido por Allende" (Farías, "Salvador Allende, el fin de un mito", pág. 119) o del intento de éste de "integrar a la legislación chilena una de las más inhumanas leyes nazis", (pág. 117). No solo en Alemania sino en una buena cantidad de países había leyes de esterilización de alienados mentales en ese momento. El tema se discutía ampliamente. El hecho es que se formó una comisión en nuestro país, no está claro si por iniciativa de Allende, para que preparara un eventual proyecto de ley al respecto. En la comisión lograron influencia médicos de tendencia nazi, en particular el doctor Eduardo Brücher, y el proyecto que elaboraron tenía similitud con la legislación alemana en la materia. Pero ese proyecto no fue nunca promovido o alabado por el ministro Salvador Allende.

Los doctores Luis Cubillos y Gustavo Vila fueron los principales impugnadores del proyecto, según destaca Farías. El doctor Cubillos en sesión de la Sociedad de Neurología, Psiquiatría y Medicina Legal (30/11/1939), expuso un estudio crítico sobre dicho proyecto y agradeció a Allende, al comenzar su intervención, que sometiera "a la consideración de esta sociedad los aspectos científicos que ofrece la proyectada ley de esterilización de alienados que ha sido puesta en su conocimiento" (pág. 205).

Allende no hizo suyo el proyecto cuando fue puesto en su conocimiento. Prueba de esto es que nunca se presentó al Parlamento, por lo que no existió la estridente demasía de Farías de atribuir a Allende el propósito de "integrar a la legislación chilena una de las más inhumanas leyes nazis".

Con todo, la crítica de Cubillos no concluía en un rechazo absoluto del proyecto sino en que "la ley debe ser limitada y solo aplicable a casos muy determinados". (pág. 210)

Viene al caso citar el recuerdo de Pablo Oyarzún, filósofo, decano de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, sobre una conversación de su padre, médico, con el doctor Vila. En un momento, Vila le dice al padre de Oyarzún: "¿Te acuerdas de aquellas sesiones de la Sociedad de Neurología? En una de ellas se discutió una redacción de proyecto sometida a nuestra consideración por Allende, que traía una presentación del doctor Brücher... Allende me llamó para advertirme del envío y me pidió que hiciera un comentario según mi mejor parecer. Entendí que quería deshacerse del proyecto. Probablemente hizo lo mismo con su amigo el doctor Cubillos, que también trajo un comentario demoledor. El proyecto feneció rápidamente y nunca más volvió a hablarse de él". (Salvador Allende, "Higiene mental y delincuencia", prólogo de Pablo Oyarzún, pág. XXIX.)

 

El caso de Walter Rauff

Walter Rauff fue sin duda un criminal de guerra nazi. Vivió en Chile desde 1958 hasta su muerte en 1984. Tuvo participación activa en el genocidio racial y político que ejecutó Hitler. Bastantes páginas del libro de Farías dan cuenta de su trayectoria de exterminio masivo de seres humanos, especialmente judíos.

Farías acusa a Allende de haber prestado protección y solidaridad a Rauff, al no haberlo expulsado de Chile (pág. 96). Habla del "contubernio" Allende-Rauff y que la decisión de proteger a Rauff destruyó lo más importante de la identidad moral de Allende. Todo en un tono de escándalo y descubrimiento. El "mito" habría sido dinamitado por el conocimiento de esta actitud que demostraría el carácter filo-nazi y racista de Allende. A partir de esto, Farías desprende cierta "simbiosis" entre marxismo y fascismo siendo su antagonismo una cosa más "verbal-ideológica" que real. (pág. 95)

Pero la verdad es que Allende fue toda su vida un antifascista decidido y Farías se aprovecha de lo sucedido con Rauff para colgar la cruz gamada del cuello de Allende. No hubo solidaridad, ni protección, ni contubernio, ni simbiosis. La explicación es más simple. A comienzo de los años 60, el Gobierno de Alemania Federal pidió a Chile la extradición de Rauff para someterlo a juicio. Pero la Corte Suprema chilena no concedió la extradición.

El propio Simon Wiessenthal, invocado por Farías, empeñado en que criminales de guerra nazi comparecieran ante la justicia alemana o judía, explica la situación de un modo objetivo. En su libro "Justicia, no venganza" dice: "En agosto de 1972 pude entregar al embajador en Viena, el profesor Benadava, una carta a Allende en la que llamaba su atención sobre el caso Rauff. Allende contestó muy cordialmente pero indicó lo difícil que resultaba reabrir un caso cuando la Corte Suprema ya lo había sentenciado". En Chile se vivía entonces una gran tensión social con la paralización producida por la huelga de poderosos gremios, camioneros, comerciantes, profesionales, etc. Wiessenthal escribe una segunda carta a Allende en que le pide examinar la posibilidad de deportar a Rauff mediante un decreto. "Pero antes de que Allende pudiera contestar mi segunda carta, dice Wiessenthal, hubo un golpe de estado y murió Allende." (Wiessenthal, "Justice, Not Vengeance," Weindenfeld & Nicholson, Londres 1989, pág. 62)

Farías reconoce que la izquierda chilena unánimemente apoyó la extradición de Rauff en 1962 y 1963 ("Salvador Allende, el fin de un mito", pág. 86) y elogia a los abogados Eduardo Novoa Monreal y Armando Uribe que se jugaron a fondo por obtenerla. Pero acusa a la misma izquierda, y en particular a Allende en 1972, como Presidente, (del que fueron altos funcionarios los abogados mencionados) de haber sido "encubridor solícito" y haber "protegido directa y deliberadamente a Walter Rauff, uno de los mayores criminales nazis..." (V. Farías, "Salvador Allende, antisemitismo y eutanasia", págs. 13 y 14)

Wiessenthal, en cambio, atribuye al golpe de Estado y la muerte de Allende a consecuencia de él, la interrupción de las gestiones para la expulsión de Rauff por decreto, cosa de suyo delicada en ese momento, que no se podía resolver en un abrir y cerrar de ojos.

No había ninguna razón para que en pocos años la izquierda y Allende hubieran cambiado de actitud. Y no hubo cambio alguno. Si bien se trataba de un asunto que por cierto admite críticas, respecto a cómo se abordó, en ningún caso puede desprenderse de él que Allende era pro nazi antisemita.

Farías sabe muy bien que los pro nazis no estuvieron ni están en la izquierda, ni menos en Allende, sino en los sectores sociales y políticos de derecha, que en su hora simpatizaron abiertamente con el nazismo, que lo veían como un bastión contra el comunismo. Sectores en los que Rauff encontró luego un ambiente favorable; los mismos que alentaron y sostuvieron el golpe y el régimen militar de Pinochet, que llevó a cabo el brutal genocidio político que aún no terminamos de conocer.

En su delirio, Farías vincula a Allende con el programa exterminador de la ideología nazista ("Salvador Allende, el fin de un mito", pág. 27). Pero no es Allende sino Pinochet y los suyos los que tienen que ver con esos programas. Chile lo vivió en carne propia. Pero a ellos, Farías no los toca porque hoy son sus aliados en la empresa vana de desprestigiar a Allende y derrumbar el "mito" que no pueden soportar, pero lo hacen en base a acusaciones estrafalarias por completo ajenas a la realidad, que caen en el vacío por su inconsistencia.

Farías les ayuda a aliviar su conciencia culpable por su complicidad con el macabro terrorismo de estado de la dictadura, hecho sin precedente de igual magnitud en la historia de Chile, aún en la época colonial.

Farías era conocido como anti nazi, ahora es anti Allende. Un vuelco total. Ya que sus esfuerzos para disfrazar a Allende de pro nazi no tienen destino. Farías no tolera que el nombre de Allende esté en muchas ciudades del mundo. (págs. 19, 41, 45, 46). Se sabe que se reunió con el alcalde de un municipio cercano a Berlín, para pedirle que se retire dicho nombre de un colegio, un barrio y un supermercado del lugar. Pero el nombre sigue ahí.

Es absurdo que Farías se tome ese trabajo. Tendría que ir por lo menos a las siguientes ciudades a pedir que saquen el nombre de Allende de alguna plaza, calle o avenida que lo lleva: Rótterdam, Lieja, París, Berlín, Viena, Estocolmo, Moscú, Ámsterdam, Amberes, Budapest, Sofía, Hamburgo, Bremen, Sevilla, Barcelona, Oviedo, Valencia, Córdoba, Zaragoza, Algeciras, Málaga, Lyon, Marsella, Grenoble, Charleroy, Río de Janeiro, La Habana, Lima, Buenos Aires, Montevideo, y seguramente otras más.

 

Una anécdota significativa

No es fácil explicarse la actitud de Farías contra Allende, si bien en los libros aludidos surgen algunas claves de orden más bien subjetivo. Suele cargar el investigador con mucha pasión contra figuras de gran poder o fama en distintos campos: Heidegger, Borges, García Márquez, ahora Allende.

De alguna manera, desde su escritorio, los trata de destruir mediante una crítica muy corrosiva. Es como ponerse, así, por encima, en su fuero íntimo. Quienes se atreven a refutar a Farías pasan a ser para él personas que no están a la altura de su nivel académico, "escritorzuelos", sin preparación científica.

Necesita sentirse arriba. Intensa rabia contra los que están sobre él y desprecio por los que ubica debajo de él. Sus rivales imaginarios lo abruman y puede pasarse 20 años investigando contra ellos. Sus escritos transmiten una forma entusiasta pero falsa de convencimiento y triunfo sobre el adversario que nunca está presente.

Hay también una anécdota impresionante que Farías no ha olvidado y relata en el prólogo de su libro. Farías tenía 15 años y fue al cine dominical con una amiga (o tal vez polola)

"Estábamos en la fila -cuenta Farías- junto a la boletería para retirar nuestras entradas cuando, en el momento que nos correspondía recibirlas, avanzó por entre quienes esperábamos, elegante e insolente, el senador Salvador Allende y pidió, en voz alta, sus entradas. Acostumbrado a la democracia como todo chileno, protesté por el atropello y le pedí respetar el orden. Me escuchó, pero sin siquiera darse por enterado volvió, con insistencia a exigir sus boletos. La joven boletera, servilmente, se los entregó. Aquí están, senador".

Esta experiencia de fuertes emociones, la ha continuado viviendo Farías con distintos personajes y situaciones y con el propio Allende. Ella tiene seguramente raíces más profundas. Uno piensa, al fin, que este hombre que ha pasado su vida pesquisando entre archivos y bibliotecas, no ha tenido tiempo para ocuparse de sí mismo.

La primera parte de este artículo se publicó en la edición de ayer martes 30/01/2007).

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