Loreto Elizondo y su labor con cientos de canes botados en la ruta G-421, camino a Pirque
La vía que une Pirque con El Toyo, en el Cajón del Maipo, tiene una cara poco amable e inhumana. Se ha convertido en un botadero de canes. La ruta del perro abandonado. Hay cientos de ellos. Raquíticos, enfermos y semisalvajes. Una mujer decidió darles una mano. Todos los días viaja desde La Reina para alimentarlos. “Son como mis hijos”, dice.
Marcelo Garay
Nueve y media de la mañana de un lunes en la ruta G-421 que une Pirque con El Toyo, por el lado sur del Maipo. Desde un “jeep” sus dos ocupantes lanzan huesos carnudos a dos perros vagabundos que corren por la berma. En un chistar atrapan el alimento entre sus fauces. La escena se repetirá durante los próximos 12 kilómetros, camino arriba.
Al volante va Loreto Elizondo (42), una atleta de La Reina que hace nueve años solía trotar por ese poco transitado camino secundario del “cajón”, cuando un quiltro se asomó entre los matorrales en estado raquítico. Ella le dio de comer lo que tenía a mano y siguió con sus ejercicios. Con el tiempo se daría cuenta de que no era el único.
Fue entonces cuando decidió dejar el trote matinal por “un ejercicio” al que -hoy por hoy- le dedica tres días a la semana y dinero de su bolsillo: alimentar a casi un centenar de perros -quiltros, siberianos, bóxer y rotweiller, entre otros- que sobreviven en un tramo de 12 kilómetros de ruta. Dice amarlos como si fueran sus hijos. Y se nota.
“Venía a trotar. De pronto vi un perro y busqué algo de comer para él. Luego aparecieron más. Ahora como son tantos ya vengo sólo por ellos. No me alcanza el tiempo para venir a correr. Es súper agotador, pero lo hago con mucho cariño”, cuenta.
La Llori y El Ojo de vidrio
La jornada comienza temprano. Antes de partir al cajón, Loreto alimenta a La Negra, La Heidi, La Juani, La Maite y La Jackie, cinco perritas que rescató de la ruta y que hoy viven con ella. Luego va a la carnicería por los huesos que repartirá más tarde en ocho puntos del camino. El menú incluye también un saco de alimento canino de 30 kilos y un bidón con 20 litros de agua que -a mitad de ruta- recargará en una vertiente a un costado de la vía.
Serán varias paradas. Los perros la conocen y le obedecen. Basta con un bocinazo para que comiencen a bajar de los cerros amontonados. Loreto les habla, los acaricia y también los reta. Como si se tratara de sus “niños”.
“Antes venía en un auto azul, pero cuando lo cambié no se acercaban hasta que me veían bajar”, dice riendo y sorteando mordiscones.
“Clasifico el alimento, porque ya los conozco. Para los más viejos, más blandito, pues algunos están enfermos”, narra mientras una jauría de perros asoma a la orilla del camino. Entre ellos viene el Ojo de Vidrio, un quiltro juguetón que no se conforma con su cuota de hueso y seguirá el “jeep” varios metros camino arriba, a ver si le toca más.
Tendrá que pelear por ella. En la otra parada del recorrido, hay otros que lideran la jauría y defienden su territorio a tarascón limpio. Pero el Ojo de Vidrio igual consigue lo suyo. Como la Llori, la regalona de Loreto. La encontró hace unos seis años. Tenía enterrado un trozo de hueso en el hocico y no hacía más que llorar. De allí su nombre. Es bien regalona. Apenas Héctor, quien la acompaña en los tres recorridos semanales, abre la puerta trasera del vehículo, se encarama en busca de su hueso. No sólo eso. Hará el recorrido con ellos y luego se bajará en su territorio.
Los encuentros son revoltosos, desordenados. Cada animal quiere alcanzar su porción de comida. Los más grandes intimidan a los más débiles, mientras otros, raquíticos casi, reciben atención especial. Es el caso del Garrapatiento, un bóxer abandonado a su suerte desde hace ya varios años y de unos raquíticos perros pequeños que apenas ladran.
“Mi papá dice que estoy chalada”
El amor de Loreto por los perros parece no tener límites. Hasta ha dejado deudas de lado por sus mascotas vagabundas y ha dedicado mucho tiempo al cuidado de ellos sin pedirle ayuda a nadie, excepto a su amigo Héctor.
Pese a que no le ha ido muy bien en los negocios en el último tiempo, se gasta casi 160 mil pesos mensuales en alimento y bencina. Y, en ocasiones, medicamentos para animales enfermos. Pero a Loreto no le importa.
“Una vez pasaron unos gringos y se detuvieron. Me hablaron muchas cosas en inglés. Creo que sobre los perros, pero yo no les entendí nada. Sólo entendí cuando abrieron su billetera y me pasaron veinte lucas”, relata y agrega: “Los perros son parte de mí. Me da pena verlos así. Mis amigos me dicen la ‘vieja de los perros’, pero cuando termino el recorrido hago mi vida normal. Mi papá me dice que estoy chalada, que toda la plata que gasto debería ocuparla en pagar mis deudas. Pero de repente el amor por estos animalitos es más fuerte que mis deudas”, confiesa. LN