Ya en la actualidad hay mucha gente que dirige o colabora en medios digitales sin por ello considerarse periodistas en el sentido clásico. La idea es que en un futuro no muy lejano todos seremos periodistas.
Jaime Riera
DENTRO DE CINCO AÑOS o poco más desaparecerán los periódicos impresos en papel. Es la tesis de fondo del director de “The New York Times”, quien en una reciente entrevista al “Jerusalem Post” prevé que en ese plazo su diario quizá ya habrá dejado de circular bajo formato material.
No es el primero que emite este tipo de opiniones, pero si lo dice el director del que podríamos considerar como el más prestigioso e influyente diario del planeta, el tema adquiere un relieve diferente. Demás está decir que algunos importantes personeros de la prensa estadounidense han salido prontamente a desmentir tales previsiones, declarando que nunca antes los diarios habían gozado de mejor salud que ahora y han recordado que desde que empezaron a circular se ha pronosticado la desaparición de los periódicos.
Pero lo cierto es que nunca antes se dieron las variantes que en la actualidad aparecen cuestionando la existencia de los diarios tal como los hemos conocido en los últimos siglos. Entre estos nuevos factores podemos contar nada más y nada menos que la edición digital de las mismas publicaciones, que se supone deberán desaparecer en su versión impresa, y el auge de la free-press, los diarios distribuidos gratuitamente, los cuales representan otra amenaza grave para la supervivencia económica del ejemplar tradicional. Muy reciente es la noticia de que ha comenzado a circular en la región de París un diario gratuito editado por una empresa controlada por “Le Monde”, que ha justificado la iniciativa como un medio para contener la difícil situación que vive este prestigioso medio.
Los argumentos son conocidos: los periódicos pierden dinero y lectores, y a menudo se los identifica con los intereses de determinados grupos industriales y financieros. Pero entonces, ¿quién llorará por la desaparición de los diarios impresos? La verdad es que la disminución de la venta de periódicos afecta en todas partes a los llamados “diarios serios”, los cuales tradicionalmente no se han limitado a difundir noticias, sino que han dedicado mucho espacio a los artículos de opinión y de análisis dirigidos a un reducido público de lectores de elite.
Por su parte, los diarios sensacionalistas de bajo costo y, naturalmente, la free-press, navegan viento en popa, se multiplican y aumentan su difusión entre las clases populares y los jóvenes: ésta es la verdadera revolución de la prensa.
La biblia laica, que según Immanuel Kant leía el buen burgués mientras tomaba desayuno para aliviarse la conciencia y alimentar su propia ideología, atrae cada vez menos al lector globalizado moderno, el cual acude a otras fuentes para formar sus opiniones y acceder a las noticias diarias. También han ido desapareciendo de la escena los debates públicos y polémicas que se expresaban mediante los periódicos representativos de opiniones claramente diferenciadas. Los grandes periódicos de hoy tienden a reflejar puntos de vista convergentes mediante un lenguaje homologado y casi intercambiable, lo que inevitablemente hace decaer el interés de aquellos lectores que se sienten identificados con una determinada sensibilidad cultural y política. Para no hablar de la manipulación y la mentira, que adoptan en aquellas publicaciones un aire de solemne respetabilidad que las hace insospechables a los ojos del público más ingenuo.
Ocurre también que visitando las páginas digitales de los principales periódicos del orbe uno se ve invadido por la enervante sensación de toparse en todas ellas con las mismas noticias editadas y presentadas de modo prácticamente idéntico.
Para encontrar otros matices y recabar antecedentes importantes que la prensa “seria” censura o relega a pocas líneas, hay que navegar por otros mares y buscar nuevas fuentes de información, blogs y portales independientes en los que la figura y el rol del periodista han cambiado perfil. Y éste es el otro aspecto del problema, los periodistas.
Una de las principales consecuencias de la crisis de la prensa tradicional es la precaria situación en que han venido a encontrarse los profesionales del periodismo.
Cada vez se acude más a agencias externas y siguen disminuyendo las plantillas de periodistas en las redacciones ya mermadas por el progreso tecnológico. Casi todos los grandes periódicos han tenido que afrontar en los últimos años huelgas y movimientos de protesta originados en la “proletarización” del personal, que hasta no hace mucho formaba parte de una categoría privilegiada.
De hecho, en muchos casos ya ha sido unificado el cuerpo de redactores digitales y en papel, lo que ha empeorado las condiciones contractuales de las plantas tradicionales. Y, por lo demás, en la creciente multiplicación de publicaciones exclusivamente digitales se advierte el nacimiento de un nuevo tipo de periodista, interactivo y no identificado con una profesión rígidamente definida.
Ya en la actualidad hay mucha gente que dirige o colabora en estos medios sin por ello considerarse periodistas en el sentido clásico. La idea es que en un futuro no muy lejano todos seremos periodistas, porque tendremos algo que decir y un medio donde decirlo. Sin embargo, muchas veces el debate sobre la prensa esconde un problema fundamental que cada cierto tiempo emerge en la discusión pública: ¿a quién sirven los diarios? ¿Existe aún el “cuarto poder” o los periódicos se van convirtiendo inexorablemente en obedientes portavoces de distintos sectores del poder establecido? Y en este caso ¿qué margen de maniobra le queda al periodista que quiere verse a sí mismo como independiente?
La mayoría de los lectores se apresurará a responder que ninguno, pero pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre lo inquietante de esta alternativa.