La educación chilena da bote: niños que no entienden lo que leen, colegios que tienen vidrios rotos hace meses y un gasto en educación que aumenta pero no mejora resultados. Algunos aún creen que la solución está en la utopía de Milton Friedman, pero los estudios y las experiencias internacionales dicen otra cosa.
Beatriz Michell
“El cobre por el cielo y la educación por el suelo”, rezaban papelógrafos, murallas y lienzos en los días de la revolución pingüina, el movimiento que desencadenó el proyecto de ley que tiene a la Alianza por Chile y a la Concertación agarradas de las mechas. Ya nadie puede negar que la educación chilena está por el suelo ni que no ha logrado avanzar al mismo ritmo del crecimiento económico del país. En la prueba PISA del 2000 fuimos calificados en el lugar 37… entre 42 países. Y, como si fuera poco, hay desigualdad.
“Chile es una anomalía porque subsisten un conjunto de factores que en ningún otro lado existen juntos. Países en que el Estado subvencione a privados hay poquísimos. Y países que permitan que los sostenedores lucren con plata del Estado, o que permitan la selección en colegios con dineros públicos, no hay ninguno. Es ridículo que se diga que el Estado no se puede meter en educación, eso no pasa en Estados Unidos, ni en Australia, ni en ninguna parte”, explica Rodrigo Cornejo, director ejecutivo del Observatorio de Políticas Educativas de la Universidad de Chile.
El diagnóstico de Cornejo lo comparten también el Banco Mundial, la Unesco y la OCDE, el grupo de los 30 países más desarrollados del planeta. Un informe de esta última agrupación sentencia: “La educación chilena está influenciada por una ideología que da una importancia indebida a los mecanismos de mercado para mejorar la enseñanza y el aprendizaje”.
Cornejo piensa que el informe de la OCDE es concluyente: “Los países que inventaron el libre mercado no lo están aplicando en educación, ni salud, ni previsión social. En Estados Unidos, por ejemplo, entre el 75 y el 80% de la matrícula de educación básica y media es pública. Además, el informe de la OCDE también dice que la educación chilena está estructurada por clases, que es disgregada. Esa afirmación es fuerte, porque no viene de ‘El Siglo’ ni de ‘Punto Final’, viene de los países más desarrollados del mundo”.
En Chile, en cambio, el disenso continúa. Si en un comienzo la discusión era como una pequeña llama, a estas alturas ya se ha convertido en un incendio. “Lamentablemente, la calidad de la educación no se puede lograr sin romper huevos. Este es un tema algidísimo, que toca intereses y que tiene una carga ideológica impresionante”, explica Pedro Montt, coordinador de Currículo del Ministerio de Educación. Eso está a la vista: la derecha anunció un proyecto paralelo que permite el lucro y la selección, algunos parlamentarios de la Concertación se niegan a apoyar la reforma y Viera-Gallo mueve la muñeca nervioso mientras llama a los díscolos a reflexionar.
Educación vs. marketing
En Chile, más del 40% de los niños estudian en colegios particulares subvencionados por el Estado. Y, pese a que el gasto en educación se ha triplicado, aún hay colegios que tienen vidrios rotos, que no pagan el sueldo a los profesores y que entierran las esperanzas de sus alumnos de entrar a la educación superior. Entonces, ¿qué pasa con la plata que está invirtiendo Chile en educación? Montt explica que no hay cómo fiscalizar el paradero de los fondos: “La reforma de los ’80 instauró el subsidio sin posibilidad de control del Estado. Cuando tú entregas los recursos, éstos pasan a ser parte del administrador y ya son propiedad privada. Eso es una extorsión muy especial, que no ocurre en otras partes; en los países en que hay subsidio, el control del Estado es muy grande”.
La Ley General de Educación busca asegurar que la plata que se entrega a la educación se destine efectivamente a eso. Es uno de los factores que pone en juego el fin al lucro. “Si hay lucro, en vez de mejorar la educación se tiende a mejorar el marketing para atraer más alumnos: se cambia el nombre del colegio a un nombre en inglés y se pone falda con cuadritos, pero no se invierte en educación. No es menor que los países de la OCDE no tengan lucro, esto no lo hacen ni Finlandia, ni Cuba, ni Corea del Sur”, recalca Cornejo.
Educadito y bien alimentado
Uno de los anuncios más apocalípticos de quienes se oponen al proyecto del Gobierno es que el fin de la selección terminará con la excelencia de liceos emblemáticos como el Carmela Carvajal o el Instituto Nacional. Pero Cornejo pone en duda esa afirmación: “Hemos hecho investigaciones y no he visto ninguna diferencia en cómo hacen las clases en el Nacional y cómo las hace el profesor en La Pintana; la única diferencia es que los alumnos del Nacional se quedan callados y quietos. Lo que dice la vivencia es que, al mezclarse los estudiantes, es muchísimo más lo que gana el niño que antes era marginado que lo que puede perder el que estaba en la elite. Porque el de elite que se saca un 6,5 en el Nacional no se saca un 6,5 por estar en ese colegio, sino por su origen; porque se alimentó bien cuando guagüita, porque estudió harto, etcétera”. Un ejemplo es lo que ocurrió en el Reino Unido, que prohibió la selección hace algunos años y logró que los niños que estaban bajos en rendimiento lo subieran.
“Es razonable que un establecimiento busque elevar su aprendizaje, y una forma de hacerlo es buscar a los mejores alumnos; el alumnado va a ser más homogéneo y va a aliviar la tarea de los profesores. Cuando un colegio recibe a alumnos de distintas realidades es un trabajo más complejo para el docente, y es más costoso. Y hay que ser sor Teresa de Calcuta para querer hacer el mayor esfuerzo. Pero la pregunta es cuál es la escuela buena: la que hace aprender al alumno, o la que se sube al’apa de los alumnos talentosos y por eso le va bien”, agrega Montt.
Según el informe de la OCDE, la selección es una de las barreras para mejorar la calidad de la educación chilena, además de ser una causa de segmentación social. “La evidencia mundial es muy clara al respecto: la selección hace mal para la calidad. Te aseguro que si prohibimos la selección en Chile, en cinco años más nuestros resultados van a mejorar”, apuesta Cornejo.
El sistema educacional de Chile es uno de los más segregados y desiguales del mundo, lo que se puede combatir eliminando la selección de los colegios. “Los estudiantes hoy día no se mezclan. Piensa qué puede significar que una persona no imagine cómo son connacionales suyos de distinto origen social, que no haya tratado nunca a alguien muy distinto. Eso es malo para la convivencia y para la cohesión social”, concluye Montt.