
Domingo 19 de agosto de 2007
¿Por qué nos gustan las películas de acción? Porque todos queremos ser héroes: ir caminado por la calle, estar en el momento preciso, en el lugar indicado, salvar el día y recibir el aplauso de una multitud agradecida.
Por eso las últimas películas de este género han estado tan de capa caída, los efectos especiales y los esteroides le entregaron la responsabilidad de salvar el mundo a personajes imposibles, autómatas, electrónicos y sin una cuota de realidad en ninguna de sus valentías.
No pasa lo mismo con "Duro de matar". Todas sus versiones están fabricadas para la emoción del hombre medio que se identifica con el policía malhumorado que con una ponchera incipiente, sin los músculos sobredimensionados de Arnold Schwarzenegger ni la bazuca de Rambo salva a todo un país. John McClane es el prototipo del hombre bueno que agarra una pistola, derriba un avión y captura a los malos para cuidar a su familia.
Ahí está la gracia eterna de "Duro de matar", Bruce Willis -más viejo y pelado- maneja con la misma pericia un auto viejo y un jet, pero cuando le pegan queda sangrando y se queja. Y aunque las secuencias sean inverosímiles y nadie realmente entienda cómo que un tipo puede saltar de un helicóptero, caer sentado en el auto y de paso hacer explotar un edificio, le crees.
Len Wiseman, director de la versión 4.0 dio justo en el clavo que hace de esta nueva entrega la mejor de la saga. Han pasado 12 años desde la última cinta, pero en ésta puso a
McClane al mismo nivel que sus espectadores. En la historia, un grupo de hackers ha paralizado a Estados Unidos y el policía debe proteger al único pirata informático que puede revertir el desastre, pero como buen cincuentón, Willis, no sabe para qué sirve un mouse ni qué es Google. El mismo enemigo se ríe de él diciéndole que es un reloj de cuerda en un mundo electrónico.
No hay sorpresa, "Duro de matar" es prácticamente una institución americana en la que de antemano se sabe que los malos terminarán tras las rejas no sin antes lanzar toda la artillería, pero la efectividad de la cinta no está en su realismo, sino en derrochar la mezcla exacta entre efectos especiales y buen humor: no importan qué tan ridículas o increíbles sean las escenas de acción, McCline, su repertorio de chistes y las pillerías de barrio son más importantes que todo sentido común.
Pero para disfrutarla hay que perder todo prejuicio. Nadie puede pedirle a "Duro de matar" que se comporte como un filme donde todo esté justificado, porque hasta Superman tiene más argumentos para quebrar las leyes de gravedad, pues -y eso lo saben los espectadores que aplauden cada explosión, derrumbe o balacera- la vieja escuela sólo necesita cliché, ironía y un personaje duro y romántico por partes iguales que, aunque no sepa mandar un email, sabe dónde poner las balas y eso basta para salvar el día.