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  Cuerpo y alma de la Concertación

  Más que en dos almas, el oficialismo parece dividirse entre los asentados materialmente en el poder y los que vibran con las necesidades sociales.

Miércoles 5 de septiembre de 2007

La fronda parece inundar el escenario político, a ambos lados del espectro. Después que el obispo Alejandro Goic instalara el tema de la equidad social, una convocatoria de la CUT a marchar dividió al oficialismo entre los sostenedores a ultranza del orden público y los que adhirieron a las demandas sindicales. Y bastó que el senador Andrés Allamand adelantara una iniciativa de legislación laboral para que sus aliados de la UDI reverdecieran ese tono agrio y desconfiado con que solían tratarlo cuando hacía equipo con Sebastián Piñera antes de que se convirtiese en "halcón".

El saludo del ministro del Trabajo a esta nueva inquietud social de la derecha, augurando colaboración en tales materias, oculta mal el hecho de que las dos coaliciones predominantes se rezagaron ante los cambios en la sociedad, y por eso ambas resultan tan mal evaluadas en las encuestas. La Alianza debe superar de antemano su identificación y simpatía con el empresariado, al que se niega a sindicar como causante de inequidades. Su principal presidenciable es un hombre de negocios -cuya "incontinencia bursátil" molesta a estas alturas incluso a los estrategos políticos del sector-, que atribuye su prosperidad al hecho de "levantarse temprano", como si la inmensa mayoría de la población no lo hiciera también cada día. Como sus colegas, Piñera vocea que él "da" trabajo, como si esto fuese una ayuda al prójimo y no un requisito indispensable para desarrollar sus inversiones, sin que capital y trabajo puedan funcionar por sí solos.

La insistencia de Allamand en que se trata sólo de algunas manzanas podridas en el cajón empresarial contradice el hecho de que las malas prácticas -algunas de las cuales él mismo trata ahora de erradicar- se han generalizado; ellas constituyen elementos consolidados del modelo al que se ciñe la economía chilena.

En el caso de la Concertación, se insiste en que hay dos almas en su seno. Pero prohombres del oficialismo han declarado, convencidos, de que en verdad los "neoliberales" que anidan en ella son muy pocos, aunque retengan puestos decisivos. Lo cierto es que éstos no asumen el mote -Andrés Velasco lo rechazó por absurdo- y la propia Presidenta los auxilió calificándolos de "liberal progresistas". Si bien uno de los gritos de batalla de la movilización de la CUT fue contra esos elementos -en general, agrupados en Expansiva- algunos de los líderes socialistas que marcharon lo tienen claro: no se trata de ir contra la fuerza del mercado, que consideran impuesto a escala mundial, sino de humanizarlo. Y otros, más coyunturalmente, agregaron que no buscan desarmar el gabinete a la Presidenta, presionando por la salida de Andrés Velasco.

Así empatadas las cosas, lo que quedó de la jornada del 29 de agosto fue, más que una división entre dos almas, el contraste entre el cuerpo y el alma de la Concertación. A los dirigentes oficialistas que hoy están en el Congreso y las organizaciones sociales, y que desfilaron, como los del gobierno actual, en las protestas de los 80, todavía les palpita el corazón cuando ven a sus huestes movilizarse. Y más de alguno en La Moneda quisiera que les fuese bien y mejor de lo que les resulta. Eso lo expresó muy abiertamente el ministro de la Presidencia, José Antonio Viera-Gallo, que suele sorprender por su franqueza.

Pero los funcionaros a cargo del orden y la seguridad parecen enceguecidos por el poder cuando espetan frases dignas de un conservador: "El derecho a manifestarse termina cuando empieza el derecho de los demás a transitar normalmente" (subsecretario Harboe) . Es decir, el primer derecho no existe más que en teoría; lo anula el segundo. Y la intendenta Delpiano adelanta en la mañana que "la Alameda no se toca". Ella seguramente desfiló el 6 de octubre de 1988 cuando los triunfadores del No se tomaron la principal arteria santiaguina, causando la suspensión del tránsito. ¿En que quedó esa tarde el derecho de los votantes del Sí a desplazarse rutinariamente?

Una Concertación que asienta su cuerpo en el poder se contradice con el alma de quienes hoy reclaman por la justicia social, luego de tres lustros de postergar sus reivindicaciones. Todavía es más una cuestión de grupos conscientes u organizados -los pingüinos, los subcontratados del cobre y la industria forestal-, mientras la mayoría temerosa por la pérdida del trabajo y la falta de transporte sólo quiere laborar y recogerse temprano. Lo que se debe a que toda manifestación de masas se asocia a la violencia y el vandalismo de un lumpen proletariat cuyo resentimiento espeso arrasa con el deseo de expresarse, como quisieron, por ejemplo, hacerlo en su momento los ordenados desfilantes contra la cumbre APEC en Chile.

Un buen conductor político no puede calificar lo ocurrido el miércoles pasado de puro "terrorismo", anunciando que la Alianza, cuando sea Gobierno, perseguirá estas manifestaciones (Piñera). No importa el balance numérico de una jornada de protesta, ni siquiera si ésta ha sido difusa y mal conducida -por cúpulas a quienes les llegó la hora del relevo-, sino si expresó cualitativamente, en sintonía con la subyacencia, lo que los actores sociales están tratando de decir.

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