
Domingo 9 de septiembre de 2007
"¡Pregúntenle a Allamand, que es el encargado de los temas laborales de la Alianza!", ironizó el senador Pablo Longueira el martes, cuando un grupo de dirigentes sindicales le solicitó una cita para presentar sus demandas en la Comisión de Trabajo del Senado. La broma, que causó una risotada generalizada, no tenía gracia alguna para el legislador. Ofuscado, indignado, dolido y al borde del llanto, el representante de Santiago Oriente se aprestaba a hacer frente a una semana adversa, sólo comparable a aquellas del 2003, cuando era presidente de la UDI y debió enfrentar el caos del caso Spiniak, que terminó en marzo del año siguiente cuando el ex presidenciable Joaquín Lavín descabezó los partidos fueron destituidos Longueira y Piñera instigado por Andrés Allamand. Este último, paralelamente a la caída de los timoneles partidarios, se transformaba en el brazo derecho de Lavín.
En este episodio el senador por la X Región Norte que llegó a la Cámara Alta sin competencia con el gremialismo nuevamente fue el protagonista, ahora acusado por su otrora "socio" en la agenda laboral de la apropiación indebida de una propuesta que, según Longueira, le pertenecía. Otra vez, y en lo que Piñera denomina como "la enfermedad crónica de dispararse a los pies", la derecha vivió una semana donde los conceptos de traición y deslealtad marcaron la agenda, mientras que la palabra "unidad" quedó relegada a aquellos vocablos que figuran como letra muerta, todo ello con un añejo olorcillo a las reyertas que acompañaron la candidatura de Lavín y que terminaron por sepultarla.
AMOR MÍO, ¿QUÉ ME HAS HECHO?
Desde que asumió en el Senado, y cumpliendo el compromiso que adquirió para evitar una contienda con la "dama de hierro" de la UDI, la senadora Evelyn Matthei que deseaba postular por la X Región , Allamand se dedicó a tender puentes entre su partido y el gremialismo, aún herido por la sorpresiva irrupción de Piñera en mayo de 2005 en la carrera presidencial. Su rol lo desempeñó con eficacia y algunos dicen que involucró no sólo la cabeza, sino también el corazón, ya que inició un romance, que aún perdura, con la diputada UDI Marcela Cubillos. En 2006 debutó en dupla con Longueira en materia social en la discusión de la Ley de Subcontratación, y aunque en el epílogo del debate el ministro del Trabajo, Osvaldo Andrade, negoció directamente los términos del acuerdo con Longueira, quedó establecida la nueva pareja estrella de la oposición. La misma que rompió con escándalo, con recriminaciones mutuas y con un mutismo que sólo se horada para un frío saludo protocolar... de una sola vez, porque si se encuentran dos veces en el día, el desprecio propio de un par de "ex" se hace patente.
La historia del fin se remonta al 14 de agosto, cuando ambos conversaron con dirigentes gremiales de supermercados. Existe consenso respecto de que con ellos trataron cuatro materias: modificar la determinación del sueldo base haciéndolo igual al mínimo , remunerar los domingos trabajados, multar a las empresas por excesos en la jornada laboral y reglamentar el régimen de los empaquetadores. Lo que aconteció después de esto tiene dos versiones que contrastan entre sí. La de Longueira da cuenta de un vuelo Lan del 17 de agosto en que le habría explicado a Allamand por qué debían abocarse a legislar sobre demandas de los trabajadores materias que ha tratado durante años y que el 2006 lo tuvieron reunido con la cúpula de la CUT y de cómo éste se había comprometido a redactar los proyectos que llevarían la rúbrica de los dos. Después vienen los episodios ya conocidos: el parlamentario RN habría retrasado el envío de los bosquejos argumentando que el asunto no debía contaminarse con la movilización del mundo laboral y el viernes lo habría llamado para alertarlo acerca de una "filtración" a "La Tercera". La de Allamand, en tanto, no tiene fechas y se remite a una elaboración "de pe a pa" de las propuestas. Más allá de quién tiene la razón o quién miente en este entuerto, ante el país revivió una derecha de estocadas por la espalda.
TROPECÉ DE NUEVO...
Mientras las directivas encabezadas por Hernán y Carlos Larraín intentaron contener la debacle a través de la activación del Comité Ejecutivo, la instancia creada en la Convención de Valdivia en medio de las acusaciones cruzadas de haber roto el "fair play", Piñera observó con temor cómo el escenario que él le creó a Lavín poco a poco se comenzaba a rearmar, pero esta vez no sintió placer. Si ya la semana pasada, el accionista de Lan había frenado una queja pública de los parlamentarios de su colectividad en la cumbre valdiviana, preocupado por el efecto de las esquirlas de la polémica en su candidatura, ahora está de frentón angustiado.
En la Alianza es sabido que los sufragios que los separan de La Moneda son esquivos por dos motivos: razones ideológicas que corresponden al llamado voto duro o cautivo de la Concertación y electores que huyen por la ingobernabilidad que se le atribuye al conglomerado y que obedece a este tipo de conflictos.
De ahí que en la llamada que el jueves le hizo Piñera a Allamand la orden fue terminar la guerrilla de declaraciones, porque los costos en el corto plazo se cargan a la cuenta del inversionista, que no desea llegar a los comicios de 2009 con un pacto quebrado. El punto es que Piñera sabe, como lo demostró latamente hace más de una semana cuando condenó el "veto" del que se declaró víctima, que morderse la lengua no es fácil y que hasta las palabras más inocentes pueden ser, como diría Julio Cortázar, "perras negras". Un ejemplo de ello son las disímiles lecturas que acompañan una misma apreciación que resonó en los pasillos del Congreso durante esta confrontación. Allamand, para graficar su inocencia, lanzó un "ustedes a mí me conocen". Desde la UDI la réplica de uno de sus detractores fue un sarcástico "ustedes conocen a Allamand".