
Jueves 13 de septiembre de 2007
Esta mañana me levanté muy temprano porque me había propuesto pasar a buscar a mi abuelo, Eliodoro Yáñez, para traerlo a la inauguración de esta bella y moderna escuela que se levanta en torno a la vieja escuelita que él hizo construir aquí hace casi 100 años, en 1913. Convocar a los que ya se han ido es una forma, me parece, de sacarlos del lugar en que reposan, resucitarlos en el recuerdo. Le expliqué que por esta inauguración, sus descendientes habíamos resuelto donar en su nombre escritos a la Biblioteca Juan Emar que se ha instalado y que pudiera ser útil para reconstruir y recordar la vida que transcurrió en Lo Herrera cuando él vivía, y que pueden servir en la educación de los niños. Le dije que a esta idea se adhirió Editorial Andrés Bello, con una colección de 200 volúmenes de literatura infantil y juvenil, y le agregué que fue aumentada por la que acordó el Rotary Club de San Bernardo Sur, de modo que la Biblioteca Juan Emar podrá iniciar su nueva vida bastante bien equipada.
Pasó un rato en que meditó y en la carretera dijo:
-¿Me quieres decir que Juan Emar, mi hijo Álvaro, logró al fin la gloria literaria que le fue obstinadamente negada mientras vivió?
Le dije que Emar es considerado uno de los dos grandes representantes del surrealismo chileno, él en prosa, junto con Vicente Huidobro en poesía, y que -profeta anticipado en no menos de medio siglo- ha logrado un gran reconocimiento póstumo. Agregué que la donación incluye obras de las dos hijas suyas que también escribieron sobre Lo Herrera (María Flora y Gabriela) y de nietos y bisnietos que se inspiraron en estas tierras. Especialmente importante fue el ambiente intelectual, de honda creación espiritual del Patio de las Encinas.
-Ese patio ya no existe- señaló mi abuelo, como si lo hubiera visto desaparecer desde el lugar en que está -se lo llevó el tiempo, junto con las casas patronales. Sólo se conserva en el recuerdo.
Le repliqué que para conservar el recuerdo es que sus descendientes habíamos pensado entregar a la biblioteca la relación de lo que aquí había acontecido. Mi acotación pareció satisfacerlo. Agregué que la época del Patio de las Encinas constituía, a mi entender, un momento de oro de Lo Herrera, con la estación del tren a la entrada, el ramal que llegaba a las bodegas y el ferrocarril de trocha angosta que alcanzaba los potreros más lejanos para acercar la cosecha a esas bodegas por medio de carros tirados por caballos. En esa época prosperó la idea de construir una especie de centro cívico-rural, con el retén de Carabineros y la escuela en esta esquina, el almacén al frente y la medialuna del rodeo en la esquina encontrada. Recordé las críticas que le dirigieron los conservadores por haber construido una escuela que no serviría, según el criterio de ellos, más que para enseñar a futuros revolucionarios. Mi abuelo escuchó mientras nos acercábamos hasta acá, tras haber salido de la carretera, y me dijo:
-Estoy feliz de que me hayas traído, de haber pasado por el lugar donde estuvieron las casas patronales y el Patio de las Encinas, aunque ya no estén, así como de haber visto las bodegas y los silos que mirados desde las casas parecían torres de castillos encantados. Pero más feliz estoy de haber visto fructificar los ideales que sostuve en vida sobre el valor de la educación generalizada, accesible a toda la población, sin discriminaciones ni exclusiones económicas. Discriminaciones que sentí en mi propia vida. Como tú sabes, nací en la Chimba, el barrio pobre de Santiago y fui alguien de clase media que logró todo lo que llegó a ser gracias a la educación pública y gratuita. ¿Cómo no voy a estar feliz de ver renacer esta vieja escuelita que hice construir hace casi un siglo, convertida hoy en un gran centro educacional?
Habíamos llegado. Al estacionar el auto, Eliodoro Yáñez se bajó antes que yo, y por la ventanilla me dijo:
-Transmite mi felicidad, di que he estado contento de retornar, y agradece a todos los que han hecho posible un regalo tan hermoso para esta tierra que tanto amé, como a esos niños cuyo futuro tanto me interesó.
Luego desapareció tan silenciosamente como había llegado. Y como no está aquí, quiero señalar en su nombre y sus descendientes que estamos felices, agradecidos y esperanzados con esta escuela que se levanta al lado de la antigua. La donación de libros es tan sólo materialización de esta felicidad. Como he imaginado a mi abuelo retornando a Lo Herrera, quiero que este retorno exceda la mera simbología y se materialice en un cuadro con su retrato que entrego ahora a la Escuela Eliodoro Yáñez.
Versión de las palabras pronunciadas por un nieto de Eliodoro Yáñez en la inauguración de la nueva escuela construida en torno a la vieja escuelita edificada por él en 1913.