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  Soldaditos de plomo

Jueves 13 de septiembre de 2007

La Parada Militar es esa demostración de poderío que fascina a los niños chicos y a los niños viejos, una cosa que viene del siglo XIX, cuando las exhibiciones marciales de las repúblicas recién nacidas imitaban los fastuosos despliegues de ejércitos imperiales como el prusiano. Esa milicia es uno de los ejemplos que idolatraron los chilenos, que creían ser también imperiales, en una centuria en la que fueron inspirados por el imperio británico, que los había armado para proteger la conquista del salitre que sus compañías saqueaban en los territorios boliviano y peruano. Tan bien les fue a las salitreras británicas que Chile se estiró varias provincias hacia el norte.

Esa guerra de saqueo de los vecinos, que está en la genética de los ejércitos chilenos, constituye un hermoso ejemplo del origen de esta milicia que ahora dicen que se moderniza y que se transparenta, un discurso que no convence a observadores escépticos. Hay quien les cree y hay quien no les cree nada, quizás porque están frescas las imágenes no sólo de su barbarie, sino de las constataciones de su presente opaco, plagado de silencios y de omisiones sobre los derechos humanos o las leyes que los privilegian ante el resto de la población, como si fueran ángeles a quienes les encargamos que velen por nuestro sueño que a veces convierten en pesadilla.

Siempre he admirado los países sin FFAA, como Costa Rica, que se ahorran una millonada y son capaces de sobrevivir en un vecindario violento sobre la base de una diplomacia abierta y dialogante. Ese país que resistió el espantoso período de Reagan y Bush padre cuando el subcontinente se convirtió en centro de operaciones paramilitares y de narcotráfico para destruir las luchas democratizadoras de esos pueblos; estuvo al margen de esas guerras miserables entre otras cosas porque no tenía ejército. Se puede vivir y vivir bien sin él, pero esta sencilla sentencia representa un tabú en una sociedad donde las FFAA siguen siendo temidas por más que la transición se empeñe en publicitar acerca de su nuevo talante.

Cada septiembre renace la pasión por los soldaditos y sus despliegues de poderío, la marcialidad de sus reclutas y la elegancia de sus oficiales practicando ese paso de ganso prusiano que uno no sabe si va a seguir caminando hacia su cuartel o se va a desviar hacia tu domicilio. Los soldaditos marchando a ese paso sólo inspiran pena por el calor que les hacen padecer aunque ya no se tema que algún pelotudo insumiso use su desfile para desairar al Presidente que gobierna en la medida de lo posible.

Cada vez que se acerca la Parada y su parafernalia infantiloide, pienso en Costa Rica, que ha sobrevivido a todas las guerras sin armar a una casta endogámica para que el día menos pensado se dedique a faenar a su propia gente, como ha hecho este invicto aparato militar que nos cuesta un riñón y que en vez de asustar a los vecinos rencorosos se dirige con su armamento a todo el país. Cuando llega septiembre y la primavera llena la ciudad de sus fragancias, pienso en lo hermoso que debe ser vivir donde sólo los niños chicos y los niños viejos se dedican a jugar a los soldaditos de plomo.

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