
Domingo 16 de septiembre de 2007
El "Escúchanos, Señor, te rogamos" de la misa no se oía desde la calle. Tampoco la emoción de la viuda, y menos los comentarios de los generales atacados, porque las letras de la lápida eran poco legibles. El hijo mayor, simplemente no asomó la nariz en esta misa recordatoria de su padre. Ninguna amante hizo un escándalo exigiendo parte de su herencia ni llegó la nana querendona susurrando por su patrón. Un muro alzado con prepotencia tapaba parte de la parroquia. Así se resumió esta jornada fascista: si buscamos una palabra que pudiera describir el primer 11 de septiembre sin Pinochet, ésa es silencio. No hubo helicópteros sobrevolando el fundo de Los Boldos ni pajaritos cantando al son de la naturaleza. Y el día, tan lindo, era un oasis comparado con lo que sucedía en la capital. No hubo armas, guanacos ni militares en masa. Ni un insulto, que hubiera hecho esta crónica más entretenida.
En el perímetro de la propiedad no había banderas de luto ni vallas papales. Será que las usaron todas para enrejar la Plaza de la Constitución, que este año estuvo más custodiada que nunca, pero no había ninguna. Tampoco estaban los carabineros de Fuerzas Especiales que hicieron nata en su funeral. Ni el amigo Hermógenes, ni la amiga Maldonado, ni el fan Checho Hirane. Por lo tanto, el orden se resguardó solito, llegaron pocazos adherentes. Los camiones pasaban rápido sin detenerse en copuchar que este 11 de septiembre el general no respiraba.
El aroma a eucaliptos era lo más parecido a lo que conocemos como lealtad. Tiesos, plantados en masa y lo suficientemente altos para ocultar al mundo la vergüenza de no recordar como Dios manda a quien les dio la vida. Augusto Pinochet, el hombre duro de la dictadura, se apagó sin huella alguna: sin Diego Portales, ni Llama de la Libertad, ni estatua, ni museo, ni biblioteca, ni avenida en honor a su nombre, ni documental. ¡Ni siquiera una tienda de souvenirs para los extranjeros curiosos! Tal vez un chupete con su cara sería una buena forma de recordar que el poder se desvanece como un koyak.
¿Cómo va a ser una atracción turística si lo que queda de él no da ni para un tazón? ¿Qué dirán las agencias de viajes cuando llega un europeo a preguntar por sus restos? ¿Cómo explicarles que están en una iglesia de no más de diez bancas, a la que está prohibido entrar, pero que no se pierden nada porque la lápida, con suerte, lleva su nombre y el cargo de comandante en jefe del Ejército está escrito como a la rápida y ni se ve?
En fin, su gente generó tan poco ruido que para la próxima misa recordatoria habrá que grabar aleluyas y salmos. El muerto lleva nueve meses hecho ceniza y es como si tuviera siglos enterrado en esa cripta privada, tan pobre como el nicho del Guatón Romo. A una se le ocurre que, si Lady Di tuvo toneladas de pétalos y hasta Madeleine tiene sus florcitas en el jardín que la recuerda, algo así debe pasar, pero Pinochet no recibió ni rosas negras. ¡Qué horror! Gente mal agradecida, qué les cuesta hacer un memorial.
Porque Franco tiene su parque, el Valle de los Caídos, que es una cosa monumental. Y ni qué decir de Napoleón, que en París está convertido en parte de la ruta histórica: cientos de millones de personas lo visitan anualmente y hasta pagan por entrar a la iglesia Les Invalides. Si hasta Merino tiene su estatua en Valparaíso. Pero lo de su jefe es penoso, no lo quieren ni en los billetes del Gran Capital.
Sin exagerar, porque hay hasta cementerios para perros súper bonitos, pero el lugar donde están hechos polvo los huesos y los sesos de nuestro dictador es para ponerse a llorar: es frío y la iglesia tan chiquitita que no parece general, ni menos Presidente. Quizás hubiese sido más digno tenerlo en la Escuela Militar, porque allá en Los Boldos, en la soledad misma, ni siquiera puede andar como alma en pena. Y la gracia de los muertos es que penen, ¿no?
Pero pasado el mediodía, cuando pensaba en que esta crónica ni siquiera debería escribirse, apareció la señora Ana Leontina Flores, una fan bien gordita, de Santo Domingo. Ella es una viejita encantadora y agradecida, que llegó en camioneta con sus pancartas arrugadas, como heredadas de una protesta ochentera, y recordó que le había regalado una Biblia a Pinochet justo un día antes del atentado. Según dice, ella lo salvó y punto. Y yo le creo y la felicito, porque hay que tener patas para decir aquello. Pero la pobre doña Leontina se quedó mirando el muro y los portones que la separaban del finado con carita de ¡pucha!
Quizás el único que le dio cierto glamour a la memoria del bizarro prócer fue el cardenal Jorge Medina, con su paso lento y el cuerpo abultado por sus trapos eclesiásticos. Aunque él es un exceso en sí mismo, porque genera más miedo que piedad, fue el único personaje a la altura del muertito. Seguro que cuando se muera sí tendrá al menos un mausoleo y alguien que lo llore con honestidad.
Entre los pocos rostros que aparecieron estuvieron Iván Moreira, Luis Cortés Villa, Ricardo Izurieta, Cristián Labbé, la escritora María Soledad Olave y los hijos, Lucía, Jacqueline y Marco Antonio. Qué notable como los ex militares cambiaron los tanques por los 4x4, ¡qué forma de aglutinar millones esta gente! Las señoras anónimas que acompañaban a los invitados iban todas serias, como sacadas de un cementerio, y todos comentaban que había llegado hasta la viuda de Gustavo Leigh.
Lucía, para agradecer a los 15 fanáticos que llegaron a la misa de las tres de la tarde, lanzaba besos con esa voz de guagua que la caracteriza. Porque el chorreo del gen militar no llegó a los hijos del finado y no hay ningún general destacado que lleve su apellido o defienda su gran obra, como dicen ellos.
Y Ana Leontina, sola con su sombrero y su pancarta, esperó a sus amigas por una hora y media. La camioneta ruidosa hizo presencia para ingresar a la misa y una cumbia dedicada a Pinochet, que sonaba a todo dar, era como un insulto a la solemnidad del lugar. Julieta Aguilar, otra fan, llegó con un busto, igualito al que tenía la Gertrudis en su escritorio. Un cabo a cargo de la seguridad contuvo a la prensa con una sonrisa llena de humanidad castrense. Su pelo cortito y anteojos tipo Ray-Ban guardaban la compostura de un Ejército que conserva esa cosa de "mi general".
Definitivamente, nueve meses fueron suficientes para que sus leales compañeros no rezaran por él. LND