
Domingo 16 de septiembre de 2007
La celebración del ducentésimo aniversario del nacimiento de Bernardo O Higgins se realizó el 18 de agosto de 1978 con un multitudinario desfile de civiles adictos al régimen y otros tantos obligados a asistir , a través de veinte cuadras de la Alameda. Al día siguiente Pinochet partiría a Chillán para celebrar allí el cumpleaños el mismo día 20. Sin embargo era la ceremonia en Santiago, llena de voluntarias de la Cruz Roja y estudiantes secundarios que desfilaban como soldados, la más importante en términos simbólicos. No se trataba de un cumpleaños privado, con velitas y torta. Las pancartas marcaban el tono partisano y fundacional del evento: "Chile está primero", "Dignidad y soberanía", "Fuera las manos de Chile", "Ordene, mi general". "O vivir con honor o morir con gloria", se leía en el lienzo que portaban unos muchachos pinochetistas, haciendo alusión a la gesta "heroica" del régimen: Pinochet estaba convencido de que el 11 de septiembre de 1973 él podía haber perdido la vida, y reivindicaba continuamente a los militares caídos en las refriegas de las primeras horas como los únicos mártires válidos del nuevo proceso. Esto dijo la estrella del evento, con el agudo tono de voz y ese lenguaje plagado de adjetivos que caracterizaban sus discursos oficiales.
Nos atrevemos a afirmar que no es casual el hecho de que en los años que precedieron al 11 de septiembre de 1973 la serie de actos de descomposición política que vivía el país fueron acompañados de medidas que tendían constantemente a reducir el significado de nuestra historia patria, para así arrancar del corazón de los chilenos el respeto por nuestro pasado y el culto a sus figuras más nobles.
La acusación, extemporánea, tenía un propósito muy parecido al de los oradores del funeral de Bernardo en 1869: usar el cadáver para afirmar la idea de la familia chilena unida. Para Pinochet, desde luego, esta unidad no incluía a la izquierda que había derrocado y que en esos precisos instantes diezmaba.
Un año después, el panorama para Pinochet mejoraba. La guerra con Argentina era un fantasma y su poder era ahora incontrarrestado.
Gracias a una bonanza alimentada por el precio del dólar fijo y barato, el país comenzó a registrar tasas de crecimiento sobre el seis por ciento. En una alianza más práctica que estratégica, los "Chicago Boys", un grupo de economistas liberales, abrió la economía a los inversionistas extranjeros. Los aranceles aduaneros fueron rebajados unilateralmente y una serie de productos importados jamás vistos apareció en las estanterías de los supermercados. Los chilenos se endeudaban y viajaban. Si no eras un perseguido político, ni un torturado, exonerado o sindicalista, ni tenías familiares asesinados o en el exilio, y si tampoco eras parte de los millones de pobres que quedaban fuera del carnaval, el Chile de 1979, como el de 1869, era un buen país para vivir.
Pinochet podía ahora inaugurar con cierta tranquilidad la gran obra que tenía pensada para celebrar el bicentenario del nacimiento de Bernardo. Se trataba del Altar de la Patria, una estructura arquitectónica de ribetes megalómanos pero a la vez austera, ubicada frente al Palacio de la Moneda, la casa de Gobierno, que había sido destruida en el bombardeo aéreo del 11 de septiembre de 1973 y que en ese momento Pinochet restauraba. El "altar" no sólo albergaría la nueva cripta de Bernardo, sino también la Llama de la Libertad, una flama eterna que representaba el triunfo sobre el comunismo que el nuevo Estado pinochetista encarnaba.
LA FANTASÍA DE AUGUSTO
La ubicación del "altar" en el plano urbano de Santiago puede dar cuenta de las intenciones simbólicas de la dictadura militar.
Ubicado en el corazón del Barrio Cívico de Santiago, el "altar" rompía con la idea de los arquitectos que a partir de la década de 1920 proyectaron la serie de grandes edificios públicos y privados que rodean La Moneda y se extienden por los costados de la avenida Bulnes, frente a ella. El proyecto original contemplaba que al final de esta avenida debía construirse el nuevo edificio del Congreso Nacional. Así, los dos poderes, el Ejecutivo en La Moneda y el Legislativo en el extremo de la avenida Bulnes, quedarían mirándose frente a frente. Pero la construcción del "altar" en los agitados meses de 1978 y 1979 echó por la borda esta idea (que en todo caso llevaba décadas sin concretarse), separando la avenida Bulnes de la Alameda. Pinochet se trasladaría a la restaurada sede de Gobierno en 1981, el año en que su nueva Constitución empezara a regir, y quedaría mirando hacia el "altar". La identificación del régimen con la figura de Bernardo sería perfecta. No era necesario mirar al Congreso. Pinochet, como Bernardo, no quería uno.
El acto público del 20 de agosto de 1979 redobló la pasividad de aquél del año anterior. Era el momento de sacar a Bernardo del mausoleo en el Cementerio General y llevarlo al Altar de la Patria.
Típico del imaginario del régimen militar, las organizaciones civiles (Defensa Civil, Cruz Roja) y los estudiantes secundarios marcharon sobre la Alameda en estilo marcial. Tal como el año anterior, sólo había partidarios de Pinochet. Pero esta vez eran muchos más: 25 mil registra la cortesana prensa de la época. Solo el desfile de los clubes de huasos convocó a dos mil jinetes. Después de que el sonido de un clarín diera por inaugurado el edificio, fue el turno de Bernardo. La crónica es del diario "El Mercurio":
Un segundo clarín llamó esta vez al silencio y, calladas las bandas y estáticas las tropas, comenzó a avanzar lentamente la cureña tirada por caballos blancos. Solo el ruido de los cascos de los percherones y el rodar de la cureña eran percibidos por la multitud silenciosa...
Cuatro cadetes llevaron la urna a la cripta. Tras ellos ingresaron los miembros de la Junta y Pinochet. En el momento en que la urna de nogal se depositó en la tumba, de mármol de Carrara, varios tiros de cañón retumbaron afuera. Ya en la calle, Pinochet empezó su discurso repitiendo la idea del año anterior: que el Gobierno de Allende había apartado al país de los valores tradicionales que encarnaba Bernardo: " hoy este Gobierno dijo , que es de todos los chilenos, tiene el deber y la obligación de poner en su verdadero sitial el cúmulo de virtudes que conforman el alma del pueblo chileno". Luego contó una versión resumida de la vida del prócer. Dios, por supuesto, tenía que ver en esa biografía. "Era el momento dijo al referirse al comienzo de la Patria Vieja que el Todopoderoso le tenía reservado para situarlo en el umbral de la historia". Esta vez fue más explícito en el tema de los "timoratos" y del uso de la autoridad. Según Pinochet, mientras Bernardo estuvo en el Gobierno "fue necesario aplicar sanciones a quienes se oponían a la causa libertaria, tomar medidas drásticas contra los aferrados a los viejos esquemas, o a los pusilánimes o temerosos a perder posiciones". Él estaba llamado a hacer exactamente eso. "Tal cúmulo de medidas fue creando en el ambiente ( ) un rumor, al que no se le puso atajo oportuno". Por supuesto, Pinochet ponía atajos oportunos a todo lo que podía significar una pérdida de poder. El discurso se acercaba a su fin. Entonces dijo, en un párrafo que bien podía ser una metáfora del padrenuestro católico:
Padre de la patria, ilumina a nuestros ciudadanos en el verdadero amor a Chile, a su bandera, a sus leyes e instituciones de la nación por la que tanto hicisteis un día.
Embargado por la emoción, el tono de su voz se agudiza todavía más:
¡Valiente soldado de El Roble! ¡Vencedor de Chacabuco! ¡Héroe de Rancagua!: guía los pasos de este nuevo Chile al que tú siempre aspirasteis.
El aplauso fue estruendoso. Si alguna vez Pinochet fantaseó con la idea de que él y Bernardo eran figuras históricas similares, ahora se atrevía a proclamar públicamente esa fantasía. El Chile que Pinochet había reformulado, el que se identificaba con la autoridad y el orden, ese bastión de Occidente frente a la amenaza del comunismo, el que gozaba de vacas gordas económicas, el que recurría a las fuerzas de la noche para aniquilar a los adversarios políticos, era, por arte y magia de la política comunicacional del régimen, el que O Higgins siempre había querido.
LOS HUESOS DE BERNARDO
Sin arte ni parte en el asunto, los huesos de Bernardo descansaban ahora frente a la avenida que él soñó como una encantadora calle llena de álamos, fuentes de agua, niños, familias y cometas, y que en ese momento era una avenida repleta de fervientes partidarios del general Pinochet. Al juego de cadáver exquisito Pinochet había añadido un nuevo renglón. No solo Bernardo era el padre de la Patria, la figura que servía para unir al país, la que evitaba que los chilenos se desintegraran como nación a causa de las presiones sociales que habían transformado al resto de Hispanoamérica en un festival de anarquía. Pinochet había dibujado a Bernardo como su antecesor directo. El Chile de Pinochet, parecía querer decir esta ceremonia, era el de siempre, el original. Pinochet, por lo tanto, simplemente había devuelto las cosas al cauce del cual nunca debieron haber salido. Ajeno a los tumultuosos cambios ocurridos en los 137 años que mediaban desde su muerte, Bernardo no podía pronunciarse al respecto.
La vida continuaba, los exiliados seguirían un tiempo fuera del país, habría nuevos crímenes, Pinochet sería derrotado en las urnas, luego detenido en Londres, la nueva democracia chilena intentaría construir con relativo éxito un modelo capitalista y a la vez socialista, el país elegiría a una mujer como Presidente de la República; y no había nada que Bernardo O Higgins pudiera hacer al respecto, salvo seguir allí, varado en mitad del camino que va desde la tierra de los muertos al país de los mitos. LND