
Domingo 16 de septiembre de 2007
Uno. Chile fosforece en la noche de América Latina como un aparecido. Es su abrumador sentido común lo que sobresalta. Por ejemplo, en Argentina los ricos se odian a sí mismos y los pobres se odian a sí mismos. ¡En Chile no! Aquí los pobres odian a los ricos y los ricos odian con pasión, con método y sin tregua a los pobres. En Argentina la izquierda es blanca, culposa y elitista; en Chile parda, pragmática y mayoritaria. En Argentina los pobres votan por un partido de origen fascista; aquí los ricos se cortarían la mano antes de votar por un partido popular.
Cinco. Curiosa paradoja de los artistas. Suelen poseer una vitalidad por encima de la media. También, sin embargo, nacen con una conciencia aplastante de la inutilidad de todo. El colorido, el bocazas John Lennon rezonga: tienes que vivir, tienes que amar, tienes que tener a tu mujer satisfecha; pero es tan difícil; a veces creo que me derrumbo. Una tranquila desesperación suele marcar el principio y el final de estas vidas. En el medio, un empuje sobrehumano que tiene algo de la resolución vegetal de abrir las flores previstas aunque no sirva para nada.
Once. Fogwill dice algo parecido a esto: los malos escritores creen que una frase significa una cosa. Una buena frase significa una cosa, pero también, un poco, su contrario. Detrás de ese carácter doble o triple de la expresión artística están los deseos encontrados de morir pronto y de vivir más que nadie.
Catorce. Chile está llamado a dominar a la región, no económica o militarmente, sino ideológicamente, como domina un artista a su público, porque sus impulsos de vida y de muerte son extremos. El intimidante empuje de sus empresarios, su deprimente manera de comer o vestirse, la altísima calidad de sus producciones culturales, la asnal indiferencia de sus elites hacia esas producciones, su éxito consistente para reducir la pobreza, su clasismo sangrante, sus clivajes sociales, su patriotismo unánime, son algunos de esos extremos.
Dieciocho. Por lo tanto, felices fiestas.