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  Britney se desangra

Domingo 16 de septiembre de 2007

El mundo del espectáculo acoge desde esta semana un nuevo sinónimo de la palabra desastre. "Britastrophe" se le dice ahora en Estados Unidos a una tragedia ocurrida sobre un escenario y frente a cámaras con transmisión en directo, que es como nuestra época ha aprendido a concebir lo peor: delante del mundo.

La etimología del término no es difícil de pesquisar. Piense usted en una cierta rubia pasada de peso dentro de un bikini y con mirada perdida por culpa de algún antidepresivo. No tocar durante esta semana un mouse, un control remoto ni un diario habría sido el único modo de no haberse enterado de la lamentable performance de Britney Spears en la ceremonia de una otrora influyente cadena de videomúsica. Hasta Mauricio Bustamente pareció preocupado en el noticiario de la tarde. Un diario australiano decretó el nacimiento de "el nuevo Elvis" y un visitado sitio web llevó a varias columnas un obituario de "la carrera de Britney Spears" bajo el título "1998-2007, RIP". Un crítico estadounidense confiesa haberse sentido tan mal mirando a la ex diva hacer el ridículo como cuando Bush W. fue reelegido; y un grupo fundamentalista islámico le pone precio a su cabeza y la de Madonna como la de "prostitutas que divulgan la cultura de Satán".

No hay maldad mejor maquillada que la del sistema corporativo de medios del entretenimiento. Ni la publicidad es tan despiadada como un mundo en el que un kilo de más y una planificación que no sea sobre la base de la competencia se paga con sangre. No hay niño artista al que no nos guste ver humillado, excedido y perdido en su adultez; y ante cada nueva esperable caída suya pondremos cara de sorpresa y de "yo no fui". No es lindo hablar de Britney Spears en vísperas de una fiesta nacional, pero es probable que su problema sea también el nuestro, colonizados como estamos por la fuerza incontestable de aquello en lo que se ha convertido el pop: un entarimado vampiresco que ya no tiene nada que ver con nuestras vidas.

 

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