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  Ni para arrendarla

  Ni para arrendarla

Domingo 16 de septiembre de 2007

Cuando en Estados Unidos una película va directo al DVD sin pasar por las salas de cine, es un signo claro de la poca fe que le tienen sus productores. Pero en Chile, eso no es un problema, nuestras salas sobreviven más por las caras bonitas que por lo interesante de sus propuestas.

Claro que es válido decir que no todas las películas tienen que ser descollantes, avasalladoras o geniales, es más, buena parte del cine que vemos entra en la categoría de "buena con reparos", pero no se puede dejar de lado el hecho que las cintas son, más allá de sus actores, escenarios o directores, las historias que cuentan. Un filme sin algo que decir tiene la batalla perdida de antemano.

"El contrato" (The contract) es un buen ejemplo de esto: la dirige Bruce Beresford, el mismo de "Conduciendo a miss Daisy", y tiene como protagonistas a dos excelentes actores: Morgan Freeman y John Cusack. Pero más allá de estas cartas de presentación, la cinta no tiene sustancia y sirve de argumento para observar que estamos asistiendo a una proliferación de filmes que basan todo su poder de persuasión en atributos vacíos.

En sus países de origen, estas películas van de inmediato al cajón de la clase B, no porque sean malos productos, sino porque ante tanta avalancha de estrenos, el criterio para sobresalir es funcionar, o por lo menos intentarlo, como algo diferente.

La cinta de Beresford carece de guión, motivaciones y dirección. En ella vemos a un padre de familia (Cusack) que en pleno camping con su hijo, tiene la mala suerte de encontrarse con un ex agente de la CIA (Freeman), que hoy es un terrible asesino a sueldo. Su misión es llevar al tipo con la policía para evitar que supuestamente mate al Presidente de Estados Unidos, que casualmente está en la zona. A diferencia de cualquier cinta de acción, en la que un hombre común y corriente se transforma en un héroe, "El contrato" toma demasiado en serio querer ser convincente. Si en "Duro de matar", Bruce Willis nos parece simpático y hasta creíble es justamente por el dejo de sinsentido que es ver a un tipo que es capaz de volar un auto con un encendedor. Pero ni Cusack ni Freeman parecen contentos con el papel y sólo se dedican a repetir de memoria los diálogos poniendo cara de circunstancias.

El guión está lleno de agujeros. Cusack da golpes de karateca porque en su pasado fue policía, aunque ahora es profesor; el hijo conoce todos los recovecos del bosque porque semanas antes estuvo en un paseo escolar; Freeman, a pesar de ser un militar ultraentrenado, se dedica a matar gente que ni parece peligrosa. Todos estos baches, explicados con fórceps, son sutilmente tapados con la astucia de los técnicos de efectos especiales que dan peso a la historia arrojando autos a los ríos.

Quizás en televisión un sábado por la tarde la película podría resultar entretenida, pero su factura y los gastos salariales de tener a Cusack y Freeman no justifican el celuloide ni nuestra entrada.

 

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