
Domingo 16 de septiembre de 2007
El "Huevito" se llama Jorge, pero no debe haber nadie en el pasaje Lealtad del sector sur de Pudahuel donde él vive que lo conozca por ese nombre. A los 16 años ya está jubilado. Hace dos meses dejó de emplearse como "piloto", ofreciendo los paquetes de marihuana y cocaína distribuidos por su tío, el "loco Charly". Como si fuera en realidad un anciano amistoso, Jorge hace preguntas a los carabineros de Fuerzas Especiales que literalmente tienen sitiado todo el perímetro de su barrio, un día después de los disturbios del martes 11. La razón: En Laguna Sur con La Estrella murió el cabo Cristián Vera, policía de la subcomisaría que queda a unas tres cuadras de la esquina donde cayó mortalmente herido.
La muerte del cabo de 34 años, que enlutó desde la Presidenta Bachelet y especialmente a los vecinos del sector, marcó un hito que difícilmente se olvidará. El martes debía ser un 11 de septiembre más, pero terminó siendo una transmisión en vivo de la nueva cara que tiene la violencia en la periferia.
Tras las barricadas y al amparo de la oscuridad, ya no se ve a jóvenes reivindicando la subversión como forma de protestar por la dictadura pinochetista. Después de 34 años, ese espacio es propiedad del lumpen. Delincuentes y narcos que tienen en las poblaciones sus centros de distribución y en ocasiones como esta las transforman en pequeños campos de batalla.En las entidades dedicadas a la prevención y control de delitos, nadie desconoce que el fenómeno está vinculado seriamente a la operación de narcotraficantes.
El uso de armas de fuego de diverso calibre (fusiles, subametralladoras, revólveres y pistolas) indica a los investigadores que existe una provisión de armamento que tiene su origen en pequeñas organizaciones criminales preocupadas de surtir principalmente a jóvenes, reclutados como "soldados".
El fiscal especial designado para indagar los desórdenes ocurridos en el sector sur de Pudahuel, Emiliano Arias, afirmó que el narcotráfico y las armas "se encuentran ligados porque necesariamente los traficantes necesitan protección. Es un negocio riesgoso, ya que se producen quitadas de drogas [o mexicanas ]. Se genera mucha competencia. La protección es brindada con armas por los denominados soldados".
Los especialistas aseguran que los soldados quedan a cargo de las armas y que, durante los períodos en que no hay trabajos ligados a la droga, los jóvenes se transforman en delincuentes comunes, dedicados a robos con intimidación.
La gente los reconoce en los barrios. Son temidos y no trepidan en hacer aspavientos de su condición de "pistoleros". Y en ocasiones como el "11" o el Día del Joven Combatiente (29 de marzo), donde hay choques con fuerzas policiales, estas minimilicias se enfrentan y hacen ostentación de su poder de fuego.
David Traslaviña, sociólogo de la Municipalidad de Pudahuel, cuenta que estos jóvenes "consumen drogas y tienen armas. Llegan al delito protegiendo narcotraficantes. Se validan ante sus grupos disparando en este tipo de ocasiones. Se validan ante sus pares, pero no hay una motivación tan específica".
Un alto número de detenidos formalizados este último 11 tiene antecedentes por delitos de robo, tráfico y porte ilegal de armas.
"LOS MALOS ESTÁN ALLÁ"
Mientras otros niños de la misma calle de Pudahuel parecen encandilados con las armas y el equipamiento medio robotizado de los policías, el Huevito está interesado en saber cuáles son los requisitos para entrar a alguna escuela matriz y cuánto hay que prepararse. "Mucho", le dice un cabo de tez cobriza y mediana estatura no muy diferente a él antes de terminar la conversación, con una sonrisa entre tímida y compasiva. Entendiendo que no es necesario ser realista y menos quitarle la ilusión de cumplir su meta: ingresar como voluntario al servicio militar y "aprender un oficio para tener un trabajo y ser una persona útil", dice.
A simple vista, para lograr su objetivo, el Huevito tendría que cambiar de forma drástica las marraquetas con margarina por tazones de avena, frutas y leche entera. Dormir ocho horas y salir a correr en vez de tomar alcohol en las tardes, con los pocos amigos que le quedan. Tiene la voz gastada, la cara huesuda, los pómulos hundidos y sus ojos no brillan. Cuesta creerle que dejó la pasta. Todavía tiene las huellas de los tres papelillos que le tocaban de comisión por ayudar en el negocio de su tío y de su abuela, que organizó la distribución de la droga usando una verdulería como fachada.
Su familia no era la única que vendía en el pasaje, pero sí los primeros en usar la táctica de atajar a los clientes en la esquina para que no se desviaran hacia las dos casas que en la cuadra representaban a la competencia. "Nos fue rebién, pasamos una pascua bonita, me compré ropa Adidas verdadera y una tele que tengo todavía en la pieza", cuenta.
Pero en este mercado de microtráfico no caben todos. Hace un año, "el Perra Flaca le disparó en las piernas a mi tío y lo dejó cojo para siempre", cuenta Jorge, quien entendió la señal y se retiró del negocio.
El Huevito es un ejemplo de lo que puede pasarle a cualquier niño de la "población", como se refieren al barrio sus habitantes. Viven 85 mil personas, en su mayoría provenientes de campamentos, y allegados de Cerro Navia y Estación Central. Aunque tiene el perfil de una población marginal, el sector es de clase media-baja.
La esquina donde cayó herido mortalmente el cabo Vera es el "barrio alto" de Pudahuel Sur. Está plagado de locales comerciales. Ferretería, carnicería y otros negocios o casas, cuyos antejardines están transformados en salón unisex o pequeños expendios de comida rápida. "Los malos están allá", dice apuntando hacia el sur Fernando Ortiz, un cliente gordo de la fuente de soda Primavera, a pasos de la parroquia Santa María del Sur. "De Oceanía hacia el poniente está la droga y la prostitución, lo sé porque he pasado en auto", añade.
Aquí todo el mundo sabe dónde está el peligro "demasiado cerca de la gente buena", agrega Margarita Hernández en medio de una conversación con otras mamás, a la salida del Colegio Monseñor Enrique Alvear, donde estudian sus dos hijos.
Empleada doméstica en una casa de Vitacura, teme por el mayor, de 12 años. "No lo dejo salir a la calle, menos cuando oscurece, porque ahora se ve tranquilo pero no es lo mismo en la noche. Ahí empiezan a salir los cabros a la esquina a pedir plata para comprar trago, pitos y falopearse", cuenta. Su testimonio desata la opinión de las demás. "Mi hijo tiene 24 años, no le doy ni uno, pero siempre llega drogado y con alcohol, no sé de dónde saca plata", confiesa Nolfa. La respuesta es sencilla. No es difícil adivinarlo. En diciembre pasado su hijo fue baleado también en las piernas en un incidente con el dueño de una botillería. Como muchos jóvenes de este lugar, dejó el colegio antes de los 18 años y se dedicó a las "malas juntas", como le dicen en el barrio a las relaciones asociadas al delito.
Tan común como la deserción escolar, son los incidentes con armas de fuego. Durante la reconstitución del asesinato del carabinero, realizada el viernes, Verónica, de 11 años, y el resto de sus compañeros de curso aseguran que "el guaro" (una abreviatura de "guarén", el apodo de su padre) detenido por el homicidio "no es culpable porque él andaba con una nueve ", repiten a coro refiriéndose a una pistola de 9 milímetros con entera familiaridad.
En el comercio informal se puede conseguir un arma como ésta a 40 mil pesos, mientras que una nueva cuesta 300 mil. Nolfa dice que "siempre los carretes terminan con balazos al aire, incluso mi hijo se ha peleado con sus propios amigos, es que se curan y pierden el control", cuenta.
Pero con la misma desconfianza con que se aprecian los males que aquejan a los habitantes del sector, algunos vecinos recuerdan cuando esa misma noche del 11, después de que algunos grupos saquearon locales comerciales, al interior de los pasajes, los adultos, hombres y mujeres, esperaban la repartición del botín, sin hacer escarmiento del robo.
EL MÁRTIR VERA
La bala que mató al cabo Vera era calibre 9 mm. Una vez que Eduardo Espinoza Bórquez, de 18 años, fue detenido como principal sospechoso del crimen, en su domicilio se incautaron dos armas. Una de ellas tenía el mismo calibre del proyectil mortal.
El titular de la Segunda Fiscalía Militar de Santiago, Roberto Reveco, tiene plazo hasta este lunes para determinar la situación procesal del joven. Los dos peritajes fundamentales para concluir si Espinoza es el asesino consisten en dilucidar si la bala salió o no de su pistola, comprada en el mercado negro.
Fuentes judiciales dijeron a LND que es muy probable que dichas pericias no estén listas antes de mañana. Por ende, a Reveco sólo le queda la opción de someter a proceso al sospechoso como autor de homicidio frustrado, ya que está acreditado que disparó su arma en contra del grupo de carabineros, dentro del cual se encontraba el cabo Cristián Vera.
La policía demoró menos de 24 horas en detener al sospechoso. En ello, tanto la policía uniformada como el Ministerio Público reconocieron ayuda de los vecinos del sector, que facilitaron información no sólo de Espinoza Bórquez, sino que de otros jóvenes que participaron en los violentos disturbios.
Pero la colaboración espontánea también esconde otra realidad. Los grupos que controlan parte del microtráfico que existe en el sector habrían entregado datos a la policía. El objetivo sería evitar que mayores operativos policiales provocaran la intervención de los domicilios donde hay pertrechos de droga y armas.
Pudahuel Sur no es un sector reconocido como un importante foco de tráfico. Prueba de ello es que la Fiscalía Occidente no ha logrado determinar la existencia de bandas organizadas que se puedan comparar a las que existen en lugares como La Legua o La Pintana.
El fiscal Arias asegura que "no hay crimen organizado, sólo pequeños grupos organizados en familias. Cada casa que vende droga es un grupo que compra, provee, cuida y se resguarda de la presencia policial o cualquier riesgo. Son microorganizaciones".
En lo que va corrido del año, en toda la comuna de Pudahuel se han allanado 70 viviendas, se han registrado un centenar de detenidos y la incautación de armas hechizas y escopetas, cuyos dueños han copado territorialmente las calles y están convirtiendo las poblaciones en reductos "liberados". Pero a diferencia de hace 22 años, los combatientes no son los hermanos Vergara Toledo, asesinados en Villa Francia peleando contra la dictadura, sino el cabo Cristián Vera, baleado mientras cumplía su compromiso de cuidar a la gente. LND
