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Jueves 4 de octubre de 2007
"Un pedazo de sol metido dentro de un tarro de vidrio", dice Claudia Di Girolamo para referirse a las ampolletas que no conoce. Amparo Noguera y Catalina Saavedra la siguen con un castellano mal hablado, que suelta palabras como "eleutricidad" y "piende", en un escenario que estaría vacío sino fuera por un piso, tres sillas y una caja de madera que observan como si fuera una televisión.
La escena, de una soledad absoluta, es dirigida por Rodrigo Pérez y es parte de la obra "Las brutas" -que se estrena hoy en el Centro de Investigación Teatro de la Memoria-, escrita magistralmente por Juan Radrigán en 1980. Una pieza que se pone en el lugar de tres campesinas que se ahorcaron en un sector cordillerano de Copiapó en los setenta, para hablar de marginalidad con una poesía tan corriente como potente: "Los que no están aquí, están muertos", dice otra.
"Página por medio hay una frase así, la contundencia de las ideas es sorprendente, pues su lugar de origen es el sentido común. La obra es perfecta", cuenta Pérez.
Ni que lo diga. Desde mediados de los noventa ha montado siete de sus obras: "Fantasmas borrachos" (1997), "El príncipe desolado" (1998), "Perra celestial" (1999), "Medea mapuche" (2000) y "Digo siempre adiós, y me quedo" (2002); además de "Pueblo del mal amor" y la propia "Las brutas", en el Centro Dramático Nacional de Normandía, donde la traducción transformó en un relato épico, un hecho que no tuvo mucho de resiliencia.
MARGEN REAL
En 1974, tres hermanas de origen coya y pastoras al interior de Copiapó, aparecieron en una roca saliente, ahorcadas, atadas por la cintura entre sí y sus perros junto a ellas, colgados también. En un extraño ritual, sus cabras y ovejas estaban degolladas, aunque en la modesta vivienda no había una gota de sangre.
"En la prensa de la época se habló desde ovnis a militares, pero la única explicación posible es la soledad y ahí entra Radrigán desde una poética política: todos se fueron y las dejaron botadas, en un ejercicio del poder centralizado que las deja más al margen aún. Es gente que no tiene ninguna injerencia en la discursividad del poder", sostiene Pérez.
Amparo Noguera toma la palabra: "Ellas fueron abandonadas por la sociedad, es algo que Radrigán plantea en casi todas sus obras. La gente marginal no está ahí por que quiere, sino porque las pusieron ahí y ese destino no lo pueden cambiar".
-¿Qué dificultad actoral plantea que éste sea un hecho real?
-No estamos haciendo una copia, porque el hecho real tiene una fuerza muy grande. No podemos aspirar a mostrar un suicidio, sino a narrar la historia de tres mujeres que se suicidaron en el norte: entrar en esa soledad, reconocer su dignidad y conectarnos con eso, porque ellas no hablaban con megáfonos y mirando al horizonte. Sólo podemos narrar esta historia apelando a lo cotidiano.