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  El solitario poder del general paquistaní

  El solitario poder del general paquistaní

  Pese a que logró firmar un acuerdo de reconciliación con su ex rival política Benazir Bhutto, Pervez Musharraf no tiene muchos amigos y su popularidad sigue cayendo. Paradójicamente esto no tiene mucha importancia cuando se tiene el poder que él concentra y -con seguridad- hoy logrará el apoyo parlamentario que requiere para la reelección.

Sábado 6 de octubre de 2007

El asediado Presidente de Pakistán Pervez Musharraf declaró una vez: "No soy para nada un político. No creo estar hecho para la política". Paradojas de la vida: ocho años después de tomar el poder y exiliar a sus principales adversarios civiles, el general mueve cielo y tierra para aferrarse al poder político.

Aunque tomó el poder mediante un golpe incruento, su popularidad en ese momento era indudable. La ciudadanía se había cansado de un régimen civil caracterizado por la corrupción y el caos económico. La franqueza e integridad personales de Musharraf atraían a la gente de la calle y le brindaron una legitimidad de facto.  

El general, que ofrecía como su modelo al padre de la Turquía moderna Kemal Ataturk, parecía también representar una visión que combinaba crecimiento económico con respaldo para los impulsos secularizadores. Pero, debido a su poca inclinación a basar el apoyo a su régimen y sus políticas en las urnas electorales, Musharraf logó desvirtuar ambas cosas.  

A lo largo de los años, "arregló" referendos, interfirió con el poder judicial y pidió a los partidos islámicos que lo apoyaran para apuntalar su Gobierno. La visión modernizadora de un Presidente degeneró en la miopía de un dictador motivado por el poder.  

En marzo, destituyó al presidente de la Corte Suprema, Iftikhar Muhammad Chaudhry, probablemente porque éste objetó que Musharraf buscara un tercer período presidencial constitucionalmente cuestionable. Ello desató oleadas de protestas en las principales ciudades de Pakistán y aunque finalmente la corte autorizó la votación de hoy en la Asamblea Nacional (que de seguro aprobará su reelección), tendrá que esperar por una ratificación judicial.   

Aunque a Musharraf no le gusta nada depender de la justicia, en su situación debe mostrarse cauto y, si es posible, democrático. Las encuestas muestran que el apoyo al general ha caído a un tercio de la población y que dos tercios se oponen abiertamente a su reelección.  

Simultáneamente, se ha registrado una considerable erosión en el apoyo que le brinda Estados Unidos, su más fuerte aliado. Después de que tomó el poder, Washington apreció la disposición de Musharraf para combatir a Al Qaeda y al Talibán afgano en su territorio, a cambio de grandes infusiones de ayuda militar. Pero, dada la larga relación entre los militantes islámicos y los militares en Pakistán, los límites de hasta donde estaba dispuesto a llegar Musharraf  quedaron en claro.  

Musharraf desespera ahora por rogar, arrebatar o pedir prestada cualquier legitimidad política que pueda conseguir, incluso por parte de dos líderes políticos civiles a los que exilió.  

Su estrategia más ambiciosa -y que finalmente le dio el resultado esperado- fue una alianza con Benazir Bhutto, jefa de uno de los dos más grandes partidos democráticos. Bhutto vio esto como una oportunidad para terminar su exilio y facilitar su objetivo de ser Primer Ministro con un socio políticamente herido.

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