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Lunes 8 de octubre de 2007
Los lobos tienen prestigio en la mentalidad europea: son siglos de convivencia que, con la extinción, van a terminar. La imagen del lobo como representante del mal, o la crueldad, persiste. Esta extraña novela -"Fantasmas del invierno", del español Luis Mateo Díez (1942), no muy conocido en Chile- comparte con otras narraciones españolas la obsesión por la posguerra. La guerra civil del 36 al 39 dejó una marca feroz en sectores porfiados del inconsciente colectivo. Los lobos dejan huellas en la nieve: la ciudad de Ordial, "en un año de posguerra", es cubierta por el manto blanco y frío, y los lobos bajan desde los montes aledaños. ¿Buscando calor humano? En el hospicio muere asesinado un niño, y el comisario Alicio Moro concluye: el niño no fue solo al lugar donde hallaron su cadáver, y no se suicidó. También aparece el Diablo, en persona, opinando de lo humano y lo divino en la emisora clandestina local.
A esta ciudad vino el dictador Francisco Franco a despedir a la famosa Legión Cóndor, y a inaugurar una central eléctrica, y a pescar la más grande trucha, la mejor cebada. Aun así, con tales trazos históricos, es ésta una novela metafórica, alegórica, casi fantástica en su indagación de las huellas de la guerra y la posguerra en el alma de sus habitantes, que filosofan sin esperanza: "La inocencia se contamina con la desgracia", dice Voldián Peña, y luego: "Hay inocentes... pero no estoy seguro de que quede inocencia, la hemos fusilado". Antes, el carterista Maturino, cuando le dicen que devuelva lo robado, dice: "Soy un hombre sin conciencia, pero fiel a lo que hago".
Tal vez el niño asesinado sea el hijo secreto de otro ladrón al que llaman Celeridades, y que se está muriendo, él mismo, con sus dos dedos "más virtuosos" rotos por el tormento de la policía de otro pueblo.
De todo eso, relaciones humanas signadas por la desgracia y la muerte, habla el narrador como si se tratara de una leyenda sombría, cargada de culpas y remordimientos. La memoria, aquí, es un pozo de frías aguas estancadas y, a la vez, incurables. El piloto Klüber, que debe su apellido alemán a las equívocas alianzas entre Franco y el Führer, cuando las guerras ésas, sobrevuela Ordial con ganas de bombardear. Hay un árbol que recuerda al de Gernika. "El remordimiento no existe", le dice Klüber a su amigo Voldián, "no soy cristiano, no me confundas. Es la muerte el único dios...". Novela compleja (como dicen ahora), bien escrita y poco alegre, para lectores de fuste, inmunes a la bipolaridad.
FANTASMAS DEL INVIERNO
Novela
Luis Mateo Díez
Alfaguara, 2005. 362 páginas