
Domingo 14 de octubre de 2007
Más de un millón de ciudadanos armenios fueron asesinados en Turquía durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial. Las masacres, que podrían considerarse algo del pasado distante, mantienen, sin embargo, plena vigencia. Lo ocurrido en 1915 es debatido actualmente en el Congreso de Estados Unidos y, esta semana, el Comité de Asuntos Extranjeros votó, por 27 contra 21, a favor de condenar trágicos episodios acaecidos hace casi un siglo.
La decisión indignó al Gobierno turco, que ha amenazado con enfriar sus relaciones militares con Washington. Un comunicado de su Ministerio de Relaciones Exteriores puntualizó: "Es inaceptable que la nación turca sea acusada de algo que nunca ocurrió en la historia". Además, en otro gesto de una escalada diplomática, Ankara llamó para consultas a su embajador en Washington. La advertencia, en todo caso, preocupa al Pentágono, pues el 70% del tráfico aéreo de pertrechos bélicos destinados a Irak y Afganistán pasan por la estratégica base de Incirlik, ubicada al sur del país otomano. Ankara es, después de Israel, el más sólido aliado de Estados Unidos en la región, y el único país musulmán con el cual Occidente comparte una visión estratégica: los turcos constituyen uno de los puntales de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Pese a ello, el régimen turco suele cumplir con las represalias que anuncia en contra de países amigos. En octubre de 2006, el Parlamento francés aprobó una ley que sanciona como delito el negar el genocidio de los armenios, y desde entonces la cooperación militar entre Ankara y París está congelada.
En Turquía abundan, en todo caso, las voces que exigen un debate franco sobre la masacre de los armenios y otros. Exactamente hace un año se confirió por primera vez el Premio Nobel de Literatura a un escritor en lengua turca, Orhan Pamuk, quien fue llevado ante los tribunales por proclamar: "Lo repito, lo digo claro y fuerte, que un millón de armenios y 30 mil kurdos han sido asesinados en Turquía". La acusación por difamación contra Pamuk fue considerada inaceptable por la Unión Europea (UE), pues negaba los derechos esenciales de las libertades de conciencia y expresión. Pero el juicio, que iba camino de convertirse en un punto de fricción para el ingreso de Turquía a la UE, provocó más debate fuera de la corte que dentro de ella. En definitiva, el escritor fue exonerado de todo cargo por los tribunales.
El asesinato de cientos de miles de armenios no está en discusión. El debate gira en torno a si se trató de un genocidio o de una serie de matanzas. Es una distinción de enorme importancia. El genocidio es el peor de los crímenes contra la humanidad, y consiste en un esfuerzo deliberado y masivo por exterminar a un grupo nacional, étnico, racial o religioso. El concepto fue acuñado en Estados Unidos, durante la Segunda Guerra Mundial, y está compuesto por dos palabras de lenguas clásicas: del griego la palabra genos, que significa raza o tribu, y del latín la palabra cide, que significa matanza. Entonces se buscaba una forma de describir lo que ocurría en la Alemania nazi. Y, a propósito de la importancia de la historia y de no tolerar precedentes nefastos, vale la pena recordar el siguiente episodio: uno de los generales del dictador Adolfo Hitler le preguntó cómo enfrentarían las acusaciones frente al planificado Holocausto de millones de judíos. Hitler respondió con una pregunta: "Después de todo, ¿quién habla hoy de los armenios?". Cuán errado estaba el genocida nazi. Los armenios no están olvidados y, en lo que toca a Alemania, este país ha debido vivir bajo la sombra y la vergüenza de crímenes aberrantes. Tampoco los turcos han podido escapar al juicio histórico.
La versión oficial turca sobre la suerte de los armenios señala, primero, que las víctimas no fueron tantas. Además, que no cabe hablar de genocidio, pues nunca hubo la intención de exterminarlos. Lo ocurrido, dicen, fue que muchos armenios colaboraron con los rusos, enemigos de Turquía, durante la Primera Guerra Mundial. En consecuencia, fueron combatidos y forzados a abandonar sus aldeas cerca de la frontera rusa. Las marchas forzadas resultaron fatales, pues hombres, mujeres y niños, arreados como ganado y sin recibir comida, fueron atacados por otras poblaciones. Así, muy pocos llegaron a destino. En todo caso, concluida la guerra, algunos oficiales turcos fueron juzgados por su propio país.
Las fricciones sobre el destino de los armenios muestran hasta qué punto establecer una verdad histórica es fundamental para reconciliar a los pueblos. La sombra de hechos ocurridos hace tantas décadas todavía opaca el presente de la Turquía moderna. LND
