
Domingo 14 de octubre de 2007
Todo menos votar por Sebastián Piñera en las próximas elecciones presidenciales. Esa pareciera ser la premisa de la UDI. La pesadilla de verse obligados, una vez más, entre elegir un candidato concertacionista y su adversario natural, pareciera impulsar la labor política de los gremialistas en el último tiempo. La sola idea de verse obligados a plegarse ante el empresario inquieta a las huestes derechistas y, por lo mismo, los lleva a buscar y levantar, por todo los medios, una alternativa al controlador de Lan. ¿Pero quién o quiénes son los culpables del interés permanente de la UDI por distanciarse de Piñera? El propio candidato presidencial de RN. Por sus modos, su estilo, su discurso, su desvinculación con la sensibilidad de sus "aliados", por su insostenible pretensión de ser él y sólo él el único capaz de "desalojar" a la Concertación del poder.
Si Piñera generara más empatía en la ciudadanía y entre sus aliados, no ocurriría lo que ahora pasa. Si entendiera mejor la doctrina, la ambición y las aspiraciones de los seguidores de Jaime Guzmán, entonces sería menos arduo disciplinarlos detrás de su opción presidencial. Si respetara mejor las jerarquías políticas, si se jactara mucho menos de su condición privilegiada en las encuestas, si intentara hacer labor partidista antes que mediática, si pretendiera tejer alianzas con sus pares a nivel más programático y estratégico que puramente discursivo, entonces no ocurrirían estos peculiares debates semánticos sobre los bacheletistas-aliancistas.
En la nueva crisis de la derecha se revelan dos conflictos que parecieran endémicos: la dificultad permanente en superar la filiación a la dictadura y, por lo mismo, su incapacidad de entender la práctica política de manera homogénea en la Alianza. Ambos problemas tienen como elemento común al señor Piñera y su forma de posicionarse mediáticamente. La pleitesía derechista al dictador dejó de unificarlos hace tiempo. En eso, Piñera siempre ha equivocado la estrategia. Una cosa era entender que para generar empatía con la mayoría de los electores debía apartarse de la dictadura y otra era jactarse de ser el único en la derecha que votó que no. Una cosa era marcar su diferencia con la derecha más comprometida con el golpe militar y otra muy distinta es darle la espalda a personeros estratégicamente necesarios (inclusive dentro de su propio partido).
La coherencia ideológica no está reñida con la habilidad política. Pero eso es difícil de entender para un candidato que no tiene ninguna de las dos cualidades.
Para la derecha, y en especial para Piñera, también ha sido difícil sentirse despojados de algunas banderas que se arrogaban como exclusivas. Con el advenimiento de la democracia y el rotundo aggiornamiento de los partidos o políticos concertacionistas, la derecha se sintió despojada de sus premisas básicas, como la defensa del libre mercado, la búsqueda de un Estado eficiente y más pequeño, la profundización del modelo económico estructurado en la lógica de un capitalismo acentuado, entre muchas otras. Frente a la profunda renovación de los concertacionistas, la derecha tuvo siempre complicaciones para replantear un discurso que vinculara sus antiguas banderas con una propuesta renovada de gobierno desde su filiación ideológica. Y ahí nuevamente Piñera equivocó su propuesta política ante este dilema derechista.
Una cosa es mirar desde la vereda de enfrente del conglomerado el apoyo de personeros de la UDI a políticas económicas implementadas por los economistas liberales de la dictadura, y otra es jactarse en demasía de que él siempre se preocupó por hacer lo que los otros no hicieron. Una cosa es mostrarse como un empresario emprendedor, y otra muy distinta es transformarse en uno de los representantes de su gremio más odiado por sus pares precisamente por su deslealtad.
En esta polémica periodística de declaraciones de políticos UDI es importante ver más allá de lo evidente. Los dichos de Lavín, el apoyo de Pablo Longueria y detrás de ellos los alcaldes que se han sumado respaldando más el fondo que la forma de la ya famosa expresión, hay varias lecciones. Por un lado, reconocer que, más allá de lo transversal de cierta mediocridad en la clase política chilena, también existe una transversalidad en la misma elite que tiene una visión (o una intención) compartida de construir un discurso país, una política de acuerdos en pro del interés común, en el presente y en su proyección hacia el futuro. Y una vez más, Piñera no participa de esta manera de hacer o entender la política, víctima de su óptica unipersonalista de ver la sociedad y su ambición desmedida por aspirar al poder única y exclusivamente desde la lógica de sentirse el único capacitado para cambiar el rumbo de Chile.
Una segunda lección que rescato es el nivel discursivo de la política chilena. Porque más allá de la infaltable y a veces desmedida retórica que separa el discurso de los políticos de sus actos o sus compromisos reales, existe una base en la mayoría de ellos de "credibilidad" propia de sus dichos vinculados a sus prácticas. Algunos señores políticos, como en todo el continente, tienen esos modos negativos de privilegiar el trabajo discursivo por encima del práctico. Pero eso dista mucho de convertirse en un político con una credibilidad igual a cero cuando se expresan todo tipo de opiniones para todo tipo de circunstancias. Piñera, en su campaña existencial por ser el hombre más poderoso de Chile, no alcanza a observar que los políticos conocen de límites entre las aspiraciones personales y las pretensiones colectivas.
En las democracias actuales no se puede aspirar a conseguir la intención de voto de la mayoría del electorado si no se comienza por afianzar la base política partidista que entrega su respectiva plataforma y confianza como candidato. Es decir, antes de pretender alcanzar más del 50% de votos debería asegurarse el electorado "duro" que le brindarían los dos partidos para aspirar a recibir la preferencia electoral mayoritaria. La segunda lección es mucho más evidente y simple. Los dos mandamases de la UDI, en la práctica, le informan a Piñera que para aspirar a ser Presidente se necesita mucho más oficio político que el demostrado por el candidato de RN hasta ahora. Porque si bien hoy los electores son influidos por las encuestas y por los posicionamientos de los candidatos ante los mass media, también no es menos verdad que se necesita mucha más presencia, coordinación y empatía con la elite política, al menos, y obligatoriamente, con todas las fuerzas que esperas que te respalden el día de mañana en los comicios.
En definitiva, si Piñera no asume sus limitaciones y necesidades, jamás llegará a ser serio aspirante a representar a un colectivo que le brinde la oportunidad de acercarse a la mayoría. LND