Hace unas semanas me topé con "Bernardo", la biografía de O Higgins escrita por el periodista Alfredo Sepúlveda. Un libro de casi 600 páginas que, como bien lo reseña el autor, no es la historia de una estatua, sino la de un hombre. Sepúlveda se encargó de despojar al héroe de toda la prosopopeya con que lo adornan los textos escolares y los retratos de museo. Precozmente abandonado por sus padres, enfermizo y de poco carácter, O Higgins pasó hambre, humillaciones y pagó todo el clasismo de la empingorotada sociedad colonial, que lo trataba de "huacho hijo de puta". Tal vez fue por eso que cuando concentró el poder se portó como un cabrón que no tuvo remordimientos en pasar por sobre lo que fuera con tal de lograr sus afanes. Su perfidia llegó a tal, que al padre de los hermanos Carrera, ambos fusilados en Mendoza, le cobró el importe por la ejecución de sus hijos.
Pero Sepúlveda no se refiere solamente a O Higgins. A José Miguel Carrera lo pinta como un malcriado insoportable que quería vestirse de héroe para demostrar a su padre que no era el holgazán inoperante que suponía, y a San Martín como un tipo básicamente atormentado. Un opioinómano que usaba el alucinógeno para calmar sus males corporales. Perspicazmente el libro sugiere que la lucha independentista, además de feroz y sanguinaria, fue también un choque de vanidades, petulancias y quijotismos, en la que, blindados por la causa patriótica, operaron bandoleros, rufianes y abusadores. Probablemente hoy en día, O Higgins habría sido diagnosticado como un sicótico con delirios mesiánicos y encerrado de por vida en un siquiátrico. José Miguel Carrera lo habría pasado mejor matando su ansiedad de niño rico arriba de un BMW descapotable y tirándose a cuanta modelo farandulera existe, y a San Martín, con suerte, lo habrían encontrado muerto en algún suburbio mendocino con una jeringa colgando del brazo y un casete de Nick Cave en el bolsillo. ¿Que pasará en 200 años más, cuando los historiadores escriban sobre los protagonistas de hoy?, ¿cómo hablarán de Allende, Pinochet o Lagos?, ¿quién será el malo?, ¿quién el bueno?, ¿qué diablos encontrarán los posteriores en la carne de esas estatuas? Nunca lo sabremos.