
Domingo 14 de octubre de 2007
Eran días tan difíciles para ser joven, para hablar, escribir, decir o cantar la impotencia los primeros años de repre. La mordaza en las plazas, en las calles, en las universidades, en la mirada atolondrada de los estudiantes que ingresaban a alguna carrera de perfil, olfateando alguna complicidad subversiva. Y fue en ese contexto de opresión donde me crucé alguna vez con el cantor de romanticona delicadeza. El pequeño Fernando Ubiergo, de pinta hippie, con su enorme guitarra cruzada a la espalda caminando de poncho rumbo al campus precordillerano.
Allí estudiaba alguna licenciatura junto a un grupo de jóvenes inquietos, poetas y escritores chascones que no podían echar a volar sus metáforas del descontento. Entre ellos, el poeta Armando Rubio organizando un grupo de teatro en el gimnasio. Y cada tarde, entre clase y clase, al pasar al casino, lo veía a través de los vidrios sudados del gimnasio, tratando de aglutinar pendejos artistas para que soltaran sus iras en las maromas de la actuación. Al lindo Armando lo vi la última vez una Pascua en la Gran Avenida. Yo vendía cachureos en una feria artesanal y él paseaba a su hijo que ahora también es poeta. Algo hablamos, qué sé yo, de poesía, de la repre, del clima eufórico de los regalos pascueros. Y esa tarde navideña supe que nunca más vería el cielo en esos ojos risueños. Años después, Armando murió en un confuso incidente.
De todos esos personajes, ninguno pudo cruzar la alambrada pública de los medios de comunicación controlados por las botas, sólo el cantor Fernando Ubiergo ganó el Festival de la Canción de la Primavera con una balada sobre un chico universitario que desaparece entre los humos de "un café para Platón". Por ese tiempo, esa balada se entendió como un himno público a la desaparición de personas. Eso se creía, se pensaba, y solamente fue en 1998, cuando lo entrevisté en Radio Tierra, que pude saber que él también conocía esta historia. Y me dijo que había dejado correr el cuento, porque estaba consciente de lo que ocurría en el país.
Y no sólo eso, por primera vez después de tantos años de creerlo un vendido a la tiranía, supe que el chico trovador había sido utilizado por la publicidad del régimen. Incluso cuando ganó el Festival de Viña el año 1978, Pinochet lo invitó a La Moneda, y el cantante se negó argumentando una enfermedad. Pero además, asumiendo el riesgo de esa época, grabó "Te recuerdo, Amanda", de Víctor Jara, y el "Cautivo de Til Til", de Patricio Manns, en un concierto realizado en el gimnasio del Liceo Manuel de Salas, que se estremeció al escuchar esos prohibidos temas. Después, Ubiergo tuvo que emigrar a España, por acoso oficial, persecución y otros hechos que pocos conocen.
Tal vez, injustamente, la memoria de ese tiempo lo recuerda como el joven de traje albo que cantaba al amor despolitizado en una época terrible. Y así quedó en el pentagrama memorial de lo ocurrido, para algunos, como el joven usado por el fascismo, que tal vez aprovechó sus beneficios, a diferencia de otros, que no pudieron expresar en su momento el canto del desgarro. Cuando lo conocí en aquella entrevista, me pareció un tipo que había vivido el estrellato a costa del reproche histórico. Incluso, me contó, muy afectado, que en el Festival Víctor Jara recibió una pifia atronadora de la izquierda que lo identificaba como el trovador dulce, de ojos celestes, que componía lindos temas para la teledictadura, un efebo semitriste que se vestía de ángel para la masa del Festival de Viña, atontada por el jarabe musical del corazón. LND