
Domingo 14 de octubre de 2007
Manuel Uribe convive con sus 560 kilos desparramados sobre un atribulado colchón. La grasa es una cosa, el cuerpo del mexicano es otra. Ambos se odian. La masa lleva años intentando trepar hasta el cuello para estrangularlo, pero el hombre ha logrado mantenerla a raya.
A veces, Manuel logra reducir el grosor de esa funda que lo aprieta, pero todavía no se puede parar en sus dos pies y escapar del suelo, que es la única superficie que lo soporta. Las pequeñas desgracias no conmueven a nadie, pero como ésta es colosal y hasta certificada por un Guinness World Record , muchos especialistas han llegado hasta Monterrey para verlo en una pieza que parece un establo. Vale la pena. El médico que descubra la dieta milagrosa se forrará los bolsillos.
Pero hay otros millones de personas cuya obesidad de grado uno, dos o tres no alcanza para titularse de fenómeno, y por lo tanto no reciben la desinteresada ayuda de los laboratorios.
A menudo, este grupo muerde el anzuelo de los suplementos dietéticos y llena su botiquín con vinagre de manzana, picolinato de cromo o bloqueadores de carbohidratos. Dicen que la fe mueve montañas. En ese caso es mejor abstenerse de navegar por Internet, para no leer las opiniones de esos doctores que dudan de la eficacia de esos productos. El autodidacta del adelgazamiento vive en un infierno, porque en la misma farmacia que compró los primeros frascos descubrirá después otro folleto proponiendo el ácido linoleico, porque bajar de peso, le aseguran, no disuelve la grasa del abdomen. Por coincidencia, la botica de los tiempos modernos tiene el producto en promoción.
Esta búsqueda de la figura perdida puede ser eterna y algunos prefieren entrar a las clínicas, donde espera agazapado en sus cubículos un ejército de nutricionistas, endocrinólogos y sicólogos, dispuestos a librar la verdadera guerra.
Exámenes de laboratorio y medicamentos constituyen el arsenal de armas convencionales. Y si de nuevo nada resulta, los cirujanos utilizarán la fuerza nuclear, bombardeando la maldición adiposa con jeringas kilométricas y láser. Parece que el espectáculo vale la pena, porque algunas eminencias ofician de conductores del quirófano animando los estelares de la grasa en horario prime.
Cuestión de rating. En Canal 13, un grupo de obesos enfrenta todas las tardes el drama de ser reprobados por una balanza que, en el fondo, no mide los kilos, sino el grado de voluntad de las víctimas para llegar a la meta.
En el rubro gastronómico también hay oportunistas que ven en esta batalla desigual una buena fuente de utilidades. En los restaurantes, dos hojas de lechuga y una nuez de atún con medio huevo duro cuestan lo mismo que un bife de chorizo con papas duquesas. Y en los comestibles onda tecno, los light y diet sólo sirven para aligerar la conciencia de los que morfan con culpa.
La gelatina grasienta es peligrosa porque tiene atributos camaleónicos. Además de adoptar formas de rollo o papada, se disfraza de insulto. Cuando el tal Barrantes le enrostraba a Pampita su pasado humilde, el polero la hería a muerte con un "sos una gorda grasa". Guy de Maupassant logró darle algo de dignidad a ese lípido envolvente: la regordeta prostituta con dedos de salchichón es el único personaje respetable de "Bola de sebo".
Derrotar la grasa es una utopía cuando se vive rodeado de millones de calorías escondidas en deliciosas chatarras y a buen precio. Es masoquismo puro intentar entrar en esas pequeñas tallas diseñadas por un grupo de estilistas sádicos, que se frotan las manos mientras las jovencitas descubren con horror que lo único rebosante de su look son los neumáticos de la cintura.
A estas alturas, la única solución es volver a nacer en alguna aldea africana o en esos suburbios de los países emergentes, donde se muere cubierto por una delgada capa de pellejo. LND